Año de 1810
Beruti, Juan Manuel
Alcaldes
1° voto: don Juan José Lezica.
2° voto: don Martín [Gregorio] Yáñez.
Síndico procurador: doctor don Julián de Leyva: relator abogado de esta Real Audiencia.
En este propio mes y año de orden superior ya no se entierran los que mueren dentro de las iglesias, como se acostumbraba en esta capital, sino en los camposantos, que cada iglesia deberá tener, ínterin se hace un camposanto público o más si son necesarios, donde se lleven los cadáveres a enterrar; cuya providencia ya se ha puesto en ejecución enterrándose todo individuo que muere sin distinción de personas, pues está prohibido totalmente el que se entierre en los templos.
El 24 de febrero de 1810 fue consagrado en la santa iglesia catedral de esta capital el ilustrísimo señor don Rafael de Andreu, clérigo presbítero obispo titular de Epifanía y auxiliar de los obispados de Córdoba del Tucumán, La Paz y Santa Cruz de la Sierra, por nuestro ilustrísimo señor obispo, habiendo hecho de obispos coadjutores los señores canónigos dignidades don Francisco Javier Dicidio de Zamudio y don Melchor Fernández, siendo el padrino de vinajeras el señor don Diego de la Vega, contador mayor decano de este tribunal mayor de cuentas de este virreinato.
El 14 de marzo de 1810. Se concluyó el frontis y torres de la iglesia de San Francisco.
El 19 de mayo de 1810. Con motivo de haber llegado un barco inglés procedente de Gibraltar, con la infausta noticia de haberse perdido la ciudad de Sevilla, capital de las Andalucías, y sido tomada por los franceses la mayor parte de la España y que la Junta suprema de la nación representante de la soberanía ya no existía. El Cabildo de Buenos Aires con acuerdo de los jefes militares y demás vecinos y ciudadanos condecorados determinaron poner a cubierto estas provincias del Río de la Plata de las asechanzas e insultos de nuestros enemigos máxime viéndonos sin representación soberana legítima, pues ésta había caducado con la pérdida de Sevilla, e igualmente la autoridad del excelentísimo señor virrey por falta de aquella de la cual dependía; y por lo mismo determinaron hacérselo saber a su excelencia para que en su virtud abdicara el mando en el excelentísimo Cabildo, para que éste con anuencia del pueblo tratase de formar el gobierno que debíamos adoptar.
Efectivamente el excelentísimo Cabildo en este mismo día lo representó al virrey verbalmente por diputados que le mandó, que fue el señor alcalde de primer voto quien así lo hizo, pero el virrey para deliberar llamó a los comandantes de los cuerpos y ante el alcalde les dijo le manifestasen su parecer, a lo que contestaron diciéndole abdicara el mando, pues el pueblo así lo pedía, y de oponerse a ello, daba lugar a un tumulto exponiendo al pueblo y su persona y por lo mismo debía obviarla, propendiendo a la paz, unión y buena armonía.
Oído por el virrey esto, por boca de Saavedra comandante de patricios y que no tenía remedio, contestó al señor alcalde que para contestar a su solicitud se lo hiciera saber el excelentísimo Cabildo por oficio, que él contestaría; y a Saavedra y demás comandantes suplicó lo mirasen como era debido, considerando tenía familia y por lo mismo le señalasen un sueldo para poderse sostener retirado con su mujer e hijos, en caso de no dársele mando alguno; a cuya súplica se le dijo no tuviera cuidado que se le señalaría su correspondiente renta para que se pudiera mantener con su familia con la decencia que su persona y carácter merecía en caso de no ocupársele; con lo que quedó conforme y allanado.
El 21 de mayo el excelentísimo Cabildo, desde su sala capitular, mandó dos diputados al virrey con el oficio donde le manifestaban los motivos que habían para que abdicara el mando en el excelentísimo Cabildo, y que el pueblo así lo pedía, a cuyo oficio contestó, por los mismos diputados en otro oficio, diciendo: Se hiciera un congreso general o cabildo público y lo que resultase en pluralidad de votos, sobre sí debía o no soltar el mando, estaba pronto a ejecutar; cuya facultad y permiso para hacer dicho congreso daba al excelentísimo Cabildo.
La multitud de pueblo que estaba en la plaza, no sabiendo lo que había contestado el virrey, pues tardaba el Cabildo en manifestarlo, gritó por tres veces al Cabildo lo declarase a cuyos gritos salió el síndico procurador de ciudad al balcón y dijo: estaba todo allanado. A esto se contestó por el pueblo quería saber si el excelentísimo señor virrey había soltado el mando, y así categóricamente lo manifestase. A esto dijo el síndico: Señores: el excelentísimo señor virrey está allanado y dispuesto a cuanto diga el Cabildo, y categóricamente lo ha insinuado así. No tengan vuestras mercedes recelo, que este excelentísimo Ayuntamiento mira por el pueblo y arreglará todo, retírense todos a sus casas que no hay novedad, pues todo corre por manos del Cabildo; a cuyas razones dichas se retiró, y el inmenso pueblo prorrumpió: Viva el Cabildo. Con lo cual se concluyó y el pueblo se retiró.
El 22 de mayo de 1810. Amanecieron puestas centinelas en las bocacalles que entran en la plaza con orden de no dejar entrar a ninguna persona que no presentase la esquela de convocación que el Cabildo pasó la tarde antes a los que habían de votar en el congreso, y esto se hizo por obviar tumultos en la plaza.
Efectivamente a las nueve de la mañana, ya estaban los convocados en Cabildo, a cuyas horas se abrió la sesión, proponiéndose primeramente: Si el gobierno del excelentísimo señor virrey de estas provincias había caducado o no, en virtud de haber cesado, y no existir la suprema autoridad de donde dimanaba la suya, y si debía abdicar el mando en el excelentísimo Cabildo.
Después de lo cual se procedió a que cada uno de los del concurso diera su parecer, lo que hecho por el orden que correspondía, se ponía por escrito y lo firmaba el individuo para su constancia, y luego se leía públicamente a los demás del congreso, y entraba otra; cuya operación duró hasta las doce y media de la noche, en que se concluyó.
El 23 de mayo. En virtud de haber resultado en el congreso de ayer, por la mayor pluralidad de votos, el que el excelentísimo señor virrey debía de abdicar el mando en el excelentísimo Cabildo por haber fenecido su gobierno, por no existir la suprema Junta Central de España, de donde dimanaba su autoridad; se pasó diputación a dicho señor excelentísimo haciéndosele saber, quien enterado de ello se conformó, e inmediatamente abdicó el mando en el excelentísimo Cabildo firmando el acta de su abdicación mandando a todos los cuerpos reconocieran a dicho excelentísimo Cabildo por gobernador y Capitán general de estas provincias, en vistas de lo cual el Cabildo como que ya residía en sí el mando superior, mandó hacerlo saber por bando público, para inteligencia de todos; cuyo bando se publicó por las calles acostumbradas de esta ciudad para inteligencia del pueblo, a son de cajas y tambores, y con todas las tropas y formalidades de uso, el cual salió después de las oraciones concluyéndose a las seis y media de la noche, con lo cual quedó reconocido dicho excelentísimo Cabildo de gobernador y capitán general al que se le hicieron inmediatamente los honores de tal y poniéndosele la guardia de honor, de una compañía de soldados con bandera, en las puertas de sus casas consistoriales; con lo cual quedó el pueblo pacífico.
El 24 de mayo de 1810. El excelentísimo Cabildo, en virtud de las facultades que el pueblo le dio en el Cabildo abierto procedió a nombrar los sujetos que habían de componer la Junta de gobierno que se iba a instalar, y nombró de presidente de ella al excelentísimo señor virrey don Baltasar Hidalgo de Cisneros: y vocales a los señores doctor don Juan José Castelli, abogado de esta Real Audiencia; a don Cornelio Saavedra, comandante de patricios; al doctor Juan [Nepomuceno de] Sola, cura de la parroquia de Nuestra Señora de Monserrat; y a don José Santos Incháurregui, del comercio de esta ciudad, los cuales pasaron al Cabildo y prestaron el juramento de cumplir bien con sus empleos tomándoselo ante todo el Ayuntamiento de señor alcalde de primer voto, lo que concluido se retiraron al Fuerte e inmediatamente se quitó la guardia de honor al Cabildo y se mandó al palacio del presidente en donde se echó bandera, se hizo salva de artillería, hubo repique general de campanas, y a la noche iluminación general en la ciudad; todo lo cual se hizo saber al público por bando; advirtiéndose en él que esta Junta era provisional ínterin llegaban los diputados de las provincias para entonces instalar la suprema del reino.
El [día] 25 [de mayo] con motivo de una representación que hicieron un considerable número de vecinos, los comandantes y varios oficiales de los cuerpos voluntarios por sí y a nombre del pueblo pidiendo no ser de su agrado la elección que se hizo por el excelentísimo Cabildo de los sujetos que componen la Junta; pero para esto ya había renunciado el presidente y demás vocales, por habérselo hecho presente el Cabildo la noche antes diciéndoles renunciasen la elección para no exponer al pueblo a un tumulto, que estaba dispuesto a no admitirlos aunque fuera a rigor de la fuerza, pues ellos anulaban la elección hecha por el Cabildo pues a éste no se le había dado facultad por el pueblo para hacerlo sino únicamente para tomar el mando de la capitanía general y no para formar la Junta, pues ésta se había de hacer a la voluntad del pueblo.
Efectivamente hoy mismo se hizo nueva elección por el pueblo, y resultó de presidente nombrado a don Cornelio Saavedra y comandante general de armas; y vocales al doctor don Juan José Castelli, al doctor don Manuel Belgrano, secretario del real Consulado, don Miguel Azcuénaga, comandante de milicias provinciales de infantería, doctor don Manuel Alberti, cura de la parroquia de San Nicolás, don Domingo Matheu y don Juan José Larrea. Comerciantes y secretarios de ella los doctores don Juan José Paso y don Mariano Moreno. Cuyos sujetos fueron inmediatamente conocidos por el excelentísimo Cabildo los cuales juraron también en la sala capitular sus empleos e inmediatamente se hizo saber al público por bando. Se enarboló bandera en el Fuerte, éste hizo salva, hubo repique general e iluminación en la ciudad.
Luego que juraron sus empleos los vocales de la Junta, salió al balcón del Cabildo el presidente Saavedra, arengó al pueblo a la fidelidad, paz y armonía, y lo que remató gritó el pueblo viva la Junta.
El contento fue general con esta elección pues fue hecha a gusto del pueblo, y al contrario la primera que causó el mayor disgusto, que expuso a la ciudad a perderse.
El 26 de mayo de 1810. Fueron todos los tribunales y autoridades eclesiásticas civiles y militares al Cabildo, y juraron obediencia a la Junta, que se halla en la sala capitular.
En 27 [de mayo]. Todas las tropas de artillería, infantería y caballería formaron un cuadro en la plaza, salió la Junta, el presidente los arengó y juraron obediencia; y luego hicieron una descarga de artillería y fusilería con lo cual se concluyó.
El 30 [de mayo] se hizo una solemne función en la catedral y se cantó el Tedéum en acción de gracias por la instalación de la Junta, la que asistió a ella con todos los tribunales; y pontificó el señor obispo; y dijo el sermón el doctor don Diego de Zavaleta habiendo ocupado la Junta el lugar preminente donde presidían los señores virreyes.
No es posible que mutación como la anterior se haya hecho en ninguna parte con el mayor sosiego y orden, pues ni un solo rumor de alboroto hubo, pues todas las medidas se tomaron con anticipación a efecto de obviar toda discordia, pues las tropas estuvieron en sus cuarteles, y no salieron de ellos hasta estar todo concluido, y a la plaza no asistió más pueblo que los convocados para el caso, teniendo éstos un cabeza que en nombre de ellos, y de todo el pueblo daba la cara públicamente y en su nombre hablaba; cuyo sujeto era un oficial segundo de las reales cajas de esta capital don Antonio Luis Beruti. Verdaderamente la revolución se hizo con la mayor madurez y arreglo que correspondía no habiendo corrido ni una sola gota de sangre, extraño en toda conmoción popular, pues por lo general en tumultos de igual naturaleza no deja de haber desgracias, por los bandos y partidos que trae mayormente cuando se trata de voltear los gobiernos e instalar otros; pero la cosa fue dirigida por hombres sabios, y que esto se estaba coordinando algunos meses hacía; y para conocerse los partidarios se habían puesto una señal que era una cinta blanca que pendía de un ojal de la casaca, señal de la unión que reinaba, y en el sombrero una escarapela encarnada y un ramo de olivo por penacho, que lo uno era paz y el otro sangre contra alguna oposición que hubiera, a favor del virrey.
Si el Cabildo del 1° de enero de 1809 hubiera coordinado la cosa como al presente lo hubiera conseguido, pero le faltó orden, arreglo y política, pues todo fue un desorden, y propiamente una borrachera que los cegó, habiéndose expuesto a perderse, perder el pueblo y las glorias que habían adquirido, en términos que si el virrey Liniers hubiera sido hombre vengativo, y no hubiera sido de un corazón tan bondadoso, habría a todos los comprendidos en el alboroto puesto en un patíbulo inmediatamente y arruinado tantas familias de distinción que estaban comprendidas; y al contrario se contentó solamente con expatriar medio Cabildo, poner presos a los complicados en el hecho y desarmar los cuerpos que sostenían el partido del Cabildo.
El 8 de junio de 1810. Fueron a la real fortaleza los oficiales naturales indios, que hasta aquí habían servido agregados a los cuerpos de castas de pardos y morenos, y recibiéndoles la Junta se les leyó a su presencia por el secretario la orden siguiente: La Junta no ha podido mirar con indiferencia que los naturales hayan sido incorporados al cuerpo de castas, excluyéndolos de los batallones españoles a que corresponden. Por su clase, y por expresas declaratorias de su majestad en lo sucesivo no debe haber diferencia entre el militar español y el militar indio; ambos son iguales, y siempre debieron serlo, porque desde los principios del descubrimiento de estas Américas quisieron los reyes católicos que sus habitantes gozasen los mismos privilegios que los vasallos de Castilla.
En esta virtud ha resuelto la Junta a consecuencia de una representación de los mismos naturales, que sus compañías pasen a integrar los regimientos segundo y tercero bajo sus mismos oficiales, alternando éstos con los demás sin diferencia alguna, y con igual opción a los ascensos aplicándose las compañías por igual número a los cuerpos a que se destinan.
El 22 de junio de 1810. Fueron llamados al Fuerte por orden de la Junta los señores oidores de esta Real Audiencia don Francisco Tomás Anzoátegui, don Manuel José de Reyes y don Manuel de Velasco, y los fiscales don Manuel Villota de lo civil y don Antonio Caspe y Rodríguez de lo criminal, como igualmente el excelentísimo señor don Baltasar Hidalgo de Cisneros; cuyos individuos se juntaron en el salón real de palacio, en la sala del real busto de su majestad en donde tomaban asiento conforme iban llegando, los cuales luego que estuvieron juntos recibieron al señor vocal de la Junta doctor Castelli, que salió y les manifestó de orden de dicha Junta que eran llamados para hacerles saber que inmediatamente iban a embarcarse por causas reservadas que había para ello, con lo que se retiró.
Inmediatamente se condujeron a unos coches prevenidos, y custodiados por más de quinientos hombres de tropa, fueron llevados al muelle y los embarcaron en una fragata inglesa, que estaba ya prevenida para el efecto cuya escena sucedió a las ocho de la noche. [Fueron embarcados en la balandra inglesa Dart, de la que era capitán Marcos Bayfield, que levó anclas en la madrugada del día 23 de junio.]
Para obviar alguna oposición se pusieron las tropas todas en sus cuarteles sobre las armas, se echaron muchas patrullas por las calles, se acordó desde el Fuerte al muelle la carrera de tropa y en las bocacalles inmediatas a la plaza centinelas.
La Junta inmediatamente nombró un apoderado a cada uno de los señores expatriados para que se hicieran cargo de sus bienes y acciones, y cuidaran de sus familias.
El barco donde fueron tenía un espléndido rancho prevenido por anticipación de orden de la Junta, y se les dio dinero para en caso de arribada.
La causa y motivos que tuvo la Junta para esto fue el saber de que estaban tramando una conjuración contra el gobierno y que mandaban a las provincias interiores papeles seductivos, a fin de que no reconocieran la Junta, y otros motivos más que ignoramos.
Dichos señores van en derechura a España con la causa porque los remiten, y en otro buque que se proporcionen caminarán sus familias de los que son casados.
Inmediatamente se nombró por la Junta cuatro abogados de esta capital para que interinamente hicieran las funciones de los oidores y fiscales expatriados.
El 23 de junio de 1810. Se les recibió el juramento en la sala de acuerdo de esta Real Audiencia a los señores oidores y fiscales nombrados, que lo fueron los doctores don José Darregueyra, don Vicente Echavarría y don Pedro Medrano, y el doctor don Simón de Cossio, fiscal en todos sus ramos, cuyos individuos no gozan más sueldo que el de 2.500 pesos, no tendrán tratamiento ni otro traje que el de abogados; pues no son más que unos conjueces, que en consorcio del señor regente don Lucas Muñoz y Cubero desempeñen la administración de justicia.
El 7 de julio de 1810. Salió de esta capital la última división de tropa que va para el Perú de orden de la Junta, a fin de hacerse obedecer en caso que algún pueblo se oponga, cuya expedición va al mando de don Francisco Ortiz de Ocampo comandante del cuerpo de arribeños, a quien la Junta ha hecho coronel de su cuerpo, pues a todos los batallones los ha hecho regimientos el cual va de general en jefe, y consta el número de su tropa entre artillería, caballería e infantería de mil quinientos hombres llevando seis cañones y dos obuses.
Esta tropa hizo punto de reunión en el campo de Flores dos leguas de esta capital a cuyo paraje salió la Junta el día 9 a hacer su revista general, lo que efectuado, se regresó en el mismo día a esta ciudad.
El 14 de agosto de 1810. Como a eso de las seis de la mañana se oyó en esta capital una salva de artillería y en seguida un repique general de campanas, a cuya novedad sale el vecindario a enterarse de lo que lo causaba, y fue el que había llegado un extraordinario de la ciudad de Córdoba del Tucumán con la feliz noticia de haber entrado nuestro ejército auxiliador sin oposición ninguna en dicha ciudad, cuyo parte lo mandó el general en jefe don Francisco Ortiz de Ocampo.
Fue digno de alegrarse públicamente esta capital con semejante noticia, por las razones que antecedían y son las siguientes.
Cuando llegó a la referida ciudad de Córdoba la orden de la Junta de esta capital para que se reconociera, y juraran obediencia, con orden mandaran su diputado para el congreso general que se ha de hacer, que represente la soberanía, como para lo demás que convenga al beneficio de los pueblos. El gobernador intendente de ella se opuso a reconocerla, unido con don Santiago Liniers, e ilustrísimo obispo y otros jefes de ella, y aunque el pueblo quería allanarse a las ideas de la capital, como su Cabildo que solicitó del gobernador permitiera hacer Cabildo público, y tratar de si se debía o no reconocer a la Junta, aquél se negó a ello, valido de la fuerza de las armas, impidiendo al Cabildo su solicitud, por lo que éste se vio constreñido y obligado a tener que callar por no recibir un desaire del obstinado gobernador, quien contestó a la Junta que por ningún motivo quería reconocerla.
Este hombre loco y obstinado, unido con Liniers y demás mandones, tratan de ponerse en defensa para en caso de ser atacados por las fuerzas de la capital y para ello obligan a la fuerza a tomar las armas al vecindario que no tuvo más remedio que acceder, y sin consultar más que su capricho, hacen inmensos gastos, para poner sobre las armas unas cortas fuerzas, originando un sinnúmero de perjuicios a la real hacienda, y al pobre vecindario que tenían oprimido; y al mismo tiempo esparciendo oficios a las demás provincias, con crecido número de supuestos falsos, a fin de que siguieran su partido y se unieran con ellos, para resistirnos.
Inmediatamente se mandó por la Junta un ejército auxiliador de mil quinientos hombres para socorrer a las provincias contra los gobernadores que querían oponerse a la libertad de los pueblos, y particularmente contra este gobernador que se había ya declarado su opresor, y contrario a la Junta; pero viendo el ningún fruto que había de sacar, contra unas fuerzas superiores, y que las pocas que él tenía eran forzadas, y que no deseaban más que ver nuestras tropas para volverle la espalda, trata con sus demás partidarios escapar fugando para lo interior del Perú, como lo hicieron cuatro o cinco días antes de llegar nuestras tropas, llevando consigo sobre trescientos hombres armados de chuzas y pocos fusiles, nueve cañones, muchos caballos y mulas, y el situado del comando de esta capital, que lo había detenido el gobernador con setecientos mil pesos que traía, sin dejarlo venir a su destino.
Sabido esto por el comandante Ocampo, destacó trescientos hombres de sus mejores tropas al mando de su mayor general don Antonio González Balcarce, para que los siguiera y ver si los podía alcanzar y prenderlos pues aunque su ejército se aminoraba no importaba nada, por estar ya sobre Córdoba, y los únicos opositores haber fugado, como el haber recibido de aquel Cabildo un diputado, que en nombre de la ciudad pedía entrasen sin recelo alguno, como lo hicieron, habiendo sido recibidos con muchas demostraciones de alegría.
Efectivamente Balcarce salió con su gente en alcance de los prófugos, y al cabo los encontró divididos; y fue que su ayudante de campo don José María Urien registrando una noche las chozas del campo encontró dentro de una a don Santiago Liniers y al canónigo de la catedral de Córdoba don Tadeo Llanos, que seguía su partido, con dos mozos y un criado que estaban en su compañía, a todos los cuales apresó.
El indicado Liniers estaba sin luz, pues era de noche, y cuando Urien le intimó la prisión, aquél se puso al pecho una escopeta de dos tiros, que disparó, y dio casualidad de que fallase la ceba, que si no lo hubiera muerto.
El teniente don Domingo Alvarino apresó al gobernador Concha, coronel don Santiago Allende, asesor don Victorino Rodríguez, ministro Moreno y otros varios oficiales que lo seguían.
El señor obispo fue preso por don Manuel Rojas a ocho leguas de distancia de donde fue aprehendido el general Liniers.
Toda la tropa que llevaba Liniers de armas se le desertaron, se le incendiaron tres carros de la pólvora, con cuyo motivo clavó cinco piezas de artillería de las once que llevaba y echó las municiones al agua, y con este motivo quedaron solos, nuestra gente sin oposición y ellos presos.
En Córdoba se puso de gobernador a don Juan Martín Pueyrredón, que fue por la ciudad recibido con muchas demostraciones de alegría y de resultas de esto, como de haberse logrado el allanamiento sin oposición de dicha ciudad, se anunció en esta capital con lo referido, y a mayor abundamiento con una noche de luminación general.
El 28 de agosto de 1810. Entró en esta capital un chasqui, que vino del paraje que llaman de la esquina, distante de ésta como cien leguas entre la jurisdicción de Córdoba y de esta ciudad, cuyo chasqui lo mandó el señor doctor Castelli vocal de esta Junta, que hacía algunos días había salido sin saberse para dónde con un escribano y acompañado de más de 50 húsares que iban al mando de don Domingo French, coronel del regimiento de infantería de América, el que trajo la infausta noticia, que fue para todo el pueblo de un general sentimiento, de que en dicho paraje fueron arcabuceados por orden de la Junta el excelentísimo señor don Santiago Liniers, caballero de la orden de San Juan, comendador de Ares en la de Montesa, reconquistador de esta capital, mariscal de campo o jefe de escuadra de la real armada, agraciado para título de Castilla, para él, sus hijos y sucesores, libre de lanzas y media anata, con 5.000 pesos de renta sobre estas reales cajas, ínterin se le señalaban estados competentes de igual renta, y virrey, gobernador y capitán general interino por su majestad que fue de estas provincias; don Juan Gutiérrez de la Concha, brigadier de la real armada y gobernador intendente de Córdoba del Tucumán; don Joaquín Moreno, ministro oficial real de Córdoba del Tucumán en aquellas cajas; doctor don Victorino Rodríguez, teniente asesor del gobierno en el mismo Córdoba; y don Santiago Allende, coronel de milicias, provinciales de caballería por el Rey de la misma ciudad, los cuales murieron a las 12 del mismo día, en la forma siguiente.
Luego que llegaron al susodicho paraje los reos, el señor vocal Castelli, que los estaba esperando, los hizo apear de los coches en donde venían, los saludó, sacó un pliego y les leyó la sentencia donde mandaba la Junta se les quitara la vida arcabuceados en aquel mismo paraje y que sus bienes quedaban confiscados para el real fisco, y no se les daba más término de vida que cuatro horas para que se confesaran y dispusieran. Así fue, el obispo que igualmente venía preso los confesó y cumplidas las cuatro horas se les vendaron los ojos y se les quitó la vida, con cuatro tiros a cada uno, que al mismo tiempo se les disparó por los mismos húsares.
Sus cuerpos inmediatamente se pusieron en un coche y los llevaron a una capilla que llaman la Cruz Alta, distante del paraje de sus fallecimientos cinco leguas, en donde fueron enterrados por el cura de dicha iglesia. Todos (según cuentan) murieron al golpe, y sólo Liniers padeció algo, pues las balas pasaron sin darle ninguna en el pecho ni en la cabeza, y sólo sí una le dio en un vacío, por lo que viendo French esto, y que padecía, le dio inmediatamente y lo acabó dándole un pistoletazo en el pecho. No siendo extraño que los húsares no le hubieran acertado, pues dicen que les temblaban las manos al dispararle a un hombre a quien tanto se debía, y que fue tan amado.
Todos, luego que supieron su muerte, perdieron todo el espíritu, por lo que fue preciso amarrarlos a los árboles del monte donde se les quitó la vida; y sólo Liniers tuvo tanto valor y espíritu que hincado de rodillas recibió la muerte.
La Junta determinó quitarle la vida en este lugar, porque de traerlos a esta capital hubiera todo el pueblo y tropas pedido por Liniers, y habría sido ocasión de una sublevación general, y por obviarla se ejecutó en este paraje.
Murió Liniers, murió este grande hombre desdichadamente a los cuatro años catorce días que entró triunfante en Buenos Aires, pues él reconquistó a esta ciudad el 12 de agosto de 1806 del poder de los ingleses, y falleció el 26 del mismo mes de 1810 y a los tres años un mes y veintiún días que defendió esta gran capital del ejército británico que la atacó.
Era un hombre bien apersonado, natural de París de Francia, alto de cuerpo, grueso, muy airoso, muy blanco y rubio, ojos zarcos, cara muy placentera, redonda y muy risueña; agregándose a esto ser muy afable y cariñoso. Tenía cerca de sesenta años cuando acabó sus días. Fue casado en Cádiz y dejó un hijo de este matrimonio, llamado don Luis teniente de fragata de la real armada; y en segundas nupcias casó en esta capital con doña Martina Sarratea (ya difunta), hija de don Martín de Sarratea y de doña Tomasa Altolaguirre, de la que le quedó cinco hijos, tres varones chiquitos y dos mujeres, la una soltera y la otra casada con don Juan Perichón de nación francés, todos los que se hallan en esta provincia.
Sus prendas morales eran ejemplares pues era buen cristiano, muy caritativo, desinteresado, porque cuanto tenía lo daba, en términos que cuando murió no dejó cosa alguna, y apenas con sus rentas tenía cómo sostenerse. Nunca en su mando hizo daño a persona alguna, pues todo él mismo lo tiraba a componer y cubrir con sus respetos y dinero, en términos que decía continuamente que era mucho lo que amaba a los hijos de Buenos Aires.
A cuantos pobres o ricos, que le pedían empleos, a todos se los dio haciéndolos oficiales de los cuerpos, por lo que se hizo criticar, por la multitud que hizo de ellos. Finalmente nada tenía reservado para sí, pues todo lo daba, siendo su corazón tan benigno que, no teniendo dinero que dar, daba aun sus mejores alhajas para remediar al que le pedía, como con el tiempo lo publicará la historia. Muchas veces le robaron prendas y dinero de su gabinete, se supo quién fue el delincuente, pero él nunca quiso que se publicase quién era, y lo tiraba a ocultar; lo quiso uno matar, al venir de noche solo con una ordenanza para su palacio; erró el tiro el agresor, la ordenanza que llevaba lo quiso detener a éste, y el mismo Liniers le suspende el brazo para que no lo ejecute, quiere prenderlo la ordenanza y él lo deja libre y manda que se vaya; pero ni aun quiso saber quién era, estas y otras cosas hizo este insigne Liniers, que para escribirlas se necesita un volumen; pero el tiempo los dará a luz. Últimamente murió, pero no morirá su memoria en los corazones nobles y agradecidos de los buenos patricios de Buenos Aires, que sin saberlo ellos le quitaron la vida; que aunque no hay duda, que estos últimos acontecimientos y hechos suyos le han acarreado la muerte, y la justicia debía de obrar para escarmiento de otros en su persona, y que cuando cumplió bien se le premiaron sus servicios y estaba lleno de glorias y respetado como un verdadero padre de la patria; así también habiendo tirado contra ella, perdió todo lo adquirido, y ella misma lo castiga como a reo que la quería arruinar; sin embargo su memoria será eterna en el Río de la Plata.
Hecha que fue la justicia se retiró a esta capital el vocal Castelli, como la tropa, trayendo al obispo preso hasta la guardia del Luján donde quedó por orden de la Junta preso, no habiéndosele quitado la vida, pues merecía él perderla como los demás, por respetos a su alta dignidad.
El 12 de septiembre de 1810. Se estableció en esta capital una escuela de matemáticas, la que se puso en una sala, que cedió en su propio tribunal el real Consulado, costeando éste todos los utensilios necesarios para ello; a cuya apertura que se hizo con todo séquito, asistió la Junta gubernativa, Real Audiencia, excelentísimo Cabildo, oficialidad de los cuerpos y el propio tribunal de prior, cónsules y conciliarios, habiendo roto con una gran oración, haciendo ver lo útil que era a esta provincia dicho establecimiento el señor secretario de dicho real Consulado y vocal de la Junta don Manuel Belgrano; y en seguida lo hizo el señor teniente coronel de ejército don Felipe Sentenac, director y maestro principal de matemáticas de esta capital. Siendo el protector de ello el señor vocal referido don Manuel Belgrano.
El 17 de septiembre de 1810. Bajó tanto este Río de la Plata de resultas de un viento oeste que hacía tres días que soplaba y tan fuerte que parecía querer arruinar con su furia esta ciudad, que quedó en seco más de tres leguas la playa, habiendo ido la gente a pie enjuto hasta donde fondean los barcos de guerra que llaman el amarradero.
El 16 de octubre de 1810. Como a eso de la medianoche, de orden de la excelentísima Junta, fueron presos cada uno en sus casas los señores alcaldes y regidores del excelentísimo Cabildo de esta capital, cuyos individuos a esa misma hora bajo de una buena escolta de húsares fueron sacados en coches de esta ciudad y conducidos a lo interior del reino, confinando a los señores alcaldes a la villa del Luján, al síndico a las minas de Famatina en la provincia de Córdoba, y los demás repartidos a diversos lugares. El motivo que han dado para ello ciertamente no se sabe; pero la voz del público es que tenían correspondencia con Montevideo, que se halla actualmente sin obedecer a la Junta, y de haber privadamente jurado la Junta, o Consejo de Regencia de España. Lo cierto es que cuando la excelentísima Junta los ha expatriado tendrá suficientes probados motivos para haberlo hecho; sólo sí quedaron dos que no han ido y se cree no habrán entrado en ello, que son el alguacil mayor y el escribano.
Los señores desterrados son los siguientes.
El alcalde de 1° voto don Juan José Lezica y el de segundo voto don Martín Gregorio Yáñez, y los señores regidores don Manuel José de Ocampo, don Juan de Llano, don Jaime Nadal y Guarda, don Andrés Domínguez, doctor don Tomás Manuel de Anchorena, don Santiago Gutiérrez y el doctor don Julián de Leyva.
El 17 de octubre de 1810. La excelentísima Junta proveyó inmediatamente al excelentísimo Cabildo de alcalde y regidores, eligiéndolos ella misma, todos los que son patricios americanos y ninguno europeo español, único Cabildo que se ve de puros americanos, desde la conquista y fundación de esta ciudad, pues siempre se han llevado la preferencia los europeos, siendo la menor parte patricios, los que eran elegidos de regidores de tal manera que siempre fue así, y sólo de tres años a esta parte después de la reconquista se mandó elegir por los virreyes la mitad americanos y la otra europeos.
Los señores elegidos por el gobierno en este mismo día hicieron el juramento de cumplir bien con sus oficios, e inmediatamente tomaron posesión de las varas y fueron los señores: don Domingo Igarzábal, alcalde de 1° voto; don Atanasio Gutiérrez, alcalde 2°, regidores: don Manuel [de] Aguirre, don Ildefonso Paso, don Francisco Ramos [Mexía], don Martín Grandoli, don Eugenio Balbastro, don Juan Pedro Aguirre, don Pedro Capdevila, doctor [Juan Francisco] Seguí, doctor don Miguel de Villegas.
El 20 de octubre de 1810. Salieron de esta capital doscientos hombres de tropa, para reforzar la expedición de otros 200 que quince días o veinte antes habían salido para Santa Fe, de aquí pasar a Corrientes y desde ésta a las misiones para dirigirse contra la ciudad [de la Asunción] del Paraguay, cuyo gobierno no quiere reconocer la Junta y se ha puesto en defensa, los cuales 400 hombres se reunirán con 600 blandengues de esta frontera: 100 de Santa Fe con sus milicias, las de Corrientes y 300 hombres de tropa de blandengues y dragones: con 17 piezas de cañón que están en las misiones al mando del coronel de ejército don Tomás de Rocamora, agregándose a esto las milicias de los lugares y pueblos del tránsito del ejército, con las que se engrosará y compondrá un número respetable, que hará obedecer al dicho gobernador y tropas que le sigan; yendo en compañía de esta expedición, como representante de la Junta, el señor vocal de ella don Manuel Belgrano.
En este mismo mes de octubre de 1810, de orden de la excelentísima Junta, han de ir a descargar a la ensenada de Barragán todos los buques mercantes ingleses, cuya orden se expidió para fomentar dicho puerto, a donde se ha mandado construir una gran batería, un famoso cuartel, y ya se ha puesto una buena guarnición de cerca de doscientos hombres con un comandante militar de armas, que es el teniente coronel del regimiento de América don Antonio Luis Beruti; el puerto tiene otro comandante y hay para el resguardo un teniente comandante; con todo lo cual, los puentes que para el tránsito se están formando de orden del real Consulado y muchos buques que han descargado, se va formando una población, que muy en breve será de alguna consideración.
En atención a los muy relevantes servicios que tiene hechos a la monarquía esta gran capital, se ha dignado la excelentísima Junta en nombre del señor don Fernando VII el concederles a los miembros del excelentísimo Cabildo, como son los señores alcaldes y regidores, que cubran sus bancas, o canapés de terlises de damasco en todas partes donde tengan que asistir, y para ello, lo han efectuado el 10 en las vísperas y el 11 de noviembre de 1810 en la función de nuestro patrono San Martín, que anualmente se hace en la santa iglesia Catedral, y sale el paseo público del real estandarte; en donde pusieron sus magníficos canapés todo cubiertos, de damasco carmesí, sentándose en ellos, a presencia de la excelentísima Junta, Real Audiencia y demás tribunales; habiéndose hecho la función en la que dijo la misa el doctor Funes, deán de la catedral de Córdoba, y diputado que es para el Congreso que se ha de hacer de la misma ciudad; predicó un fraile dominico y cantaron en el coro los religiosos mercedarios haciendo de maestro de capilla su comendador fray Manuel Aparicio, a son de música.
Hoy mismo y la víspera, asistieron al acompañamiento del real estandarte (de orden superior) todos los alcaldes de barrio, los que iban vestidos de negro por delante los maceros del excelentísimo Cabildo, yendo en dos filas, y los cuales tuvieron asiento en la iglesia en bancos rasos, los que estaban puestos a la testera de los pajes de la excelentísima Junta.
Hoy mismo a la noche, en la Casa de Comedias, se hicieron óperas italianas, por unos de esta nación que se hallan aquí, cuya diversión seguirá poniéndose más operarios. La cosa es digna de verse, y nunca los ha habido en esta capital, y ésta es la primera vez que se hacen.
El 13 de noviembre de 1810. Se llamó al excelentísimo Cabildo con la campana de su torre, la que no se tocó por no tener el badajo, que desde el 1° de enero de 1809 se le mandó quitar de resultas de lo acaecido por aquel Cabildo, y desde entonces que sucedió el alboroto, lo mandó quitar el señor Liniers y depositarlo en la secretaría de gobierno donde ha estado hasta el presente, que se le mandó devolver por la Junta por representación que para ello hizo el excelentísimo Ayuntamiento actual.
El 17 de noviembre de 1810. En virtud de orden de la excelentísima Junta, se extinguieron los regimientos de infantería fijo y de dragones de esta capital, los que se intitulaban infantería de Buenos Aires y dragones de Buenos Aires. El primero se componía de tres batallones de nueve compañías cada uno incluso la de granaderos y el segundo de cuatro escuadrones de tres compañías cada uno. El de infantería tenía seis banderas, dos por batallón, y era su uniforme casaca, chupa y calzón azul, vuelta y collarín encarnado, y botón blanco; y el segundo cuatro estandartes, y su uniforme era (teniendo un estandarte por escuadrón) casaca azul, capa y mantillas también azul; chupa, calzón y vuelta nesmada, con una pequeña solapa azul en la chupa, botón dorado; cuyos regimientos han sido deshechos por no tener sino uno u otro soldado, que apenas llegarían entre ambos cuerpos a 150 hombres todos se volvían oficiales, y ninguno quería asentar plaza en ellos, por irse a los cuerpos nuevamente levantados; en vista de lo cual la Junta, a unos oficiales y jefes ha retirado; a otros los ha agregado con el mismo o más ascenso a los otros cuerpos, y los soldados igualmente han ido a otros cuerpos; cuyas banderas y estandartes se han llevado al Fuerte hoy en este día, donde han quedado guardadas, y la guardia se retiró de sus cuarteles, yéndose cada individuo al lugar donde estaba destinado.
El 20 de noviembre de 1810. Salieron de esta capital para Santa Fe 250 húsares de caballería con su correspondiente tren de artillería y municiones, los que van bajo el mando de su propio coronel don Martín Rodríguez.
El 2 de diciembre de 1810. A las once y media del día entró en esta capital don Roque Tollo, capitán de patricios, que venía del Perú trayendo la bandera que nuestras tropas ganaron al ejército levantado del gobernador de Potosí don Francisco de Paula Sanz y el presidente de Chuquisaca don Vicente Nieto contra oposición al nuestro, en virtud de no querer reconocer la Junta ni menos querer a los pueblos de su mando dejarlos obrar libremente, cuya acción fue ganada por nuestras invencibles tropas el día 7 de noviembre último en el lugar de Nazareno, pueblo frontero del de Suipacha, en el Perú. Los enemigos fueron enteramente derrotados, habiendo perdido su artillería, municiones, bagajes, fusiles y cuanto tenían, pues todo lo abandonaron en la fuga, con una porción de muertos y heridos que tuvieron. De esta acción resultó el proponerse el general enemigo don José de Córdoba y Rojas capitán de fragata de la real armada capitulación y entregar Potosí.
Dicho capitán Tollo entró en esta capital a caballo y traía la bandera prisionera en triunfo de nuestra victoria, el que fue recibido y conducido con las músicas militares y conducido hasta el palacio del señor presidente donde fue recibido. De aquí salió para el Cabildo donde el excelentísimo Ayuntamiento recibió la bandera y la puso tremolada sobre sus balcones a la pública vista, y de aquí se quitó después y se volvió a conducir a la sala capitular donde se colocó en depósito para su custodia, a la cual entrega desde el fuerte y palacio fue conducida al Cabildo por la excelentísima Junta.
Al entrar Tollo con dicha bandera hubo una salva general de artillería de la real fortaleza y batería, y un repique general de campanas; y en celebridad de nuestros triunfos hubo iluminación general en la ciudad por tres noches, músicas, bailes y otras diversiones, pues de ello nos ha resultado el allanamiento del Perú, y en su virtud el siguiente día se cantó el Tedéum en la santa iglesia Catedral por la mañana después de una solemne misa de gracias que se hizo al Dios de los ejércitos, por la victoria que nos había dado contra nuestros enemigos a la que asistió la excelentísima Junta y demás tribunales.
El 3 de diciembre de 1810. Por orden de la excelentísima Junta se ha prohibido que ningún español europeo pueda tener empleo en las provincias de su mando, sea político, militar, de hacienda ni ningún otro cargo concejil o de cualquier manera que sea, como ni eclesiástico; pues los cargos y condecoraciones no deben de obtenerlo sino los hijos de estos reinos a quienes de derecho les corresponde tanto los civiles, militares, concejiles como eclesiásticos, por lo que a ningún europeo español se le admitirá por los señores secretarios escrito sobre el particular y cualquier pretensión que se haga precisamente (si es pretendiente de algún empleo) ha de llevar acompañada la fe de bautismo, y de no, no será admitida, no entendiéndose esta orden con los empleados europeos que éstos quedan con sus mismos cargos, y tendrán ascensos en su carrera, según su mérito, proceder y patriotismo.
Esta orden y exclusión que se hace de ellos la han originado los mismos españoles europeos por haberse mostrado enemigos de la patria, tan generalmente que es muy raro el español adicto a la Junta y al bien de la patria, y para prueba de ello, han atentado muchas veces contra ella; pero en todas han sido pescados; por lo que un sinnúmero de éstos han sido desterrados, otros decapitados y otros, ellos mismos, se han expatriado y en atención a esto se les prohíbe todo empleo de mando y se declaran tácitamente como extranjeros que en ninguna nación lo gozan, sino los propios del país, los cargos.
El 6 de diciembre de 1810. Por orden de la excelentísima Junta se ha dado un reglamento el que se circulará a todos los jefes políticos, militares, corporaciones y vecinos para su puntual observancia, y es el siguiente:
1° El artículo 8° de la orden del día 28 de mayo de 1810 queda revocado y anulado en todas sus partes.
2° Habrá desde este día absoluta, perfecta e idéntica igualdad entre el presidente y demás vocales de la Junta, sin más diferencia que el orden numerario y gradual de los asientos.
3° Solamente la Junta reunida en actos de etiqueta y ceremonia tendrá los honores militares, escolta y tratamiento que están establecidos.
4° Ni el presidente ni algún otro individuo de la Junta en particular revestirán carácter público ni tendrán comitiva, escolta o aparato que los distinga de los demás ciudadanos.
5° Todo decreto, oficio y orden de la Junta deberá ir firmado de ella debiendo concurrir cuatro firmas cuando menos con la del respectivo secretario.
6° Todo empleado, funcionario público o ciudadano que ejecute órdenes que no vayan suscritas en la forma prescrita en el anterior artículo, será responsable al gobierno de la ejecución.
7° Se retirarán todas las centinelas del palacio, dejando solamente las de las puertas de la fortaleza y sus bastiones.
8° Se prohíbe todo brindis, viva o aclamación pública en favor de individuos particulares de la Junta. Si éstos son justos, vivirán en el corazón de sus conciudadanos; ellos no aprecian bocas que han sido profanadas con elogios de los tiranos.
9° No se podrá brindar sino por la patria, por sus derechos, por la gloria de nuestras armas y por objetos generales concernientes a la pública felicidad.
10° Toda persona que brindase por algún individuo particular de la Junta será desterrada por seis años.
11° Habiendo echado un brindis don Atanasio Duarte con que ofendió la probidad del presidente y atacó los derechos de la patria, debía perecer en un cadalso; por el estado de embriaguez en que se hallaba, se le perdona la vida; pero se destierra perpetuamente de esta ciudad; porque un habitante de Buenos Aires ni ebrio ni dormido debe tener impresiones contra la libertad de su país.
12° Las esposas de los funcionarios públicos políticos y militares no disfrutarán los honores de armas ni demás prerrogativas de sus maridos; estas distinciones las concede el estado a los empleos, y no pueden comunicarse sino a los individuos que los ejercen.
13° No debiendo confundirse nuestra milicia nacional con la milicia mercenaria de los tiranos, se prohíbe que ningún centinela impida la libre entrada en toda función y concurrencia pública a los ciudadanos decentes que la pretendan. El oficial que quebrante esta regla será depuesto de su empleo.
14° En las diversiones públicas de toros, ópera, comedia, etcétera, no tendrá la Junta palco ni lugar determinado; los individuos de ella que quieran concurrir, comprarán lugar como cualquier ciudadano; el excelentísimo Cabildo, a quien toca la presidencia y gobierno de aquellos actos por medio de los individuos comisionados para el efecto, será el que únicamente tenga una posición de preferencia.
15° Desde este día queda concluido todo el ceremonial de iglesia con las autoridades civiles; éstas no concurren al templo a recibir inciensos sino a tributarlos al Ser Supremo. Solamente subsiste el recibimiento en la puerta por los canónigos y dignidades en la forma acostumbrada. No habrá cojines, sitial ni distintivo entre los individuos de la Junta.
16° Este reglamento se publicará en la Gaceta, y con esta publicación se tendrá por circulado a todos los jefes políticos, militares, corporaciones para su puntual observación.
Nota. —Este anterior reglamento lo originó el que habiendo el cuerpo de patricios hecho un sarao y cena en su cuartel, en festividad del triunfo ganado por nuestras armas en el Perú contra el general Córdoba con derrota de su ejército, pérdida de sus bagajes, bandera, etcétera, fue convidado a él el señor presidente de la Junta, al que asistió, y en la broma, el oficial don Atanasio Duarte brindó al presidente diciendo: Viva el señor presidente don Cornelio Saavedra emperador y rey de la América del Sur, lo que oyó el secretario de la Junta doctor don Mariano Moreno, que se encontraba presente, quien celoso de la expresión dio cuenta a los demás vocales y éstos como patriotas (aunque no fue más que una borrachera) tiraron a atajarlo, quitando al presidente los honores que disfrutaba y desterrando perpetuamente a Duarte, cuyo reglamento el mismo presidente lo firmó. Agregándose a esto, el que cuando Moreno fue a entrar al cuartel, el centinela no quiso dejarlo entrar, sin embargo de decir que era el secretario de la Junta, llevado de que no era militar; aunque sin embargo después tuvo modo de entrar y se encontró en el brindis, que causó los celos, y por lo que pudiera tener de sospechoso o algún antecedente se tiró a atajar por el citado reglamento.
El 8 de diciembre de 1810. Día de la Concepción de la Virgen como patrona de España e Indias, siempre asistían a la función de misa y sermón que se hace en la Catedral todos los años el virrey y demás tribunales; pero este año, no ha concurrido la Junta ni tribunales, sino el Cabildo solo; lo que se ha extrañado, y no sabemos el motivo; aunque sí hubo bandera en el Fuerte y éste por la mañana y a la tarde hizo sus tres salvas de artillería.
El 21 de diciembre de 1810. Salió de esta capital para la ciudad de Santa Fe 450 hombres del regimiento de castas, los que caminaron a pie para dicho destino, desde donde se dirigirán adonde la excelentísima Junta tenga determinado, pues se ignora su destino.
El 26 de diciembre de 1810. Salió en la Gaceta dándose noticia al público de tener voto en la excelentísima Junta provisional todos los señores representantes que fueran llegando de sus respectivas provincias, cuyos individuos tendrán luego que lleguen a esta capital asiento, voz y voto en la Junta con los demás señores vocales que la componen, teniendo voz activa en todo lo respectivo al gobierno de los cuales vienen firmados como ya recibidos e incorporados en la Junta, los señores doctor don Gregorio Funes, deán de la Catedral de Córdoba, y su representante de aquella ciudad, don Juan Francisco Tarragona; representante de Santa Fe, doctor don Juan García de Cossio; de la Real Audiencia de esta capital fiscal interino, pero lo renunció por ser representante de la ciudad de Corrientes, don José Antonio Olmos; representante del valle de Catamarca, don Francisco de Gurruchaga; representante de Salta, doctor don Manuel Molina; representante de la ciudad de Tucumán, don Manuel Ignacio Molina; representante de Mendoza, doctor don Juan Ignacio de Gorriti; representante de la ciudad de Jujuy y doctor don José Julián Pérez; representante de la ciudad de Tarija, los cuales conforme fueron posesionados en la Junta prestaron el juramento de cumplir con su encargo bien y fielmente, el que hicieron con toda la ceremonia que correspondía.
En esta misma gaceta manda la Junta que la orden que se dio en 3 de diciembre de que ningún español europeo tenga empleo alguno político, militar, civil, eclesiástico, etcétera, no tenga ningún efecto y valor; antes al contrario ordena no comprenda en modo alguno a los españoles europeos que no delinquiesen contra el gobierno, pues éstos serán colocados en los empleos públicos a la par de sus hermanos los americanos y gozarán unos mismos privilegios y prerrogativas.