La hija del mazorquero
Gorriti, Juana Manuela · 1865
«La hija del mazorquero», de Gorriti, Juana Manuela (1865), es un cuento de dominio público disponible en su versión completa y gratuita en literatura.ar. El texto puede leerse online, sin registro, desde Argentina y cualquier parte del mundo.
I
Roque Almanegra era el verdugo supremo entre los mazorqueros; el hombre que con más ardor se entregaba al cumplimiento de las órdenes del terrible fundador de aquella oscura hermandad.
Su hija era una joven de dieciséis años, de grandes ojos azules rodeados de una aureola de rizos dorados; boca de coral, mejillas sonrosadas como el alba, y una figura esbelta que parecía la de un ángel extraviado entre las tinieblas del mundo.
Clemencia —que así se llamaba— había nacido para el bien. Su alma pura y generosa se revelaba en cada uno de sus actos, en la bondad de sus palabras, en la dulzura de su mirada. Era un misterio cómo aquella flor delicada había germinado en el lodazal en que vivía.
Su madre había muerto cuando Clemencia era muy niña, dejándola sola con aquel hombre feroz, cuya existencia era un encadenamiento de crímenes. Pero Clemencia, por instinto o por divina gracia, había sabido conservar intacta la pureza de su alma, manteniéndose alejada de cuanto podía contaminarla.
Vivían en una casa modesta del barrio del Retiro. Roque salía por las noches a cumplir con su siniestro oficio, y volvía tarde, sombrío, sin dar explicaciones que nadie le pedía. Clemencia rezaba, cosía, cuidaba las macetas de albahaca y rosas que adornaban la ventana, y aguardaba el día siguiente con la serenidad tranquila de los corazones inocentes.
Roque la quería a su manera —la quería como podía querer un hombre que había endurecido el corazón en el ejercicio de la violencia— y Clemencia correspondía a ese amor sin interrogar su pasado, sin juzgar sus crímenes, con esa piedad infinita que tienen los seres puros para con los que han caído.
II
Una tarde de otoño, cuando el sol poniente teñía de rojo los tejados de Buenos Aires, Clemencia cosía en su cuarto cuando oyó que llamaban a la puerta con golpes precipitados.
Abrió y encontró a un joven que se sostenía apenas, con una mano apoyada en el marco y la otra comprimiendo una herida en el costado. Era de facciones nobles, bien vestido, pero en aquel momento su traje estaba descompuesto y manchado de sangre.
—Señorita —dijo con voz ahogada—, me persiguen. Si me entrega, soy hombre muerto.
Clemencia no vaciló. La compasión no calcula.
—Entre —respondió, y le abrió la puerta de par en par.
Lo hizo pasar a la sala, le hizo sentar, lavó y vendó la herida con manos temblorosas pero seguras. El joven la miraba con una mezcla de gratitud y asombro. Poco después, los pasos de los perseguidores resonaron en la calle, se detuvieron un momento ante la puerta, y siguieron de largo.
Cuando el peligro pasó, el joven quiso hablar, quiso agradecer. Clemencia lo interrumpió.
—No hay nada que agradecer —dijo—. ¿Puede caminar?
—Sí.
—Entonces váyase antes de que oscurezca. Y no vuelva por esta calle.
El joven obedeció. Pero antes de salir se detuvo en el umbral y dijo su nombre.
—Manuel de Pueyrredón.
Clemencia cerró la puerta y no respondió nada. Pero el nombre quedó resonando en el aire quieto de la sala.
III
Manuel de Pueyrredón volvió.
Volvió al día siguiente, con el pretexto de agradecer. Volvió el día después, sin pretexto. Y siguió volviendo, a la misma hora, con la misma puntualidad silenciosa de quien obedece a una fuerza más poderosa que su voluntad.
Y Clemencia lo esperaba. No se lo decía a sí misma; no habría podido decírselo. Pero la verdad es que cuando escuchaba sus pasos en la calle empedrada, algo se le movía en el pecho que no se movía en ningún otro momento del día.
Hablaban poco. Él le contaba de la ciudad, del río, de sus viajes. Ella escuchaba. A veces él la miraba en silencio, como si quisiera retener su imagen, y ella bajaba los ojos hacia el tejido, y los dedos le temblaban.
El amor había entrado en aquella casa sin que nadie le abriera la puerta.
Pero la felicidad de Clemencia tenía una sombra que crecía a medida que crecía la felicidad misma: su padre. Ella sabía que si Roque descubría aquellas visitas, la cólera no tendría límites. Los Pueyrredón eran unitarios, enemigos jurados de Rosas, los que Roque odiaba con toda la ferocidad de su naturaleza embrutecida. El nombre de Pueyrredón era para él como una señal de muerte.
Así vivía Clemencia: entre la dicha del amor recién descubierto y el terror de la catástrofe que sentía acercarse.
IV
Una noche, Clemencia no podía dormir.
Las horas pasaban lentas en el silencio de la casa. De pronto, a través de la pared delgada que separaba su cuarto del de su padre, escuchó voces. Roque hablaba en voz baja con alguien. Clemencia contuvo la respiración y escuchó.
—Esta noche acabamos con el cachorro de Pueyrredón —decía su padre—. Sale de lo de Sarratea cerca de las diez. Lo esperamos en la esquina del Temple. Cuatro somos; no hay forma de que escape.
La voz del otro hombre respondió algo que Clemencia no pudo distinguir. Después, pasos. La puerta de la calle que se abría y se cerraba. El silencio otra vez.
Clemencia se quedó inmóvil en la oscuridad, con el corazón golpeándole tan fuerte que le parecía que se oía. Las diez. Faltaba poco más de una hora.
No pensó. No calculó. Sólo supo que debía llegar antes que ellos.
Se levantó, se echó un mantón oscuro sobre los hombros y salió a la noche de Buenos Aires.
Las calles estaban desiertas. Los faroles de aceite proyectaban manchas de luz amarillenta sobre los adoquines húmedos. Clemencia corría sin hacer ruido, pegada a las paredes, como una sombra entre las sombras, sin pensar en el peligro, sin pensar en otra cosa que en llegar a tiempo.
Conocía la casa de Sarratea. La había oído nombrar. Dobló una esquina, después otra. Las calles se sucedían iguales en la oscuridad. En algún campanario sonaron las nueve y media.
Llegó. Golpeó la puerta con los nudillos, desesperadamente. Un criado asomó con un candil.
—Necesito hablar con el señor Pueyrredón —dijo Clemencia—. Ahora mismo. Es de vida o muerte.
El criado la miró un momento, desconfiado, y luego la hizo pasar al zaguán. Esperó. Cada minuto que pasaba era un siglo.
Manuel apareció al pie de la escalera. Al ver la cara de Clemencia, palideció.
—¿Qué ha ocurrido?
—Te esperan esta noche —dijo ella sin preámbulo—. Mi padre y otros tres. En la esquina del Temple. No salgas.
Manuel la miró un largo momento. Luego, despacio, tomó sus manos entre las suyas. Las manos de Clemencia temblaban.
—¿Sabes lo que has hecho? —murmuró él—. ¿Lo que te costará si él se entera?
—Sé lo que habrías perdido tú si yo no venía —respondió ella—. Eso es lo único que importa.
Se soltó suavemente de sus manos. Él dio un paso hacia ella.
—Clemencia...
Pero ella ya había dado la vuelta y salía al zaguán. Un momento después la oscuridad de la calle la había tragado.
V
Roque Almanegra esperó en la esquina del Temple hasta que las campanas dieron las doce. Pueyrredón no apareció.
Al día siguiente, cuando quiso averiguar la causa, supo que alguien había avisado al joven. El rastro lo llevó, con la lógica implacable de los hombres acostumbrados a perseguir, hasta su propia puerta.
Entró a la casa con la cólera fría de los que no gritan porque no necesitan gritar. Encontró a Clemencia sentada junto a la ventana, con el tejido en las manos. Las macetas de albahaca y rosas brillaban al sol de la mañana.
Clemencia levantó los ojos hacia él. No los bajó.
—¿Fuiste tú? —preguntó Roque.
La pausa duró apenas un segundo.
—Fui yo —respondió Clemencia.
El silencio que siguió fue más terrible que cualquier grito. Roque la miraba. Ella lo miraba. En los ojos de él había algo que Clemencia nunca le había visto: algo que por un instante se parecía al dolor.
—Era el hijo de Pueyrredón —dijo Roque, como si eso lo explicara todo.
—Era un hombre —respondió Clemencia.
Roque se quedó quieto. Afuera, en la calle, pasó una carreta con gran estrépito de ruedas sobre los adoquines. Adentro, el silencio era absoluto.
Después, muy despacio, Roque se dio vuelta y salió del cuarto.
Esa noche no volvió. Ni la siguiente. Cuando volvió, tres días después, tenía la cara de un hombre que ha mirado algo dentro de sí mismo y no ha podido seguir mirando. No mencionó a Pueyrredón. No mencionó a Clemencia lo ocurrido. Sólo le preguntó si había comido, y cuando ella respondió que sí, asintió en silencio y fue a sentarse a su silla de costumbre.
Algo había cambiado. Qué exactamente, Clemencia no habría podido decirlo. Pero esa noche, cuando creyó que su padre dormía, escuchó desde su cuarto un sonido que no había escuchado nunca en aquella casa.
El sonido de un hombre que llora.
Manuel de Pueyrredón salió de Buenos Aires poco después, camino del exilio. Antes de partir, dejó para Clemencia una carta que ella leyó una sola vez y guardó sin volver a abrirla. En la carta había una pregunta y una promesa. La pregunta era si él podía volver a buscarla cuando terminara la tiranía. La promesa era que volvería de todos modos.
Clemencia dobló la carta, la guardó en el cofre donde tenía las pocas cosas que le pertenecían, y siguió viviendo como había vivido siempre: rezando, cosiendo, cuidando las macetas de albahaca y rosas que perfumaban la ventana.
Esperando, con la serenidad tranquila de los corazones que saben esperar.