El hombre quedó pensativo, apuró su bebida y gritó:
—Venga Sebastián, tóquese algo maestro.
Sebastián, casi un esqueleto, arremetió en el piano vertical, demostrando su versatilidad en la milonga. Introdujo “Pena mulata”. La morenita cantó con dulzura “Pena mulata, que se desata, bajo la bata de broderie...” y ella y el pianista hicieron un gesto para que continuara la violinista, que se atrevió a cantar por primera vez ante el escaso público “dolor de milonga que apenas prolonga con queja tristonga la noche de abril”. La morenita siguió cantando y la joven música respondiendo. Al final, recibieron un bravo de Homero, el tipo que estaba detrás del mostrador, y un aplauso del mafioso que le dijo a la señorita:
—Usted merece vivir muchos años más —y dirigiéndose al que parecía el dueño del bar gritó:
—Homero, otro Negroni…
—No creo que lo aguante —dijo la mujer y la morenita le trajo otro vaso con el cóctel...
Ella lo apuró hasta la mitad, le pareció algo fuerte, pero a esa altura de la noche cualquier bebida le venía bien, miró el reloj y escuchó las campanadas de la medianoche, buscó su celular en los bolsillos, pero no lo tenía, pensó que podría haberse caído en el apuro, y por cortesía le preguntó:
—¿Quién era ese Negroni?
—Un negro, claro, un cuarteador. Hombre inteligente, había, inclusive, terminado la primaria, y se dedico al oficio de sacar carros empantanados. Era un maestro en el manejo de los percherones, pero después cambió por un oficio más placentero.
—¿Más placentero?
—Negroni tenía un poder... Le decían el tumbador de Mataderos, no solo porque tocaba la tumba con la maestría del negro candombero, sino porque podía revivir a las muertas.
—Me cuesta creerle.
—Usted es una dama y no quisiera ser explícito, pero Negroni, cuentan, yo lo vi, claro, oscuro. Era superdotado y, como diría Jorge Luis “A las pardas zaguaneras no les resultaba ingrato el amor de ese valiente...
—Que les dio tan buenos ratos.”
—Así que la señorita sabe de poesía.
—Escribo cuartetas en mis ratos libres.
—Claro, Negroni, decían, era hijo de libertos, pero nunca supimos su verdadero nombre, ni el nombre de los amos de su familia. Cuando estaba chupado algunas veces gritaba soy Obbatalá, soy un Orishá o algo parecido, Fernando Negroni era un apodo, un alias… Bailarín y jugador...
—No sé si chino o mulato...
—Grande Borges, pero este era negro, negro como el carbón.
—Bueno, ¿era alcohólico?
—Y, sí, un poco, al final no le fue tan fácil complacer a su clientela funeraria.
—¿Se le daba por la necrofilia?
—Mire, permítame contarle la historia.
—La verdad quiero volver a mi casa, ¿pasan taxis por aquí?
—Están las calles cortadas por el corso, hay que esperar la última comparsa, la “cumparsa” de los negros...
—Al “cumpás” del tamboril.
El veterano encendió un cigarro, ella, no aceptó el envite, su cabeza empezaba a dar vueltas, y apoyó sus codos en la mesa. Las piedras heladas del Negroni la atraían y se desdibujaban en cientos de imágenes transparentes, como espejos infinitos. Se dio cuenta de que el tipo no la dejaría en paz hasta que le contara la historia del moreno. Un breve sorbo estampó el color de sus labios, sangre y rubor, en el filo del “old fashioned”.
—Todo empezó, en este bar, aquí venían los músicos después de sus trabajos nocturnos, algunos preferían el whisky, otros la ginebra, algunos el champagne, otros la caña, y las damas más sofisticadas los cócteles de moda. Se podía escuchar a los mejores tangueros improvisar milongas, a los poetas decir sus letras, una melange entre profesionales y aficionados. Ahí venía ese negro habituado al barro, impecable, bañado, elegante, limpio para tomar su trago, para bailar tanto con las blancas como con las morenas, y había una polaca o rusa, tan nívea y hermosa como una de las nereidas. La señora estaba casada con un gringo que no le cumplía, que la molestaba cada tanto con poco entusiasmo. Ella miraba al cuarteador con ganas, con intención, lo provocaba con los ojos, lo apretaba en el firulete buscando el puñal debajo la crin, y Negroni no era de piedra... En un descuido abrió el camino y se la llevó pa’l cuarto... Ve esa puerta, ahí hay una habitación donde Homero, el dueño, se queda para dormir la siesta, usted si quiere puede recostarse mientras esperamos a los negros.
—No, cuando abran la calle, me voy.
—Bue… A ver morenita otra ronda.
—Usted me quiere emborrachar...
—No, solo quiero que encuentre la felicidad.
—Siga con el cuento, que se va a hacer tarde, que la cosa está que arde, ahora, ahora es el momento.
—El bar enmudeció, los gritos de la dama eran impactantes.
—Así es la mujer en el amor, placer y dolor, dolor y placer.
—Todos callados escuchando como Negroni encaraba la cuarteada y cumplía la faena, todos imaginaban los olores, los ojos desorbitados del negro y los párpados cerrados de la dama, y en eso entra el esposo, el gringo incumplidor. Imagínese, las sonrisas socarronas de los oyentes, y ciertos gestos burlones con los dedos. En un santiamén el gringo cae en la cuenta de que es su mujer la gritona, y entra daga en mano a la piecita y ve a la rubia montada encima del negro, cabalgándolo al trotecito lento y mirando la ventanita del cielo. El gringo le encaja una profunda puñalada entre los bamboleantes senos – sangre por todos lados –. Ella, claro, detiene el galope. Seis u ocho parroquianos hicieron falta para detener al gringo y ponerlo a besar el piso. Negroni estaba atrapado, como en un laberinto armónico “Facilis aditus, difficiles exitus”. La contracción muscular, el rigor mortis, de la dama no lo dejaba salir; un mequetrefe intentó separarlos, agarrando de la cintura a la muerta, cuyos ojos reflejaban esa mirada mortuoria, inconfundible y fría. Las nalgas de la mujer, duras como mármol de lápida, se aferraban al cuerpo del amante como un nudo imposible de soltar, mientras este mantenía su dureza eréctil... Hasta que desde el fondo Homero (ahí como lo ve un gran poeta) pega un grito con las mismas palabras que Negroni le decía a sus pingos cuando se empacaban: “Termine negro, termine la faena, no se retobe, ni sea rebelde. Levante el carro, aguante la correa, que, si no sale, vendrá el rebenque.” Y Negroni liquidó el trámite, se aflojó y la mujer dio un chillido, el grito del clímax, el aullido de la resurrección. La sangre paró, solo quedó entre sus senos, una suave mancha carmín ¡La hembra estaba viva!
Entonces llegó la policía y esposó al gringo acusado de asesinato, pero su víctima, cubriendo su desnudez con una bata de broderie estaba vivita y coleando, abrazando y besando a Negroni que agotado y brillante por el sudor no podía salir del asombro. La rubia allí se colgó las prendas, y apareció más platiada que la luna.
—¿No me vendrá, ahora, con el Fausto criollo?
—Gran libro, sin duda, pero esta historia es cierta. Así le digo, se corrió la voz entre los conventillos, y una familia de alto nivel lo contrató, le ofreció un montón de billetes…
—¿Por?
—Se les había muerto la hija, a los quince años, un día antes de cumplirlos. Fue una bala perdida, o alguien apuntó a su matriz, o algo así y como dijo el poeta en Delectación amorosa: … tus rodillas exangües sobre el plinto manifestaban la delicia inerte…
—Y a nuestros pies un río de jacinto, corría sin rumor hacia la muerte.
—Claro, Lugones… Y Negroni fue a la cripta donde el cadáver femenino lo esperaba en el cajón. Ya la habían velado y todo, y no entremos en detalles, pero Negroni le sacó la mortaja y la hizo debutar. La señorita resucitó y salió, con una sutil decoración morada debajo del ombligo, caminando sin ropas y a los gritos por el cementerio. El hecho hasta salió en los diarios, y fue la noticia que asoló los pasquines: “Mujer desnuda corriendo por las tumbas de La Recoleta...” y así fue que lo llamaban de todos lados, se llenó de plata, empilchaba elegante, pero, Negroni tenía sus códigos, nunca menores, ni hombres, tampoco veteranas, y solo mujeres que no pasaban la semana de finadas. No quería testigos presenciales, nada de mirones. Entre las nuevas muertas y las viejas resucitadas no tenía descanso, no daba abasto, ¡Un semental…! ¡Muy cumplidor!
—¡Mozo, jinetazo, ahijuna!
—Como creo que no hay otro…
Ella notó que la cristalería se multiplicaba. La cabeza le daba vueltas, y hacía un esfuerzo para no decir pavadas o quedarse dormida. La voz del hombre, cálida y apasionada, con innumerables inflexiones la mantenía interesada; la historia era absorbente y estaba llena de misterio, mezcla de Borges y Estanislao del Campo, mixtura entre Manzi y Lugones, un cóctel literario tan absurdo como imposible, un contrapunto bizarro y embriagador entre Piana y Piazzolla. El narrador, que ya se había bajado varios fernets con coca sin consecuencias aparentes, continuó:
—Pero, claro, no todas son frutas maduras en las viñas del señor.
—Me imagino, la cantidad de servicios.
—Sí, no solo eso, las muertas vivas lo llamaban porque ningún hombre podía satisfacerlas.
—¿Tan así?
—Peor, ni Negroni.
—Andaba fallando la grúa...
—No, él se empeñaba, se esforzaba, pero no hay placer más placentero que la resurrección, las revividas se suicidaban para que el negro las devolviera a la vida y tener, así, el goce total. Miré, la hembra viva disfruta, pero la muerta cuando renace explota de felicidad. Obtiene el verdadero deleite supremo, la satisfacción más completa que una mujer pueda tener, así lo contaban las damas: Éxtasis al morir y renacer en el mismo instante.
— Ahhhh…
—Lo llamaban de las cocherías mortuorias, para quedarse con alguna comisión, pero a Negroni no le gustaban los velorios, ni el chisporroteo de los deudos. Y como le decía empezó una ola de suicidios. El gobierno intentó pararla prohibiendo las necrológicas femeninas porque se daban noticias que después había que desmentir. Mire, me acuerdo de una de tantas que decía: “La señora de tal y tal hija del reconocido fulano de tal falleció ayer después de una larga enfermedad” y, al día siguiente, salía la fe de erratas diciendo que la fulana solo había tenido un breve desmayo. Otra decía: “Hondo dolor ha causado entre sus conocidos el accidente de la señora mengana, que cayó del balcón...” y un par de días después se podía leer un titular: “Fue un susto”... la señora mengana goza de buena salud a pesar de la caída…” Varios médicos creyeron que había una peste, por las manchas encarnadas que ostentaban, orgullosas, tanto las señoras como las señoritas.
—¡Opa, opa!, traéme otro, morenita...
—Y el negro se deprimió, se cansó, se acercaba al bar y se tomaba todo, para que cuando lo llamaran, estuviera dormido, y no hacer el trabajo. Hubo un tiempo que daba pena, andrajoso y sucio, pero dejó el licor, cuando supo que la rusa, una suicida serial, estaba embarazada. Ahí, Negroni dijo perder su poder, una mentira, y aunque usted no lo crea a veces pasa por aquí para visitar a su hija. —El hombre señala la barra donde está la joven camarera mulata —Esa, la ve, la morenita que nos atiende. Dicen que el gringo cornudo lo apuñaló en un día de carnaval, pero nunca encontraron su cadáver, el moreno hizo correr ese dato para que lo dejaran tranquilo.
—¿Vive?
—Algunos hablan de un pacto, otros creen que es un ángel negro y hasta están los que lo veneran y le piden milagros, al igual que al Gauchito Gil, el santo de mi devoción. No quiera saber más, la ignorancia puede que la salve, pero le aclaro, en algunos casos el moreno aparece y hace el trabajo sin pedir nada a cambio, algo así como por vicio nomás, cuando cree que la dama lo merece, aunque no ignora que también la condena.
—¿La condena?
—A buscar en la muerte el múltiple orgasmo de la vida…