Bobok
Dostoyevski, Fiódor · 1873
Semión Ardalionovitch me dijo el otro día:
—¿Sabes, Iván Ivanych, que estás bebido?
Vaya una ocurrencia. Yo sé que a veces me pongo pálido y tengo aspecto de desorden nervioso, pero nadie me ha llamado nunca borracho. Quizás la culpa sea de mi situación: me han echado de todas partes y no me publican en ningún sitio. Llevo dos años escribiendo y escribiendo; y el público que lee ni me pagó un kopek, ni me leyó, ni me creyó. Y yo, la verdad, he perdido la fe en el género humano.
Fui hace poco al entierro de un pariente lejano, teniente coronel retirado. Era un cementerio de segunda clase, en uno de esos barrios de San Petersburgo donde entierran a los de mediana posición. Un día de octubre, húmedo y gris. Después de dar la vuelta entre las tumbas, me acurruqué detrás de una lápida vieja y me eché a leer las inscripciones. Me entretuve así un buen rato. Luego, no sé si fue por el frío o por la mostaza francesa que había comido el día antes, empecé a sentir una especie de sopor extraño.
Me dejé llevar y, de repente, oí voces. No sé de dónde venían: apagadas, como si alguien hablara debajo de la tierra, con mucho esfuerzo para que la voz saliera.
UNO
—¡Avdotya Ignatievna, querida, qué alegría que esté usted aquí!
—¡Oh, y usted también, Klinevich! ¡Cuánto me alegra! ¿Cuándo llegó?
—Ayer. Llevo aquí desde anteayer. Enterrado el lunes.
—Aquí somos todos recientes. Yo llevo tres días. ¿Ha visto al general?
—Sí, hace quince días lo bajaron. Aquí sigue diciendo disparates, aunque ya menos que antes.
—¡Dios mío! ¡Pero cuánto tiempo dura esto!
Una voz grave y pausada, con una dignidad algo artificial, terció:
—Eso depende del temperamento de cada uno. Los robustos pueden durar hasta nueve meses. Los débiles, dos o tres semanas. Para la mayoría son unos dos o tres meses.
—¿Y usted quién es? —preguntó Avdotya Ignatievna con su voz aguda y un poco irritante.
—Platon Nikolaevich. Médico retirado, aunque aquí ya no ejerzo, naturalmente.
—Qué horror —dijo alguien—. Dos meses bajo la tierra y todavía con consciencia.
—Peor sería no tenerla —respondió Platon Nikolaevich.
Entonces habló Klinevich, con ese tono de bravuconería que le conocí en vida:
—¿Y qué proponen que hagamos con nuestros dos meses?
Nadie respondió de inmediato. Luego alguien que yo no había oído hasta ese momento, con una voz gruesa y jovial, dijo:
—Yo digo que hay que vivir el momento.
—Exacto —se animó Klinevich—. Estoy de acuerdo. Aquí no hay policía, no hay vecinos, no hay acreedores. Y sobre todo, no hay convencionalismos. ¿No les parece que eso es una libertad extraordinaria?
—Yo no termino de verlo así —dijo el filósofo Platon Nikolaevich.
—Hombre, claro que sí. En vida tuve que guardar tantas apariencias, mentir tanto, disimular tanto… ¡Aquí podríamos, por fin, decir la verdad! ¡La verdad pura! Sin consecuencias.
—¿Y de qué nos serviría? —preguntó Avdotya Ignatievna.
—De nada. Pero nos quedaríamos tranquilos. Hay algo reconfortante en decir la verdad sin que nadie te vea, sin que nadie te juzgue. Yo propongo: que hablemos con franqueza. Cuéntenos usted, general. ¿Robó alguna vez?
—¡Vaya impertinencia! —exclamó el general con esa gravedad hueca que los militares retirados conservan más allá del sepulcro.
—No se moleste usted. Lo digo sin malicia. Yo mismo confieso el primero: el año pasado le oculté a mi padre un testamento. Y mire qué ironía: de todos modos me dejaba todo a mí. Una infamia inútil. Qué bien lo habría pasado si lo hubiera sabido antes.
—Eso es muy triste —dijo Platon Nikolaevich.
—Más triste sería haberlo guardado en secreto para siempre.
DOS
Desde el fondo más oscuro llegó entonces ese murmullo extraño: bobok.
—¿Qué es eso? —preguntó alguien.
—Es un pobre desdichado. Así murió, repitiéndolo. No sé ni cómo se llama.
—Bobok, bobok —repitió la voz, más débil.
—Quizá sea el más sabio de todos —dijo Platon Nikolaevich en voz baja.
Klinevich siguió con su propuesta:
—Les digo que organicemos aquí un círculo. Una especie de club. Aquí podemos decir cualquier cosa. ¿Qué les cuesta? Ya que nos quedan dos meses, que sean al menos dos meses sin hipocresía. ¿Quién empieza?
—¡Yo no! —dijo Avdotya Ignatievna—. Soy una señora.
—Eso no es un argumento contra la verdad.
—Para mí sí lo es.
—El filósofo, entonces. ¿Qué tiene que confesar?
—Yo he vivido bien —respondió Platon Nikolaevich con paciencia—. He intentado obrar bien. No tengo grandes secretos. Lo que me pesa es otra cosa: el tiempo que uno desperdicia en cosas sin importancia.
—Demasiado noble para mi gusto —dijo Klinevich, aunque sin mala intención—. Pero respeto esa filosofía. General, entonces, le toca a usted.
—Prefiero no hacer declaraciones —contestó el general con sequedad, y no habló más.
El personaje gordo y jovial que no se había identificado tomó la palabra:
—Yo puedo contar algo. No es gran cosa. Vendí carne adulterada durante veinte años. Nunca lo supo nadie. Mis hijos son abogados y tienen buena reputación. ¡Qué le vamos a hacer!
—Una confesión honesta —aprobó Klinevich—. Así me gusta. ¿Ve usted, general, que no es tan difícil?
TRES
Yo permanecía tendido entre las losas, con los ojos entrecerrados. El frío me había calado los pies y tenía la nuca fría. No me movía. Algo me retenía inexplicablemente: tal vez la curiosidad, tal vez el absurdo de la situación, que me hacía pensar que seguía dormido y que todo aquello era un sueño extraño.
Avdotya Ignatievna acabó por ceder también:
—Está bien. Les diré que tuve una vida completamente vacía. Completamente. Me casé a los diecisiete años por dinero, a los veintidós ya no amaba a nadie, a los treinta ya no me importaba nada. Así estuve hasta que me morí.
—¿Y nunca fue feliz? —preguntó alguien.
—Dos veces. La primera, cuando me compraron un sombrero de París que me quedaba muy bien. La segunda, cuando a mi marido le denegaron un ascenso.
Hubo algo parecido a una risa colectiva, ahogada y extraña.
—Y usted, Klinevich, ¿qué tiene para contarnos que no haya contado ya?
—Oh, muchas cosas. Pero la principal es que viví con absoluta convicción de que los hombres honrados son o ingenuos o cobardes. Y que la sociedad no es más que una convención de ladrones educados. Mantuve esa convicción en secreto toda mi vida, y ahora que nadie me puede oír, me da exactamente igual decirla. Que conste.
—Eso no es una confesión —dijo Platon Nikolaevich con su voz tranquila—. Eso es una opinión filosófica.
—Muy bien: la diferencia entre las opiniones filosóficas y las confesiones es que las primeras no comprometen a nadie. Les cuento también que robé a mi propio hermano durante diez años. Eso sí es una confesión.
Silencio.
Bobok —susurró la voz lejana.
CUATRO
Llevaba ya un buen rato escuchando cuando empecé a sentir un malestar profundo. No era miedo, era algo diferente. Una suerte de tristeza pesada, casi física. Que aquellas personas, aquellos muertos recientes, usaran su consciencia final para esto. Para el cinismo, para la vanidad, para el escándalo voluntario.
Platon Nikolaevich lo dijo con su voz de siempre:
—Lo que me inquieta de la propuesta del señor Klinevich es que la verdad sin propósito no es libertad, es simplemente ruido. La franqueza sin amor no redime a nadie.
—Muy bonito —dijo Klinevich—. Pero usted mismo dijo que aquí no hay tiempo para redenciones. ¿Para qué sirve entonces la verdad con amor si ya no cambia nada?
—Para morir bien.
Silencio largo.
—Bobok —repitió la voz del fondo, esta vez con algo que podría haber sido una inflexión de aprobación.
De repente estornudé. Fue un estornudo largo, involuntario, fenomenal. Tres veces seguidas.
Silencio absoluto. Como si el mundo subterráneo hubiese oído y se hubiese callado de golpe.
No se oyó ni un murmullo más.
Me incorporé entre las tumbas, sacudiéndome la tierra de la ropa, confundido y con frío. El cementerio estaba casi oscuro. Salí a la calle a paso rápido. En el tranvía, alguien me miró de un modo raro. Probablemente tenía la cara de quien acaba de escuchar algo que no debía escuchar.
Llegué a casa y me senté a escribir todo esto, antes de que se me olvidase. No sé si fui víctima de alguna alucinación. No sé si era cosa de la mostaza francesa, del frío del cementerio, o de algo más oscuro que no tengo palabras para nombrar. No sé nada. Solo sé que lo oí.
Y que me dejó una extraña vergüenza: no por los muertos, sino por nosotros.
Bobok.