A la Citerea respetada comienzo a cantar, a la que da suaves dones a los mortales, que tiene los cuidados del placentero sonriente monte Olimpo, que admira a los inmortales y domina a las tribus de los hombres. Salve, diosa, que posees a la bien construida Salamina y a la que mira el ponto toda Chipre; dame un canto delicioso; y yo me acordaré de ti y de otro canto.