Cantad a los Dioscuros, ¡oh Musa de voz dulce!, los hijos de la Tindárida, de Leda, la del tobillo hermoso, Cástor el domador de caballos y el irreprochable Polideuces. Cuando los parió bajo las cimas del gran Taigeto, los parió a los dos la esposa de Tindáreo, dueña de las oscuras nubes, y les dio a los que navegan gran honor; pues cuando se desencadenan las tormentas del helado invierno en el implacable mar, invocando con súplicas a los hijos del grande Zeus y sacrificando blancos corderos al borde de la popa y al proel, en alas del gran viento y del oleaje del mar les hunde el negro barco; y de pronto aparecen ellos al través del éter amarillo corriendo con sus alas rápidas, e inmediatamente hacen cesar los vientos tempestuosos y borrascos, y apagan las olas del mar blanco, en presagios benignos de los trabajos. Al verles los navegantes se alegran y cesan de sus penosas fatigas.
¡Salve, Tindáridas, los de veloces potros! Y yo me acordaré de vosotros y de otro canto.