Ares, el más fuerte, el portador del carro pesado, el de casco de oro, el de ánimo inquebrantable, el escudo de las ciudades, el de armadura de bronce, el de brazo poderoso, el incansable, el terrible paladín de los olímpicos, padre de la bella Victoria, apoyo de Temis, el terror de los enemigos, el guía de los hombres más justos, el cetro de la virilidad, el que hace girar el torbellino ígneo entre los astros a través de los siete trayectos del éter donde los veloces corceles te tienen siempre en ardiente tercera esfera:
¡Escúchame!, dador de la intrépida juventud; vierte desde arriba tu dulce brillo sobre mi vida y tu vigor marcial, para que yo aleje de mi cabeza la cobardía amarga y doblegue el engañoso impulso de mi ánimo, y refrene el furioso ardor de mi corazón cuando me incite a entrar en la fría lucha; mas tú, bienaventurado, dame valor para permanecer dentro de los seguros límites de la paz, huyendo de la pelea con los enemigos y del inminente peligro.