Una tarde de primavera, a finales de marzo, cuando ya no había nieve en las calles y los estorninos cantaban en el jardín del hospital, el doctor acompañó hasta la cancela a su amigo el jefe de Correos. En ese preciso instante entró en el patio el judío Moiseika, que regresaba con su botín. Iba sin gorro, con unos chanclos ligeros en los pies desnudos y llevaba en la mano un pequeño saco con las limosnas.
—¡Dame un kopek! —le dijo al médico, tiritando de frío y sonriendo.
Andréi Yefímich, que no sabía negarse, le entregó una moneda de diez kopeks.
«Qué horror —pensó, mirando los pies desnudos y los tobillos rojos y escuálidos de Moiseika—. Con la humedad que hay».
Y, movido por un sentimiento en el que se entreveraban la compasión y la repugnancia, siguió al judío hasta la sala, mirándole tan pronto la calva como los tobillos. Al entrar el médico, Nikita se levantó de un salto del montón de cachivaches y se cuadró.
—Hola, Nikita —dijo Andréi Yefímich con voz afable—. Habría que darle unas botas a este judío; si no, va a resfriarse.
—A sus órdenes, excelencia. Se lo comunicaré al gerente.
—Haz el favor. Pídeselo de mi parte. Dile que lo he pedido yo.
La puerta de la sala estaba abierta. Iván Dmítrich, tumbado en la cama y apoyado en un codo, escuchaba con inquietud esa voz extraña; pero de pronto reconoció al médico. Temblando de cólera de pies a cabeza, saltó de la cama y, con el rostro rojo, una expresión maligna y los ojos fuera de las órbitas, salió corriendo al centro de la habitación.
—¡Ha venido el médico! —gritó y se rio a carcajadas—. ¡Por fin! ¡Señores, los felicito, el médico nos honra con su presencia! ¡Maldito canalla! —rugió y, en un estado de exaltación como no se había visto nunca en la sala, empezó a golpear el suelo con el pie— ¡Hay que matar a ese canalla! ¡No, matarlo sería poco! ¡Hay que ahogarlo en la letrina!
Andréi Yefímich, al escuchar esas palabras, echó un vistazo al interior de la sala desde el zaguán y preguntó sin levantar la voz:
—¿Por qué?
—¿Por qué? —gritó Iván Dmítrich, acercándose a él con aire amenazador y arrebujándose en su bata con gesto convulsivo— ¿Por qué? ¡Ladrón! —exclamó con desprecio, frunciendo los labios como si se dispusiera a escupir—. ¡Charlatán! ¡Verdugo!
—¡Cálmese! —dijo Andréi Yefímich, sonriendo con aire culpable—. Le aseguro que nunca he robado nada; en cuanto a lo demás, probablemente exagera usted mucho. Veo que está enfadado conmigo. Tranquilícese si puede, se lo ruego, y dígame con serenidad por qué está enfadado.
—¿Por qué me tiene aquí encerrado?
—Porque está usted enfermo.
—Sí, es verdad. Pero decenas y centenares de locos se pasean en libertad, porque su ignorancia le impide distinguirlos de los sanos. ¿Por qué estos desdichados y yo debemos quedamos aquí por todos, como chivos expiatorios? Usted, el practicante, el gerente y toda la gentuza que trabaja en el hospital son incomparablemente más viles, desde el punto de vista moral, que cualquiera de nosotros. ¿Por qué estamos encerrados nosotros y no ustedes? ¿Dónde está la lógica?
—La moral y la lógica no tienen nada que ver en este asunto. Todo depende del azar. Si a uno lo encierran, se queda aquí; y si no lo encierran, se pasea por la calle, y se acabó. El hecho de que yo sea médico y usted un enfermo mental no tiene nada que ver con la lógica ni con la moral, sino con la más simple casualidad.
—No comprendo esas sandeces… —gruñó con voz sorda Iván Dmítrich y se sentó en la cama.
Moiseika, al que Nikita no se había atrevido a registrar en presencia del médico, extendió sobre la cama trozos de pan, papeles y huesos, y, sin dejar de tiritar, empezó a pronunciar algunas frases en yidis como una rápida cantinela. Probablemente se imaginaba que había abierto una tienda.
—Deje que me vaya —dijo Iván Dmítrich con voz trémula.
—No puedo.
—Pero ¿por qué? ¿Por qué?
—Porque no depende de mí. Juzgue usted mismo: ¿de qué le serviría que le dejara marchar? Váyase. Los vecinos o la policía lo detendrán y volverán a traerlo aquí.
—Sí, sí, es verdad… —murmuró Iván Dmítrich, secándose la frente—. ¡Es temible! Pero ¿qué puedo hacer? ¿Qué?
La voz de Iván Dmítrich, así como su rostro joven e inteligente, desfigurado por muecas, gustaron a Andréi Yefímich. Sintió ganas de mostrarse amable con él y tranquilizarlo. Se sentó a su lado en la cama y, después de unos instantes de reflexión, dijo:
—Se pregunta usted qué puede hacer. En su situación, lo mejor sería salir corriendo. Pero, por desgracia, resultaría inútil. Lo detendrían. Cuando la sociedad se protege de los criminales, de los enfermos mentales y, en general, de la gente que considera inconveniente, es invencible. Solo le queda una salida: consolarse pensando que su estancia aquí es inevitable.
—No es necesaria para nadie.
—Desde el momento en que existen las cárceles y los manicomios, debe haber alguien en su interior. Si no es usted, seré yo o un tercero. Paciencia. Cuando en un futuro lejano dejen de existir las cárceles y los manicomios, desaparecerán las rejas de las ventanas y las batas de los internos. No cabe duda de que, tarde o temprano, esa época llegará.
Iván Dmítrich sonrió con aire burlón.
—Bromea usted —dijo, entornando los ojos—. A las personas como usted y su asistente, Nikita, no les importa nada el futuro, pero puede estar seguro, estimado señor, de que llegarán tiempos mejores. Tal vez mi forma de expresarme sea vulgar; puede usted reírse de mí, pero resplandecerá la aurora de una nueva vida, la verdad triunfará y también nosotros tendremos motivos de celebración. Yo no alcanzaré a ver ese día, moriré antes, pero los biznietos de unos o de otros lo verán. ¡Los saludo de todo corazón y me alegro por ellos! ¡Adelante! ¡Que Dios os ayude, amigos! —Iván Dmítrich, con los ojos brillantes, se puso en pie, tendió los brazos hacia la ventana y continuó con voz emocionada—: ¡Os bendigo desde detrás de estos barrotes! ¡Viva la verdad! ¡Ah, qué felicidad!
—No veo ninguna razón especial para alegrarse —dijo Andréi Yefímich, a quien el gesto de Iván Dmítrich había parecido teatral, aunque al mismo tiempo le había gustado mucho—. No habrá cárceles ni manicomios, la verdad triunfará, como ha dicho usted, pero la esencia de las cosas no cambiará, las leyes de la naturaleza seguirán siendo las mismas. La gente enfermará, envejecerá y morirá igual que ahora. Por muy esplendorosa que sea la aurora que ilumine esa vida suya, a fin de cuentas acabarán encerrándolo en un ataúd y arrojándolo a un hoyo.
—¿Y la inmortalidad?
—¡Ah, por favor!
—Usted no cree en ella, pero yo sí. En alguna obra de Dostoievski o de Voltaire un personaje dice que si no existiera Dios, los hombres tendrían que inventarlo. Estoy plenamente convencido de que, si la inmortalidad no existe, la sublime inteligencia humana acabará inventándola más tarde o más temprano.
—Bien dicho —exclamó Andréi Yefímich, con una sonrisa de satisfacción—. Me parece muy bien que crea usted. Con esa fe se puede vivir muy a gusto incluso entre cuatro paredes. Permítame que le pregunte, ¿ha cursado usted estudios?
—Sí, fui a la universidad, pero no terminé la carrera.
—Es usted un hombre inteligente y reflexivo. En cualquier circunstancia de la vida puede encontrar consuelo en su interior. Un pensamiento libre y profundo, que aspira a comprender la vida, y un desprecio absoluto por la estúpida vanidad del mundo son los dos bienes más elevados que jamás ha conocido el hombre. Y usted puede poseerlos, a pesar de vivir detrás de una triple reja. Diógenes vivía en un tonel y, sin embargo, era más feliz que todos los reyes de la Tierra.
—Su Diógenes era un necio —comentó Iván Dmítrich con aire sombrío—. ¿Para qué me habla usted de Diógenes y de no sé qué concepción de la vida? —preguntó de pronto con enfado, poniéndose en pie de un salto—. ¡Amo la vida, la amo con pasión! Tengo manía persecutoria, un temor incesante me tortura, pero hay momentos en que las ganas de vivir me dominan y entonces temo perder la razón. ¡Tengo unas ganas enormes de vivir! ¡Unas ganas enormes! —se paseó muy agitado por la sala y añadió, bajando la voz—: Cuando me dejo llevar por los sueños, tengo visiones. Viene a verme gente desconocida, oigo voces, música, me parece estar paseando por un bosque, por la orilla del mar, y me domina un ardiente deseo de albergar preocupaciones y afanes… Dígame, ¿qué hay de nuevo? —preguntó Iván Dmítrich—. ¿Qué pasa por ahí fuera?
—¿Se refiere a la ciudad o en general?
—Hábleme primero de la ciudad y luego en general.
—¿Qué quiere que le diga? En la ciudad la vida es terriblemente aburrida… No hay nadie con quien hablar ni a quien escuchar. No se ven caras nuevas. Aunque a decir verdad, hace poco llegó un joven médico, el doctor Jóbotov.
—Sí, llegó cuando yo todavía estaba libre. ¿Y qué? Será un palurdo, ¿no?
—Sí, es un hombre sin cultura. Resulta extraño, ¿sabe…? A juzgar por todos los indicios, en nuestras capitales no se aprecia un estancamiento intelectual; al contrario, bullen de actividad. Por tanto, debe de haber hombres de valía; pero, por alguna razón, siempre nos envían de allí personas a las que sería mejor no ver. ¡Qué ciudad tan desdichada!
—¡Sí, muy desdichada! —suspiró Iván Dmítrich y se echó a reír—. Y en general, ¿cómo va todo? ¿Qué dicen los periódicos y las revistas?
La sala estaba ya a oscuras. El médico se levantó y se puso a contar lo que se escribía en el extranjero y en Rusia y cuáles eran las tendencias del pensamiento contemporáneo. Iván Dmítrich lo escuchaba con atención y le hacía preguntas, pero de pronto, como si hubiera recordado algo terrible, se cogió la cabeza con las manos y se tumbó en la cama, de espaldas al médico.
—¿Qué le pasa? —preguntó Andréi Yefímich.
—¡No oirá usted una palabra más de mis labios! —respondió con rudeza Iván Dmítrich—. ¡Déjeme en paz!
—Pero ¿por qué?
—¡Le digo que me deje en paz! ¿Qué diablos quiere?
Andréi Yefímich se encogió de hombros, suspiró y salió. Al atravesar el zaguán, dijo:
—No estaría mal que pusieras un poco de orden en todo esto, Nikita… ¡Huele que apesta!
—Como mande, excelencia.
«¡Qué joven tan agradable! —pensaba Andréi Yefímich, camino de su apartamento—. En todos los años que llevo viviendo en esta ciudad, creo que es la primera persona con la que puedo hablar. Sabe razonar y se interesa por las cosas que realmente importan».
Se puso a leer y luego se fue a la cama, pero el recuerdo de Iván Dmítrich no se le iba de la cabeza. A la mañana siguiente, cuando se despertó, se acordó de que la víspera había conocido a un hombre inteligente e interesante, y decidió volver a visitarlo a la primera oportunidad.