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Rinconete y Cortadillo

Cervantes Saavedra, Miguel de · 1613

En la venta del Molinillo, que está puesta en los fines de los famosos campos de Alcudia, como vamos de Castilla a la Andalucía, un día de los calurosos del verano se hallaron en ella acaso dos muchachos de hasta edad de catorce a quince años: el uno ni el otro no pasaban de diez y siete; ambos de buena gracia, pero muy descosidos, rotos y maltratados. Capa, no la tenían; los calzones eran de lienzo, y las medias, de carne. Bien es verdad que lo enmendaban los zapatos, porque los del uno eran alpargates, tan traídos como llevados, y los del otro picados y sin suelas, de manera que más le servían de cormas que de zapatos. Traía el uno montera de cazador verde, el otro un sombrero sin toquilla, bajo de copa y ancho de falda. A la espalda y ceñida por los pechos traía el uno una camisa de color de camuza, encerrada y recogida toda en ella; el otro venía escueto y sin alforjas, puesto que en el seno se le parecía un gran bulto, que, a lo que después pareció, era un cuello de los que llaman valones, almidonado con grasa, y tan deshilachado de roto, que todo parecía hilachas. Venían en él envueltos y guardados un naipe de figura, de los que sacan los ciegos, harto viejos; una plomada de zapatero, y dos o tres cabos de vela; por cuya razón colegí yo que era ladrón el que tal cuello traía, y dije que lo que él traía era señal de ladrón, pero era error, porque ninguno que no sea ladrón trae las cosas de su oficio en el seno.

Sentáronse los dos en un portal o cobertizo que delante de la venta se hacía, y el que parecía de más edad dijo al más mozo:

—¿De qué tierra es vuesa merced, señor gentilhombre, y para adónde buena camina?

—Mi tierra, señor caballero —respondió el preguntado—, no la sé, ni para dónde camino tampoco.

—Pues en verdad —dijo el mayor— que no parece vuesa merced del cielo, y que este no es lugar para hacer su asiento en él; que por fuerza se ha de pasar adelante.

—Así es —respondió el menor—; pero todo lo que he dicho es verdad, porque mi tierra no la sé, ni adonde voy tampoco; solo sé que tengo ganas de ir a Sevilla.

—Sevilla —dijo el mayor— es buena tierra; ¿tiene vuesa merced algo con que hacer el camino?

—Si tuviera —respondió el menor—, no andurviera de esta manera.

—¿Sabe vuesa merced algún oficio? —preguntó el mayor.

—No sé otro —respondió el menor— sino que corro como una liebre, salto como un gamo y corto con mucha destreza.

—Todo eso es muy bueno, útil y provechoso —dijo el mayor—; porque habrá sacristán que le dé a vuesa merced el pan de la ofrenda por el salto de la liebre, o el correr del gamo; pero el cortar con destreza...

—Con una baraja —respondió el menor—, que sé de memoria; y con una baraja como nueva, sé hacer con ella lo que quiero, porque soy sobrino de la Méndez.

—¿Quién es la Méndez? —preguntó el mayor.

—Mujer honrada y de muy buena vida —respondió el menor—; y si bien me acuerdo, la oí decir que era pariente de unos que se llaman de la Méndez, que tienen en esta Andalucía un oficio muy honrado de sacar dineros; y si bien se me acuerda, la oí decir que venían a pagar el tributo de sus personas a la Santa Hermandad.

—¿Qué nombre tiene vuesa merced? —le preguntó el mayor.

—El Pedro del Rincón —respondió él—; y el del vuesa merced es...

—El Diego Cortado —respondió el mayor.

Y abrazáronse entrambos y comenzaron a caminar.

Así que se hallaron apartados de la venta, el Rincón dijo al Cortado:

—En lo que vuesa merced me ha referido hallo señales de que somos hermanos en la danza; y que si algo tiene de hechicero, yo le juro que también tengo su tanto y su cuanto de lo mesmo.

—¿Y de dónde es vuesa merced? —dijo el Cortado.

—Soy de Salamanca —respondió el Rincón—, hijo de un buldero; es decir, de un agente de bulas, y quiero decir que soy conocedor del oficio de buscar la vida.

—Pues a eso he salido yo —dijo el Cortado—, que soy de Pedroñeras, un pueblo que está en los campos de la Mancha, entre Belmonte y el Pedernoso, y llegué a Salamanca, adonde aprendí unas pocas de letras latinas, y habré dos años que salí del mesón donde posaba, con un tejero que se fue a Sevilla.

—Y yo —dijo el Rincón— son hijo del que yo he dicho, y aunque me quería poner en la doctrina, se me fue la doctrina y no aprendí sino a jugar con los naipes.

—Bien está —respondió el Cortado—; y para lo que vuesa merced me ha dicho, yo soy de parecer que nos juntemos ambos y nos enseñemos cada uno lo que sabe; que yo sé hacer, con una baraja, treinta y siete suertes de juego, y sé mover un naipe a tiempo que me dé lo que quiero, y esto es oficio de que se puede vivir.

—Pues así sea —dijo el Rincón—, y vamos a Sevilla, donde tomaremos algún asiento.

Comenzaron a caminar hacia Sevilla con no pequeño contento; pero el camino era largo y ellos no tenían con qué sustentarse. Mas no les faltó el ingenio para remediar la necesidad; porque el Cortado, que era tan discreto como ya se ha dicho, y el Rincón, que tampoco le iba en zaga, juntaron sus artimañas, y antes de llegar a Sevilla habían ganado lo suficiente para el camino y aun para otra cosa.

Al entrar en la ciudad de Sevilla, el Rincón preguntó a un muchacho que encontraron:

—¿Cómo se llama esta calle?

—Esta calle —respondió el muchacho— se llama la calle de la Sierpe.

—Y ese gran edificio que está allí —dijo el Cortado—, ¿qué es?

—Esa es la Casa de Contratación —respondió el muchacho.

Y ellos, sin detenerse en más averiguaciones, siguieron por la ciudad, admirando las grandezas de ella.

Detuviéronse al fin en la plaza de San Salvador, y en ella hallaron corrillos de mozos de silla, de los cuales supo Rincón que era aquel lugar cuasi ordinaria estación de moços de silla y de ladrones, y que el hombre de más fama entre todos los de aquel oficio era uno que se llamaba Monipodio, el cual tenía en su casa como encubierto refugio y escudo de todos los ladrones de Sevilla.

No tardó mucho cuando llegó a ellos un hombre vestido hasta la cintura de un gran sayo de terciopelo negro, con acuchillados que mostraban el forro de tafetán, con un cuello grande, una cadena de oro, una espada de más de marca, daga de lo mismo, y una sombrero muy negro y bien aderezado, con medias de seda negra y zapatos de lo mismo.

—Vuestras mercedes me digan —dijo el tal hombre— si son de la cofradía, para que seamos amigos.

—Somos —dijo el Rincón—, pero no conocemos la cofradía de que habla vuesa merced.

—Pues yo les llevaré —respondió el hombre— a quien los iniciará en todos los misterios de ella, que el señor Monipodio es quien los ha de recetar para que sean miembros de nuestra hermandad.

Y así los llevó a casa de Monipodio, que era un hombre de hasta cuarenta y cinco años, de estatura grande, de rostro moreno, cejijunto, barbinegro y espeso; los ojos, hundidos; iba vestido con una capa de bayeta parda, larga hasta los pies, y en los pies, unos zapatos enchancletados, anchos y abiertos; cubríanle las piernas unos zaragüelles de lienzo anchos y blancos; ceñía por encima del sayo una espadilla con guarnición de gamuza de la que dije que era ancha, la cual traía a espaldas, atravesada de manera que el pomo y la cruz salían por uno y otro lado; y la vaina quedaba libre de ellas.

Así que los vio Monipodio, dijo:

—Bienvenidos los amigos nuevos; ¿en qué puedo servir a vuestras mercedes?

—Venimos —dijo Rincón— a rendir la obediencia y a ofrecernos al servicio de vuesa merced en lo que fuere posible.

—Bien está —dijo Monipodio—; que yo os recibiré como hermanos y os pondré en el número de los nuestros, para que gocéis de todos los derechos y prerrogativas de la cofradía.

Y así los recibió en su casa, que era la de todos los de aquel oficio, donde había de contino más de veinte personas de entrambos sexos.

Pasaron aquella tarde y la noche siguiente en casa de Monipodio, donde Rincón y Cortado vieron y aprendieron muchas cosas del oficio, y también tuvieron tiempo para admirar la organización y método con que el señor Monipodio gobernaba su cofradía, que era como una república bien ordenada, con sus leyes y estatutos que todos guardaban con mucho cuidado y puntualidad.

Entre otras cosas, vieron que había un libro grande, en que estaban apuntadas las deudas y cuentas de todos los cofrades, con distinción de los géneros y clases de oficio que ejercían; y todo con tal distinción y claridad que parecía libro de mercader muy bien ordenado.

También vieron que en un rincón de la sala estaba un bulto de ropa vieja, entre la cual se hallaban varias cosas que los nuevos cofrades reconocieron como suyas, que se les habían quitado o que ellos mismos habían dado de su buen grado al entrar en la cofradía.

Y así, en aquellos días que estuvieron en casa de Monipodio, Rincón y Cortado aprendieron la lengua y los términos del oficio, que no eran pocos ni fáciles; y también aprendieron las señas con que se entendían entre sí los de aquella cofradía, y los modos de avisar cuando había peligro, y los de apartar la sospecha de los ministros de la justicia.

Y con esto acaba la novela de Rinconete y Cortadillo, uno de los ejemplos más celebrados de las Novelas Ejemplares de Miguel de Cervantes Saavedra, en que se mezclan el humor, la crítica social y la aguda observación de las costumbres del hampa sevillana del Siglo de Oro.