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© 2026 literatura.ar — Biblioteca Digital de Literatura Abierta

El casamiento de la Laucha

Roberto J. Payró

Bueno, pues, anduve de tienda en tienda
queriendo vender el poncho y sacar boleto
con la platita, pero sin suerte porque no encontraba
ningún aficionado.

—Esos ponchos no se usan por acá,—me
decía uno.

—Ya tengo demasiados ponchos—me decía otro.

—No compro ropa usada,—me gritó furioso
un tendero gallego que no tenía más
que clavos del tiempo de ñaupa.

Por fin un bolichero me dió por él cuatro nacionales,—y digo nacionales porque ya
habían cambiado la moneda corriente, tan
linda y tan rendidora.

El boleto de segunda de Campana á Buenos
Aires valía entonces alrededor de peso y
medio ó dos pesos, y no como ahora que
cobran cerca de cinco. Así es que yo estaba
bien, al fin y al cabo, gracias al ponchito catamarqueño...
Pero mi maldita suerte, que no
me va á dejar en la pucha vida, quiso que
mientras andaba entretenido en el cambalache
del poncho, el tren se mandara mudar
sin esperarme... ya ven, no tenía reloj, y aunque
tuviera no me iba á ir sin boleto y sin
plata.

Lo peor es que para ese tiempo no había
más que un tren al día, y me tuve que quedar
en Campana, y comer y dormir en un bodegón
y posada en que sabían parar los reseros
que llevaban hacienda para el saladero, que
después se hizo frigorífico. La historia me costó peso y medio, así es que me quedé tecleando. ¡Miren qué polaina!

A la noche anduve ronciando la mesa de
los reseros, que despuntaban el vicio al mus.
Los ojos se me iban, pero jugaban muy fuerte—cinco
pesos la caja... ¡Figúrense! yo no
iba á pedir media caja, está claro...Me quedé
con las ganas y me fui á dormir.

Al otro día me clavé en la estación media
hora antes que el tren... y no lo perdí esa vez.
Pero ¡vean si no me sobra razón para hablar
de mi suerte perra!. Bajé en una estación
para tomar una copa, y cuando acordé el tren
iba pita que te pita, á cinco cuadras!

No, no se me rían: no estaba ni alegrón
siquiera, aunque otro pasajero llevaba un frasco
de ginebra marca llave (que no es como la
de ahora) y de vez en cuando me convidara á
pegarle un beso... ¡Bueno, bueno! sea como
sea, el caso es que me quedé en la estación
Benavídez, que no tenía, ¡qué iba á tener! ni sombra de los pobladores que tiene hoy.
Volví bastante tristón á la pulpería de frente
al tren, donde había estado antes, y que era
un boliche con cuatro botellas locas, un queso
viejo del país, un pedazo de dulce de
membrillo amohosado, y media docena de
salchichones entre una pila de cajas de sardinas...

Me puse á conversar con el pulpero, y al
rato éramos amigotes. Lo convidé con una
copa—porque todavía me quedaban unos
centavos,—y cuando le hablé de lo pobre y
apurado que estaba, me dijo que por las chacras
de ahí cerca andaban necesitando peones
para el maíz y que era fácil que me conchabaran
si no era muy mulita y no me rendía de
estarme al sol el día en peso. Yo, la verdad,
no he nacido sino para trabajos de escritorio,
de esos de no hacer nada, sentadito á la sombra,—pero
la necesidad tiene cara de hereje,
y ese mismo día me conchabé con un chacarero que, del partido de las Conchas, donde
está la estación Benavídez, me llevó para el
Pilar, á recoger maíz.

¡Qué quieren! A los dos días ya no podía
más, charqueado por el sol, y trasijado por el
trabajo bruto. Le cobré los dos jornales al chacarero,
que me raboneó unos cuantos centavos
como buen gringo, me largué á Belén,
que estaba cerquita, á buscar otro acomodo
más conveniente, y ahí fué donde empezó el
baile... ó donde siguió, porque ya hacía rato
que había principiado...

No hice huesos viejos en Belén. Antes de
la semana ya me había ido sin rumbo, y seguí
de pueblo en pueblo y de chacra en
estancia, alejándome cada vez más de Buenos
Aires, como si en mi perra vida hubiera
pensado ver á los porteños. Válgale á la
suerte que juega con el hombre como el viento
con la paja voladora.

Una mañanita que estaba en una esquina,
muy lejos para el suroeste, matando el bicho
con una copa de caña paraguaya, me puse á
conversarle al patrón, porque yo era el único
marchante y él se aburría como yo, del otro
lado de la reja, medio echado de barriga sobre
el mostrador y con la cara muerta de
sueño entre las manos. Yo andaba otra vez
sin trabajo y con poquitos cobres en el bolsillo...
Es que no me puedo conformar con
que me manden, ni con echar los bofes como
una mula...

—¿Para dónde va ese camino?—le pregunté
entre otras cosas al pulpero, mostrándole
con la zurda—en la otra tenía el vaso,—una
huella que agarraba para el sur

—A Pago Chico. Esa huella sigue derechito
como unas seis leguas, y va á dar á la
misma estación del ferrocarril del Pago...

Yo había oído las mentas de ese partido,
y me entraron ganas de ir, por puro gusto: al
fin y al cabo, lo mismo era trabajar allí que
en cualquier otra parte, y el mismo gusto tiene
una copa de ginebra legítima. Pero como
no tenía caballo ni de donde sacarlo, y seis
leguas á pie son mucha música, le pregunté
al pulpero si no caería alguna carreta ó algún
carro que me llevara.

—No, amigo, me contestó:—esas huellas
son de las tropas que pasaban antes con lana
para Buenos Aires, pero desde hace un año
ya no andan, porque todo se lo lleva el tren.

—¡Caramba, amigo, qué lástima!

al ratito.—¡No me acordaba, hombre! Tiene
suerte, porque hoy mismo, y cuando más mañana,
va á venir la jardinera del almacén del
pueblo que trae surtido para todas las esquinas
del camino al Pago, y para mi casa también.

—¿Y de ahí?

—El repartidor lo llevará, si se le hace amigo.

—¡Oh y cómo no? Lo voy á esperar no más,
porque de veras que tengo muchas ganas de
conocer Pago Chico. Es un pueblo grande,
¿no?

—Bastante.

—¿Y tiene escritorios y tiendas?

—¡Ya lo creo!

—¡Magnífico!

Y me quedé tomando una que otra copita
con el pulpero que era un buen gallego acriollado,
hasta que á eso de la diez de la mañana, apareció sobre un albardón una manchita
negra que iba agrandándose despacio entre el
verde del campo.

—¿Ve eso?—me preguntó el pulpero.—¿Y sabe lo que es?

—¡Sí, la jardinera! La cuestión será que me
quiera llevar el almacenero...

—Por eso pierda cuidado, porque es un
muchacho bueno y servicial, y á más, si usted
sabe ganarle el lado de las casas, hará lo que
quiera con él...

Con esta seguridad, y aunque me quedara
tecleando la platita, le compré provisiones
para el viaje, salchichón, queso, galleta, cigarros,
fósforos, y... nada más... Aunque también
me parece que le pedí dos cuartas de
vino carlón...

Llegó el repartidor del almacén, y después
de unas cuantas copas y un poco de jarana,
no tuvo inconveniente en llevarme, como me
había dicho el pulpero.

El hombre era conversador, yo nunca he
sido manco, así es que la charla empezó en
cuanto salimos de la pulpería... eso sin contar el aperital de adentro.

Volvía de vacío, los caballos eran buenos,
obscurecía tarde, y de consiguiente podíamos
llegar ese mismo día á Pago Chico.
Le conté mi vida; él me contó la suya desde
que vino de España: siempre detrás del mostrador,
sin salir ni los días de su santo, hasta
que lo hicieron repartidor, y andaba como
bola sin manija, trotando en la jardinera y tardándose
dos y tres días para volver al Pago.
Cuando le hablé que buscaba conchabo, me
dijo:

—Si usted quiere trabajar sin deslomarse,
ya sé lo que le conviene. Lo dejaré á una legua
de Pago Chico, en la pulpería de doña
Carolina, que allí encontrará en qué pichulear
algo.

—¡Magnífico, amigo! Yo para todo estoy pronto, en tratándose de trabajar, y más cuando ya casi no me queda ni un centavo, como
ahora...

—Entonces, doña Carolina anda buscando
un dependiente que le convenga... Pero es
muy delicada, y una punta han tenido que
volverse sin que los tomase... Por eso ahora
ya nadie va. En fin: de todos modos, usted
encontrará trabajo, porque ahí cerquita está
el campo de los Torres, y siempre necesitan
peones.

Almorzamos, sin dejar el trote y galope; yo
pesqué un rato despertándome con los barquinazos;
volvimos á charlar, á fumar, á tomar unos
traguitos; por fin, á la tardecita llegamos
al destino de que hablaba el hombre,
y nos apeamos.

La casa era bastante grandecita, con negocio
de almacén, tienda, y un poco de ferretería.
Tenía también un despacho de bebidas,
con gran reja de fierro adelante del mostradorcito,
y sin mesas, ni bancos, ni menos sillas,
para que el paisanaje y el gringaje, no
teniendo en qué sentarse, se largara en cuantito
tomaba la tarde ó la mañana.

Entramos á la ramada, y del otro lado de
la reja se nos apareció una mujer de más de
treinta años,—después supe que tenía treinta y
cuatro,—bastante buena moza todavía, alta
muy blanca, de pelo negro y ojos obscuros

Cuando nos contestó las buenas tardes, conocí
que era italiana.

—Doña Carolina,—le dijo el repartidor—aquí
le traigo un forastero que anda medio
en desgracia, y como el hombre busca trabajo,
yo le he dicho que aquí puede ser que encuentre.
¿Qué le parece?

—Sí,—contestó la mujer, mirándome con
atención;— si se queda por acá, luego ó mañana
no más, han de venir del establecimiento
de Torres... Lo pueden conchabar...

—Y usted, doña Carolina, ¿por qué no lo
toma de dependiente? Es mozo vivo y capaz
de ayudarla.

—¡Oh, yo!—dijo la gringa suspirando,—ya
no pienso en eso. Se me ha ido la idea.

—No importa,—le dije,-me quedaré á esperar
á los de Torres. Y, de mientras, sírvanos
dos vasos de vino que sea bueno, que
estoy galgueando de sed, y este compañero
no le digo nada.

Tomamos el vino, que era bastante rico, y
el repartidor se despidió porque tenía apuro
de llegar al pueblo. Yo me quedé á la espera,
mirando la casa, para matar el tiempo. El
almacén estaba regularcito de surtido, con
muchas bebidas, latas de conservas en un
estante, salchichones y tocino colgados del
techo, queso y dulce de membrillo en una
vidriera, junto con masas de facturería, caramelos
largos, pan viejo y galleta.

Había también cosas de ferretería, frenos,
facones, cuchillos, tijeras de esquilar, hachas,
lebrillos y cacerolas y una punta de
chirimbolos más, pero del otro lado de la reja,
lo mismo que las cosas de tienda, bramante,
zaraza, coleta, ponchos, camisetas,
pañoletas, calzoncillos, chiripas, hilo, canutillo,
pañuelos de seda celestes y colorados, y
qué sé yo qué cosas más.

La casa era un galpón grande con techo
de fierro, y al fondo tenía un cuartito que me pareció el dormitorio de doña Carolina. Afuera,
á unas diez varas y como cuadrando la
especie de patio de tierra pisoteada, que
quedaba entre la ramada y el palenque, había
otro galpón más chico, pelado, sin otra
cosa que un fogón en el medio, hecho con
una llanta de carro, y lleno de ceniza: no había
cama, ni en qué sentarse, pero era la comodidad
de los forasteros que se quedaban
á dormir en el negocio. Eso no es nada para
cualquier hombre de campo, que arma cama
con el recado; pero yo, sin más que lo puesto,
ni una pilcha para abrigo, lo iba á pasar muy
mal si no llegaban á tiempo los de Torres...

Me llamó muchísimo la atención no ver á
nadie más que á doña Carolina, ni en las
casas, ni en el galpón, ni por ahí cerca. Los
animales que andaban en un pastizal medio
alambrado, eran cinco ó seis guachitos y un
overo rosado que, por la pinta, debía ser
viejón y manso y de la silla de doña Carolina.

Afuera de la ramada había colgado un
cuarto de carne, y una nube de moscas revoloteaban
al rededor, mientras que otras, paradas,
estaban acresándolo. Pero de balde
miré á todos lados á ver si había gente: no vi
á nadie.

—¿Cómo puede vivir esta pobre mujer, en
tanta soledad?—pensé.—Los perros no bastan
para cuidarla, porque cualquier malevo
los achura, y después á ella, y le roba hasta
la última hilacha... ¡Se necesita ser guapa!...
Sólo que la gente haya ido al pueblo...

Ya me empezaba a interesar la gringa, así
es que me volví á las casas y le pregunté:

—Perdone, misia Carolina; pero ¿usted está
sola aquí, en esta casa?

—Sí,—me contestó—no somos más que
yo, y un viejito que está ahí, en el bajo del
arroyo, cuidando los chanchos. Es el que me
ayuda un poco.

—¡Caramba, señora! ¿Y no tiene miedo de vivir tan retirada del pueblo, en esta soledad?
Porque el viejo poco ha de servir para compaña...

—¡Así es, el pobre ya está muy viejo... Y
aunque yo tengo una escopeta, y soy capaz
de usarla, á veces me da miedo... Por eso
pensaba tomar alguno para que me acompañara
y me ayudara á despachar... ¡pero, qué
quiere!...

Al decir esto, me miró muy seria, muy
atenta, y después se quedó callada.

—¿Y por qué no lo ha hecho?—le pregunté
por fin.

—¡Eh! ¡por qué! por qué... Porque los que
querían conchabarse no me convenían... y
como no puedo pagar más que quince pesos
al mes... Por ese sueldo hoy no se acomodan
nada más que los que no sirven, aunque se
les dé la casa y la comida...

Yo, entonces, medio serio, medio riéndome, le dije:

—¿Y yo también soy de los que no sirven?
-¡Oh!, ¡usted no!— mé contestó mirándome
á los ojos.

—¿Y entonces? ¿no le dijo mi amigo el repartidor?...

—Sí, son cosas que se dicen, y después...

—Pues mire, señora, lo que es yo, trabajaría
con usted, no digo por esa plata... hasta
por mucho menos... Estoy cansado de andar
rodando... Lo que tiene, que no traigo recomendaciones...
ni tengo en el Pago más conocido
que el repartidor...

Doña Carolina me volvió á mirar un rato,
sin abrir la boca, como para verme las intenciones
en la cara. Yo no soy un buen mozo,
ya lo sé, pero tengo algo, algo que me hace
simpático, sobre todo á las mujeres; ¿Se ríen?
¡Oh!... pues sí yo les contara... El caso es que
á doña Carolina le debí parecer buen muchacho,
porque en seguida me dijo:

—Si fuera sólo por eso de las recomendaciones, no importaría, porque usted no tiene
laya de ser mala persona, al contrario!... Pero,
¡qué ha de querer una colocación así, cuando
hasta de peón puede ganar dos ó tres
pesos diarios, cuando menos!

Le conté entonces que yo era más pueblero
que hombre de campo, y que no me gustaba
trabajar al viento y al sol, como tenía
que hacerlo para no morirme de hambre
desde que principié á andar en la mala y
perdí lo poco mío que tenía. Le dije que me
quitaron un empleíto en Buenos Aires, por
intrigas de un compañero traidor que me
quería sustituir; que después anduve por las
provincias del interior, corriendo tierras y
buscando la suerte, pero que todo me salió
mal hasta que tuve gue volverme con una
mano atrás y otra adelante. En fin, le hice
un cuento de los que no se empardan; y ella
me escuchaba con mucho interés y atencion:
hasta me parece que lagrimeó un poco...

En esto, entraron unos carreros á tomar la
copa y yo me salí para el patio.

Los carreros andaban apurados y se fueron
en seguida. Doña Carolina me chistó:

—Bueno—me dijo,—si quiere, quédese
aquí unos días para probar...

—¡Qué probar ni qué probar! Si me quedo
aquí, será para toda la vida!—dije entusiasmado.

—¡Quién sabe!... En fin, le pagaré por
ahora los quince pesos, y después... si los
negocios andan bien, veremos... Le daré un
poco de ropa, tiene la comida asegurada, y
puede dormir en el galpón, que yo le prestaré
unas jergas para blandura y un ponchito
para que se tape.

Ahí no más cepillé un gato de puro contento.

Cuando volví á salir al patio ya era casi
noche, y me encontré al viejo de los chanchos
que había vuelto al entrarse el sol. Estaba
pitando un cigarro negro, sentado en
una cabeza de vaca, á la puerta del galpón,
por la que se veían las llamaradas de una fogata
de leña y un humazo terrible que no
dejaba divisar las paredes.

—¿Tomando el fresco, paisano?—le pregunté,
para entrar en conversación.

—Ansina mesmo es, don—me contestó;—demientras
se calienta l'agua y medio si asa el churrasco. ¿Quiere dentrar y prenderle á
un verde?

—Con mucho gusto, amigo don...

—Cipriano, p'a servirlo,—añadió el viejo,
que se sacó el pucho negro de la boca, mirándolo
y remirándolo, como con pena de
que se acabara tan pronto.

Entramos en el galpón. Al lado del fuego,
que ardía con grandes llamas y chisporroteo
de leña verde, echando un humo espeso y
agrio que hacía lagrimear, hervía una inmensa
pava, negra de ollín; al lado estaba la
enorme yerbera cuadrada, de palo, mediada
de yerba parnanguá, entre la que se asentaba
el mate, una galleta muy bien retobada
con vejiga. Al calor de la llama, se iba asando
un pedazo de carne de la que vi colgada,
y ahí no más, cerquita, el porrón de la salmuera.
El viejo era amigo de su comodidad.
Entró la cabeza de vaca, yo me senté en otra,
y comenzamos á matear y á menearle taba.

—¿Y p'ande va, amigo? — me preguntó
don Cipriano, brindándome un amargo.—
Porque usted no es del Pago, ¿no?

—No; no soy del Pago, pero voy á ser—
le dije.

—¡Aja, está bueno! ¿Y ande piensa trabajar?...
si me permite la pregunta.

—Aquí mismo. Me quedo á ayudar á la
patrona.

—¡Bien haiga! Falta le hacía á la pobrecita,
dende que murió el finao, aura hará un año
p'a la yerra... La mujer no ha di andar sola,
dispués de haber tirao en yunta... Sólita, se
hace mañera, y no sirve ni p'a noria.

Al principio no entendí bien lo que me
quería decir el viejo, pero la agachada era
demasiado clara, para que al fin no cayese
en cuenta. Refregándome los ojos que me
ardían con el humo, le dije con retintín:

—¡Sola!... tan sola no vivía, desde que estaba con usted.

— Se mi hace que l'incomoda la humadera,
amigo, y que no ve lo maceta que mi
han puesto los años... Y cómo será cuando
tuavía no gastábamos más leña que la de
oveja, ni pitábamos más que naco ó cuerda,
y yo era viejón y duro de coyunturas!.. No
friegue pues, mocito.

Yo me eché á reir. El viejo, después de
estarse callado un rato, siguió con los cuentos
de la patrona.

—Dende que murió el finau, que Dios
tenga en gloria, doña Carolina anda como
pan que no se vende. A esa moza—porqu'es
moza tuavía,—le falta algo, está claro! Y la
verdá que anqu'es trabajadora y se levanta
al alba, la esquina suele ser de mucho trajín
p'a ella sola, pobrecita...

Chupó tranquilamente el mate, y después
siguió:

—Y es buenaza la patroncita... Cuando vivía
el finau, todo era mimos y comiditas...

Aura, rejunta cuanto guacho encuentra y los trata como á hijos... A mí, á su lau no me falta nada, y eso que soy un viejo deslomao que no vale ni una sé di agua... Y hace mucha caridá, y no hay rancho de pobre por ahí cerca, en que no la quieran como al pan bendito...

—Me alegro de tener una partona así,—le dije—de ese modo me voy á quedar aquí toda la vida.

Me miró con una risita fregona, y después de un rato agregó, mientras encendía un candil de sebo de carnero:

—¡Mire!.. usté, lo que debe hacer, mocito, es endilgarselé derecho no más, y ronciarla de lo lindo, pero sin faltarle, eso sí... Usté no me parece lerdo, más que para lo que sea cosa'e sudar, y ella, la pobre, necesita compaña... Oigalé á este viejo que no ha visto al ñudo tanta madrugada, y siga su mal consejo, que le ha d'ir bien... Y aura, vamos á tender el asador y á echarle la salmuera p'a qui
acabe de asarse al rescoldito... ¡Ya verá qué
charrusco! También ya no sirvo p'a otra
cosa.

Saqué el cuchillo y busqué donde afilarlo,
pensando en lo que me había dicho el viejo
ño Cipriano, que no dejó de interesarme mucho.
La verdad que allí podían acabar mis
penurias, sin hacer mal á nadie, y principiar
una vida tranquila y honrada, con una buena
mujer, unos pesos siempre listos en el bolsillo,
trabajo descansado y divertido, una copita
cuando se me antojara, comida abundante,
cama blanda...

—A naides ha querido conchabar de todos
los que han venido á ofrecerse,—dijo ño Cipriano.—Y
si lo ha tomau á usté, es porque
ya tiene más de la mita del camino andau.
Arriejesé sin miedo, mozo!

Le iba á contestar, cuando oí que doña
Carolina me llamaba desde la ramada:

—¡Eh! joven, eh! Venga aquí, haga el favor.

Todavía no le había dicho mi nombre.

Salí y fui á la ramada.

—¡No!,—gritó doña Carolina.—Entre nomás
por el patio, que los dos vamos á comer
aquí adentro, en esta mesa.

Había puesto un mantel limpito, dos cubiertos,
una pila de platos, pan con grasa,
queso fresco, una caja de sardinas abierta,
y un gran platazo de nueces y pasas.

—Aquí se come á lo pobre, y usté dispensará
porque no hay cómo hacer muchas cosas.

—¡No diga, señora!—le contesté.—Si viera
los gofios que he comido todo este tiempo,
y el maíz cocido de las provincias del norte,
no pensaría eso. Muchos días me lo he pasado
con una galleta y un traguito de aguardiente,
y otros, sin galleta...

—¡Pobre mozo!—dijo doña Carolina, que
se había puesto tristona, y medio lagrimeaba, como yo en el galpón con el humo—Pero
ahora, siempre tendrá lo más preciso, porque
aquí, gracias á Dios, nunca falta que comer...

Y aquella noche, al menos, era verdad,
porque comimos sopa de fideos, las sardinas,
una ensalada de carne, asado, el queso, las
pasas y nueces, y qué sé yo, hasta que tuve
que decir que no quería más, al servirme la
segunda botella del vino que habíamos probado
con el repartidor...

¿A qué contarles la conversación, mientras
cenamos, ni lo alegre que me acosté, ni lo
bien que dormí esa noche en un montón de
bajeras y cueros de carnero bien lavados y
blandísimos... y hasta con sábanas!!

Me levanté al alba, agarré una escoba y
me puse á barrer la ramada y el corredor de
la casa, porque misia Carolina todavía estaba
durmiendo encerrada adentro.

De repente se me apareció, me quitó la
escoba de las manos, como si estuviese muy
enojada, y me dijo:

—¡No quiero que haga eso! Más bien entre
al negocio; arrégleme las bebidas y después...
¿Sabe escribir?

—¡Cómo no, señora! y tengo bastante linda letra.

—Bueno, me alegro. Entonces, me va á
poner en limpio la libreta de cuentas.

—¡Perfectamente, señora: yo haré todo lo
que me mande! Pero tampoco me incomoda
lo de barrer, así es que si usted quiere, puedo
hacer las tres cosas, porque las mañanas
son muy largas todavía.

—¡No, no! Vaya al negocio nomás; yo le
iré á ayudar en seguida.

¿Eh? ¿qué tal? ¿qué me dicen? Me parece
que los primeros golpes estaban bien dados, ¿eh?

Entré al almacén, tomé mi mañana, más
abundante y mejor que de costumbre, y me
puse á arreglar las botellas, que en su mayor
parte eran falsificadas en la licorería de Pago
Chico y unas misturas asquerosas. Al ver
esto, se me ocurrió una invención que debía
dar muy buenos resultados. Cuando acabé
con las botellas busqué una libreta nueva, y
principié á copiar la vieja toda ajada y mugrienta de tanto manoseo, llena de garabatos
y rayas y borrones. Escribí que era un primor,
y ya estaba acabando cuando entró
misia Carolina, que se quedó embobada al
ver mi trabajo y me miró con admiración,
casi con susto de que me le fuera á ir. Para
admirada todavía más, le dije sobre el pucho;

—¿Sabe, señora, lo que se me ha ocurrido?
Que, como yo sé fabricar coñac, hacer dos
cuarterolas de vino de una sola, falsificar el
bíter, el ajenjo, el anís, y todo lo demás, lo
mismo que misturar la yerba buena con la
mala sin que se conozca—podemos hacer
aquí todas esas cosas. Usté ganaría muchísimo
más que ahora, que está regalando la
platita al licorero falsificador de Pago Chico.

Misia Carolina abrió tamaños ojos, se rió
un poquito, pero no consintió en seguida.

—¡Eso es tan difícil! ¡sé necesitan tantas
cosas!

—No crea, señora, con poco se hace.

—No importa, por ahora no; después veremos. ¡Hay tiempo!

Pero yo ya le había ganado la voluntad y
medio se me recostó en el hombro, para volver á ver
la primorosa libreta.

Tan bien iban las cosas, que esa mañana
el almuerzo fué mejor todavía que la cena
de la noche antes, porque, además de puchero,
hubo gallina con arroz, tortilla, mazamorra
con leche y dulce de membrillo. La
patrona echaba el resto ó poco menos.

Entonces principié la vida gorda, las grandes
charlas y beberaje con los marchantes,
las jugadas al mus, al truco y á la taba, las
payadas y guitarreos, los viajes de todo un
día, hasta el Pago, en el overo maceta.

—Diviértase, diviértase nomás,—decía misia
Carolina,—que para eso es joven; y
mientras no me falte al trabajo...

La verdad es que la gringa no hablaba del

no le hace. Al fin yo me divertía y gozaba
sin tener que pensar en nada. ¿Qué importa
la habla entonces? Yo también suelo ser fino
cuando quiero—¡oh! ¿y de no?—pero me
gusta que todos me entiendan...

Bueno, pues: como las cosas iban tan bien,
me le animé á la gringa. Ya hacía tiempo
que la andaba pastoreando para eso, pero no
hallaba cómo principiar la declaración y me
daba miedo de pegar una rodada... En fin,
aquella tardecita me dije: "Amigo Laucha,"
(Yo también me he acostumbrado á lo de
Laucha). "Amigo Laucha, lo que es de esta
hecha, que no se te escape". Y así fué nomás...

Cuando ya estábamos acabando de comer,
le busqué la vuelta y le dije:

—Conque desde que enviudó, misia Carolina,
ha estado sólita... sólita y su alma?

Le hablé con la voz tembleque y mirándola
medio al soslayo.

—¡Hace más de un año!—y suspiró la
gringa.

Yo aproveché la bolada:

—¡Que lástima, tan joven!—y en seguida
le soplé, más despacito:—¡Y tan hermosa!

A la verdad, doña Carolina no tenía entonces
nada de fea, y era grande y gorda,
como á mí me gustan, puede ser por lo que
soy así flacón y bajito.

—¡Qué quiere! ¡así son las cosas de la vida!—dijo
suspirando otra vez, y como si no
hubiese oído el piropo.—Y sola y mi alma me
he de morir, porque ¿quién me va á querer
á mí, vieja y fea como soy?...

La gringa había esperado para retrucarme
el cumplimiento, pero con toda baquía me
dejaba un juego lindazo para mis intenciones...
y las de ella.

—¡Señora!—le contesté, sobre el pucho y
muy estirado,—usted está en una posícion
mejor que la mía, que si no, y perdone el atrevimiento,—yo me comprometería á hacerla
feliz,—y que se olvidara del finadito. Y
¿sabe por qué?... porque á gatas la vi, me fué
muy simpática, y hoy ya la quiero de alma...

Doña Carolina se agachó al plato, como
para seguir comiendo—pero no comió,—y al
rato me dijo despacio, como con miedo de
que le hiciera caso á lo que me decía:

—No hablemos más de esas cosas.

Yo me quedé callado, porque no había
para qué estirar mucho la prima, y era mejor
pasar por corto de genio... Ella fué la que
habló primero, mientras estaba sirviendo el
postre:

—Cuénteme algo de lo suyo,... de su vida
—me dijo.—Ya sabe que me gusta mucho
oirlo hablar.

—¡Mi vida ha sido tan triste hasta ahora,
misia Carolina!... Puras penas no más... He
sufrido mucho y no quisiera molestarla con
mis recuerdos...

—Bueno,—contestó, medio afligida.—No
quiero que se vuelva á entristecer.—Y entusiasmándose,
siguió:—Ya no ha de pasar más
penurias, porque no va á estar toda la vida
conmigo como un dependiente... Usté es trabajador,
aunque le gusta divertirse á veces...
Lo voy á hacer entrar como socio: ya sabe
que en este boliche se gana platita. ¡Ya ve que
todas las noches saco treinta ó treinta y cinco
pesos del cajón, y hay, también, que contar
los fiados y las libretas... Pero, si usté mismo
hace las bebidas, que son lo más caro, tenemos
que ganar mucho más.

—¡Así es, señora!—le dije con los ojos
como patacón.

—Digamé entonces lo que necesita,—siguió
ella,—y yo le daré la plata, para que se
vaya á Chivilcoy, ó al mismo Buenos Aires,
si es mejor, y se traiga todo...

—¡Mire, doña Carolina, me hace llorar de
buena que es! ¡y créame, que no favorece á
un desagradecido!

E hice la farsa de limpiarme los ojos con
un pañuelo de seda celeste,—¡ah criollo!—que
ella me había regalado en los primeros
días y que tenía limpito y muy planchado.
Después seguí:

—¡Bueno, señora! me iré mañana mismo, si
le parece, y con doscientos pesos haré el viaje
y compraré las cosas y las misturas que me
hacen falta. Y en un año, no habrá que
comprarle al indino del licorero más que la
soda y la cerveza...

—¡Está bueno! mañana mismo irá.

Pensé acercármele al ver que le brillaban
los ojos, pero en seguida me pareció que
quién sabe si no corcoveaba...

Yo al fin, soy un poco corto de genio...
aunque no tanto!...

Esa noche quedó arreglado y convenido
todo lo de la fabricación, y en buen camino
las otras cosas, que por lo visto no le habían
disgustado mucho a la gringa. ¡Ah! ¡me olvidaba!
también me dijo:

—Usté no tiene capital, y aquí en el boliche
hay un capitalito de unos pocos miles
de pesos. Pero haremos cuenta que la mita
es de usté, para no andar con embrollos.

Yo me largué contentísimo al galpón, donde
tenía mi cama, pero aunque era blandita,
casi me pasé toda la noche revolviéndome,
sin poder pegar los ojos.

Pues en cuantito principió á clarear, ya estaba
con los huesos de punta y con todo
aprontado para el viaje...

Tomé unos cimarrones con ño Cipriano,
que dormía en la otra punta del galpón sobre
unas pilchas viejas, y con quien nos habíamos
hecho amigazos. Cuando le conté lo de
la sociedad y el viaje, bailando de gusto, me
dijo muy serio:

—Tenga mucho cuidau, paisano, con lo qui
hac'en la ciudá; no vay'á dejar qu'el asau si
arda antes de qu'esté en su punto. Usté va
lejos, pero más lejos van las mujeres... De
puro desconfiadas y ladinas, cuand'uno va,
ya están de güelta. No se me descuide, y
se me quede di á pié cuando ya está estríbando!

Me hice el desentendido y me reí, brindándolé
el mate que cebábamos una vez cada
uno, á lo resero. Después me levanté para
irme.

—Bueno, hasta la vuelta, amigo don Cipriano.

—Que le vaya bien y hasta la güelta mozo:
no se tarde, que el güay lerdo... ya sabe...

Me fui á despedir de la gringa que me dió
tres ó cuatro sacudones de manos, con los
ojos aguachentos, monté el sotreta overo
que ya había ensillado, y con su galope de
ratón seguí hasta un almacén de al lado de
la estación de Pago Chico. Ahí dejé el mancarrón,
muy recomendado, y me entretuve
tomando unas cañitas, porque todavía faltaba
rato para el tren...

En Buenos Aires compré etiquetas con todos
los nombres y todas las marcas de las bebidas,
corchos, lacre, cápsulas de lata, esencias
de todo, y unas damajuanas de aguardiente
muy fuerte, que es lo principal para los
licores. No me olvidé tampoco de los polvitos
de anilina para dar color, ni de una punta yerbas y palos de droguería que necesitaba.
Compré también por s¡ acaso un «Manual
del Licorista» y sin perder tiempo, acordándome
del buen consejo de ño Cipriano,
me volví á Pago Chico, y enderecé en seguida
para la esquina «La Polvadera», como le
sabían decir á la casa de negocio.

No se me da la gana decirles, cómo me recibió
doña Carolina, pero les aseguro que no
fué mal... ¡No! ¡lo que es eso no! hasta ahí
no llegaba la broma todavía...

Bueno, pues, al otro día mismo, ya me puse
á hacer mis menjunjes, y de ahí salió anís,
coñac, ginebra, guindado, hasta vermouth; rebajé
todo el vino que había (dejando unas
damajuanas aparte para nuestro uso) le eché
mucho aguardiente, un poco de anlina, y de
cada cuarterola alcancé á hacer más de dos,
como se lo había prometido á mi gringa. Y
todavía me acuerdo que, entusiasmado con
el trabajo, hasta inventé licores, ó más bien dicho, el color, y así hice caña de duraznos
azul, ginebra amarilla como de oro, bitter de
naranjas, verde y colorado, y un licorcito muy
dulce de vainilla, color violeta claro, que los
reseros sabían llevarie á la novia de regalo,
por lo rico, y sobre todo por lo lindo que era.

La cosa resultó magnífica, y á los marchantes
les gustaban más algunas bebidas hechas
por mí, que las legítimas—puede ser que
porque eran más fuertes.—Y decían al pedirlas:

—¡Eh, mozo! una caña... de la que toma
el patrón, eh!

Carolina estaba muerta de contenta y un
día me dijo:

—Usté tiene unas manos de ángel (decía
anquel) y estamos ganando mucha plata. Y...
¿quiere que le diga? Lo que yo necesitaba era
un joven (coven) como usté... Y ahora que lo
conozco bien... ya le puedo prometer que...
que vamos á ser felices en todo sentido...

Yo no había vuelto á hablarle del asunto
serio, pero en todo aquel tiempo, la miraba
con ojos de carnero degollado, rondándola y
pensando: «¡Ya has de caer! ¡ya has de
caer, mi vida!» seguro de que no se me iba
á escapar. Y todavía haciéndome el sonso, le
salí con esta agachada:

—¿Qué quiere decirme, señora, con felices en todo sentido?

La gringa se desentendió, contestándome
colorada:

—Conversaremos esta noche, después de
cerrar el negocio... Entonces le diré la contestación...

Yo hubiera bailado en una pata, de puro
contento.

Y efectivamente... Cuando acabamos de
comer, cerré la puerta de la ramada—que se
cerraba por afuera,—entré al negocio por la
del patio, y me encontré á Carolina que me
estaba esperando.

—Ahora puede decirme—principié despacito,
para quitarle los últimos recelos.

Pero ya no había necesidad de tantas
historias.

—Bueno, conversemos,—dijo muy seria.
—Pero antes digamé la verdad... ¿Usted se
casaría conmigo?...

Le iba a contestar, pero no me dejó.

-Soy un poco vieja y fea—siguió con una
especie de coqueteo que hoy me da risa—pero
lo quiero mucho, y como le dije hoy,
podemos ser felices en todo sentido... La cosa
es, que hay que casarse, si no, ninte!

Yo nunca había pensado en semejante
cosa, pero comprendí que la gringa no iba á
aflojar ni por un queso, y conseguí ponerle
buena cara.

—¡Oh, misia Carolina! Nunca creí otra cosa,
y casarme con usted será mi felicidá—le
dije.

Se rió muy contenta, y me dió la mano que me apretó mucho, con los ojos medio
llorosos.

—¡Bueno, bueno!—siguió.—Entonces
yo le daré lo que quiera, y si no tiene inconveniente,
mañana mismo se va á Pago Chico,
á comprar todo lo que haga falta para casarnos
en cuanto pasen las amonestaciones...

Y como para ensartarme más de lo que
estaba, me dijo que el negocio no era más
que una parte de su fortunita, porque tenía
un campito ahí cerca, arrendado á unos vascos,
unos pesitos puestos en Buenos Aires,
en el Banco de Italia, y algunas cositas más
que yo vería después.

—¡Aunque no tuviera en qué caerse muerta,
misia Carolina!—le dije contentísimo—
¡Sería lo mismo para mí, y me casaría con
usté inmediatamente!... ¡Sí! Mañana mismo
me voy al Pago, á hacer las compras, á ver al

casar como un zaparrastroso.

Y agarrándola por la cintura, como para
bailar, le grité:

—¡Ya verás, m'hijita, qué felices vamos á
ser!...

Pero aunque el negocio me conviniera
mucho, yo no dejaba de tener un poco
de vergüenza, por las relaciones y la familia,
que no iban á dejar de saber mi casamiento,
porque al fin y al cabo yo no soy
un cualquiera, aunque anduviese más pobre
que las ratas... ¡Y se me ocurrió una idea
macanuda!

—Mira, hijita—le dije sobre el pucho:—como
vos sos viuda y yo soy un poquito más
joven, como no tengo un real ni para remedio,
afuera de lo que vos me das,—será mejor
que tratemos de no dar que hablar á las
lenguas largas: ya sabes lo mala y enredadora
que es la gente, sobre todo en Pago Chico. Casémonos, pero sin fiesta, que para
fiesta bastante somos los dos...

—¿Y de ahí?—me preguntó medio alarmada.

—¡Mira! Arreglamos con el cura Papagna
la dispensa de las amonestaciones; viene
aquí mismo, nos casa, con algún vecino, ó el
mismo ño Cipriano, y una amiga de confianza,
de padrinos, y después, cuando todo el
mundo sepa y se haya acostumbrado, si se
nos antoja, podemos dar cuanta farra se nos
dé la gana, sin que nadie se ría de nosotros,
ni ande con habladurías, ni levantadas...

—¡Hace lo que queras!—me dijo por fin
la grínga, que estaba más contenta que cuzco
recién desatado.—Con tal de que nos case el
cura, y nos eche la bendición adelante de los
padrinos, á mí no me importa nada. ¡Hacé lo
que querás!...

¡Pues, señor! Echo en saco roto una punta
de menudencias para contarles lo del cura,
que es realmente divertido, como que á mí
mismo me dejó pasmado, y medio sonso,
aunque haya visto tantas cosas raras en la
vida.

Este cura, que era un napolitano cerrado
de lo que no hay, hacía poco que estaba en
el Pago, pero por las mentas ya se había
puesto riquísimo y pensaba irse pronto á su
tierra. ¡Rico! Díganme, háganme el favor,
cómo puede ponerse rico un cura, en un pueblo de campo, aunque le lluevan las limosnas
y le goteen las velas para los santos, y
haga como el sacristán de Nuestra Señora de
la Estrella: ¿«la mita p'a mí, la mita p'a ella?»
Yo no creía, ni muchos creían tampoco, que
el cura Papagna estuviese regularón siquiera;
pero es que era un verdadero pillo, un gran
canalla, un fraile como no he visto otro en
todas mis recorridas por esta tierra, en que
he hallado unos muy buenos, otros regular
no más, y otros muy malos... ¡No, lo que es
como aquél!...

El cura Papagna era bajito, gordinflón,
muy narigueta, bastante canoso, con unas
manos peludas y como patas de carancho,
pero más gruesas, natural! Andaba siempre
con la sotana perdida de lamparones, y la
barba sin afeitar de muchos días, así es que
parecía—y era—un sucio! Yo no sé si han
notado que hay gente que se diría que no
se afeita nunca; pero entonces ¿cómo es que siempre tienen cortos los pelitos de la
barba?...

Bueno, pues, cuando salía al campo, á casar
y á bautizar, iba en un bayo tan peludo y
tan sucio como él. Por el pueblo poco se le
veía, sino en la misma iglesia y á la hora de la
misa, ó cuando había rosario, novenas, ó qué
sé yo. Según decían los comerciantes del
Pago, nunca gastaba un cobre, y hasta vendía
las gallinitas y pollitos que le llevaban de
regalo las beatas. Siempre andaba llorando
miseria aunque el cuerpo le destilara grasa
por todos lados. ¡Corrían unos cuentos de
él!... Muchos vecinos se habían quejado varias
veces al arzobispo, no me acuerdo bien
por qué, pero el arzobispo se hizo la chancha
renga, y el cura Papagna siguió tan suelto de
cuerpo en la parroquia, casando, bautizando,
diciendo misa y predicando... ¡Vieran los sermones!...
Era cosa de perecer de risa. No se
oían más que las mentas de las barbaridades y bolazos que largaba medio en napolitano,
porque ni el italiano sabía bien. Cuando fuí
á hablar con él, estaba en la sacristía, sentado
cerca de una mesa mugrienta, con las manos
cruzadas sobre la barriga, redonda como un
tremendo queso de bola.

—Qué vulite?—me preguntó.

— Yo, señor cura... venía... venía porque
me voy á casar....

—Va bene! va bene! Songo diechi nachonale...
E un qui se ne casa?... Bisoña paga
andichipate pei publicazione... amonestazione...
A mushash é de cá?... ¡Eh!... vedite!...
diechi nachonale é poca roba!

—Espere un poco, señor cura!... Es que
yo quisiera la ¿cómo se dice? ¡ah! ¡sí! la despensa
de las amonestaciones....

—Allora so tranta!

—Y que nos casara en casa de la novia....

—Allora so sesanta... Un pozo fá de meno.

—¡Oh! por eso no importa, señor cura: se le pagarán los sesenta pesos... Pero, ¿y cuándo
nos podrá casar?

—Cuanne vulite... ¿E qui é á compromesa?

—La qué, dice?

—La mushás...

—¡Ah! ¡Sí! Doña Carolina, la viuda, ¿sabe?
la de la pulpería de la Polvadera...

—Va bene, va bene.

Y el cura se quedó un rato callado, como
pensando. Después, medio riéndose, se levantó
de la silla, se me acercó, y agarrándome
la solapa de la chapona, me dijo despacito,
como para que nadie lo pudiese oir...

¡Ah! Como me parece que alguno de ustedes
no entiende el nápoli, lo voy á hacer hablar
en castilla.

—¿Pero usté quiere casarse de veras?...
¿en el libro de la parroquia?—me dijo.

Al principio no le entendí lo que quería
decirme y lo miré azorado.

—¿Por qué me dice eso?—le pregunté
por fin.

—¿Eh?—me contestó el muy sinvergüenza.—Porque
hay algunos que quieren casarse,
sí, pero que no les pongan el casamiento en
el libro... Entonces, yo les hago un certificado
en un papel suelto, y se lo doy para que
lo guarden. Entonces... ¿pero no va á decir
nada, eh?

—¡Qué esperanzas, padre!

—¿De veras?

—¡Mire: por éstas!

—Entonces, si la mujer es buena, ellos lo
guardan; pero si no es buena, lo rompen y se
mandan mudar si quieren, y la mujer no puede
hacer nada, eh!... Yo tengo permiso para
casar así, pero nadie tiene que saberlo, porque
es un secreto de la iglesia... y también es mucho
más caro que el otro casamiento...

¡Qué iba á tener permiso el cura picarón!
Era una historia que había inventado para far l' América, y llenar pronto el bolsillo aunque
se fuera al infierno derechito,—tantas ganas
tenía de volverse á su tierra á comer pulenta
y macarrones.

Pero, después de un rato... la verdá... pensé
que no sería malo casarse así, como él decía,
aunque nunca, ni menos entonces, se me
había pasado por la cabeza engañar á la gringa,
tan buena y tan cariñosa... El diablo del
cura me tentó, yo no tenía la culpa, al fin y al
cabo, y como lo que era por plata no había
que echarse atrás, porque Carolina tenía bastante,
pisé el palito, me pareció que esa era
una gran seguridad para mí, y le dije al cura:

—¿Y cuánto sería el gasto de ese modo,
padre Papagna?

—Trechento pesi.
—¿No puede algo menos?—le pregunté,
porque para rebajar siempre hay tiempo.

—Ni un chentavo!... Y además, usté me va
jurar, por el santo Dios y la santísima Virgen, que no le va á decir nada á nadie, de mientras
yo esté en cuest' América!...

—¡Qué quiere, padre! No puedo darle
tanto... Y ni le pago, ni juro,—añadí, para
obligarlo á rebajar.

Él medio se me asustó, y palmeándome el
hombro, comenzó á ver si me amansaba. Pero
no aflojé, ni él tampoco, y así estuvimos
un rato largo regateando. ¡Miren qué negocio
para regatear! ¡Hoy mismo me estoy haciendo
cruces!... En fin, cuando me dejó la cosa
en ciento cincuenta pesos, le dije:

—Bueno, le pagaré y juraré,—pegándole
una palmadita en la panza, porque ya le había
perdido el respeto. ¡Y de no!

Saqué el rollo que me había dado Carolina
y me puse á contar. ¡Le vieran los ojos al
fraile! ¡Parecía que se quería tragar la plata!

Cuando le dí los ciento cincuenta, los agarró
con sus uñas de carancho, de medio luto
por la mugre, los contó él también, y los volvio á contar. Se alzó la sotana y se los metió
bien al fondo del bolsillo del pantalón que tenía
abajo, como para que no se le escapasen.

¡Y qué agarrado! Mientras estaba guardándolos,
temblaba todo, como si fuera perlático.
¡Nunca he visto cosa igual!... Después
se sosegó un poco y me dijo:

—Bueno, ahora vamos á jurar.

Me llevó á la iglesia por la puerta de la sacristía,
me hizo hincar enfrente del altar mayor,
y con mucha seriedad, principió:

—¿Jura por Dios y por el Santísimo Sacramento
y por la Santa Virgen, no decir nunca
á nadie cómo lo he casado, mientras yo
esté en Pago Chico y en América?

—¡Sí, juro!—contesté fuerte.

—¡Ponga la mano sobre este libro, que
es el Evangelio, y de esta cruz, y jure otra
vez!... Y si falta al juramento, los diablos lo
perseguirán en esta vida, y lo harán arder en
la otra!...

Puse la mano como él decía, y volví á jurar.

—¡Bueno! ahora levántese, dígame cuándo
quiere casarse, y se puede ir no más.

—Hoy es jueves. El lunes á la noche, ¿no
le parece?

—Benissimo! á la nove, no?

—Muy bien;... y ¿no tenemos que confesarnos?

—Eh! qué confesarnos, ni confesarnos!...
¡para esta clase de casamiento no se prechisa!...

Figúrense lo contento que me iría á comprar
los muebles, aunque hubiesen mermado
tanto los pesitos que me dio la gringa Carolina.
Los gasté todos y todavía quedé debiendo
á nombre de la gringa, para pagar á los
dos ó tres meses; el mueblero no tuvo inconveniente
en fiarme, porque ya se sabía en el
Pago que yo era socio de la pulpería y algunos
me la achacaban de querida á la gringa.
¡La gente es tan mala!.....

¡Bueno, pues! nos casamos el lunes que
habíamos dicho con el cura, y salieron de padrinos el viejo ño Cipriano, y una parda
medio adivina que vivía en un ranchito cerca
del negocio, y siempre andaba descalza y de
pañuelo colorado en la cabeza.

Carolina se había encajado un gran traje
de seda negra, con pollera de volados y bata
de cadera, y se había puesto una manteleta
en la cabeza, que le pasaba por detrás de las
orejas y se ataba debajo de la barba, unas
caravanas larguísimas de oro que le zangoloteaban
á los lados de la cara redonda y colorada,
y un tremendo medallón con el retrato
del finadito, de medio cuerpo. Después se
puso el mío...

El cura, que fué en su bayo peludo, sin
sacristán ni nada, nos echó sus jerigonzas,
en dos minutos, hizo firmar la partida de casamiento,
la firmó él también, salió al patio
conmigo, me dio el papel sin que nadie lo
viera, montó el sotreta, y se largó al trotecito
para el pueblo, gritando:

No se quedó á comer como lo había invitado
Carolina—y eso que era un gran tragaldabas,
—seguramente porque en el Pago no
se fuera á maliciar la cosa del casorio falluto.

Pero se llevó un pollo asado, una botella
de Chianti y otras cositas más...

Carolina, que se pintaba sola para esas
cosas, había hecho una cenita de regular
arriba,—y los cuatro,—yo, ella, ño Cipriano
y la parda,—nos sentamos á comer y á chupar
en grande. ¡No, si era chacota!.... El
viejo se le prendió al vino como guacho hambriento
á leche recién ordeñada. La parda, del
consiguiente. Carolina se puso medio alegrona,
y yo... ¡no les digo nada!... A los postres
ño Cipriano, para rematar la fiesta se le
prendió á la caña de durazno y soltando refranes
y dando consejos, se mamó tan fiero,
que tuvimos que llevarlo al galpón entre
los tres!...

—¡Cosas de la vida! ¡Cosas de la vida!—decía la parda, trastavillando, lagrimeando y babosa con la tranca.

Al rato se enloqueció del todo, y como ni podía estarse parada, se tuvo que quedar aquella noche. Al otro día le dijo á Carolina que había soñado que un ángel bajaba del cielo para venir á bendecida á ella y á mí, y que esa era seña segura de que íbamos á ser lo más felices. Que también soñó que le regalaban unas gallinitas, y un corte de vestido... ¡Miren la parda ladina!...

La gringa de puro contenta, porque yo no le había mezquinado aquella noche,—y si no ¡juéguenle risa no más! ¡después de andar galgueando tanto tiempo!—le regaló efectivamente las gallinas y el generito y hasta me parece que un par de pesos de yapa, con lo que la parda se fué contentísima, blanqueándole los dientes y relampagueándole los ojos.

Yo la atajé cerca del palenque, para pedirle que no fuera á decir nada del casamiento,
que tenía que ser cosa muy secreta.

—¿Y á quién l'he d'ecir?—me contestó,—
si pronto vo á dirme del pago!...

Y era verdad, porque á los dos meses
se fué.

Pero ¡miren lo que son las cosas! Habíamos
empezado tan bien cuando ¡zás-trás!
no faltó quien viniera á descomponer el
baile! En esta vida no hay fiesta completa.

Ño Cipriano, que dejamos tumbado en el
galpón, no aparecía aunque el sol ya estuviese
alto. Al principio no nos fijamos, pero
Carolina me preguntó de repente:

—¿Che, lo has visto al viejo?

—No, ¿y vos?—le contesté.

—Yo tampoco.

—Se habrá ido p'al arroyo con los chanchos.

—¿Que no ves los chanchos encerrados en el chiquero? ¡quién sabe si no le ha pasado
algo!...

—Estará durmiendo la mona; pero, no le
hace, vamos á ver.

Fuimos al galpón ¡y qué les cuento! nos
encontramos al viejo ño Cipriano tendido
panza arriba, todo como acalambrado, con
la cara color violeta, y frío, helado. Carolina,
asustada, comenzó á darle fletaciones, pero
¡qué caray! al divino botón: el pobre viejo
con la mamúa, había cantado para el carnero.
La gringa se me puso á llorar como una
Magdalena.

—Pero ¿qué te da, hjjita, para llorar de
ese modo?—le pregunté.

—Es que... es que ño Cipriano era tan
bueno! Y además...

—¿Además, qué?

—¡Que me parece que tenemos que ser muy
desgraciados! ¡Miren qué casamiento, con
un difunto en la casa, desde el primer día!...

—¡Bah! ¡no seas pava!—le dije, enojado.—
¡Ño Cipriano estaba muy viejo, y cualquier
día tenía que estirar la pata!... ¡Eso no quiere
decir nada; ya sabes... muertos no hablan!...
¡Y, fuera de eso, acordate de lo del ángel y
no llores, sonsa!

Medio se calmó con lo que le dije, pero ya
quedó sentida para siempre, y asustadiza y
tristona. ¡Así son las mujeres, compañeros:
llenas de agüerías!

Yo tuve que costearme al pueblo, á avisar á
la autoridad. A la tarde se presentaron el comisario
Barraba, el doctor Carbonero, que
era médico de policía, y dos milicos. Después
de mucho registrar y molernos á preguntas,
de cómo había sido, y cómo no, se
llevaron á ño Cipriano en un carrito, para
abririo y ver de qué espichó, y me quedé solo
con Carolina, todavía más triste y asustada.

—¡Lo van á achurar al pobre!... ¡Qué desgracia!...
Maledetta sorte!

Y volvió á llorar á sollozos.

—¡Miren, la mujer tan grande y tan pazguata!...
Déjese de llanto misia Carolina, que
eso es de criaturas,—le dije en broma.—¡Para
lo que va á sufrir ño Cipriano con que le
anden adentro á estas horas! ¡Vaya! vamos á
tratar de divertirnos un poco. Los muertos
no quieren andar estorbando á los vivos,
sino que los dejen quietos. Récele si gusta,
pero ahora vamos á ver si comemos, y
bien!

¿No les parece natural? ¡Natural!

Carolina se sosegó un poco, fué á cocinar,
comimos después de cerrar la pulpería, yo
traté de alegrarla con una punta de dichos y
hasta milongas, y tempranito no más nos
acostamos... Desde el otro día, principió la
vidorria y la farra, después de enterrar á ño
Cipriano que resultó bien muerto y sin culpa
de nadie.

Los amigos—y ya tenía una punta—caían como moscas á La Polvadera y yo los obsequiaba
lo mejor que podía.

Carolina se pasaba la vida con las ollas y
acomodando la casa. Nosotros, para matar
el tiempo, y menudeándole á las copas, armábamos
jugarretas de truco y taba; después
hicimos riñas de gallos, y hasta dimos
bailongos en el patio, entre el palenque y la
ramada.

En la taba y las riñas, el comisario—que me
había dado permiso, aunque el juego estuviera
prohibido en toda la provincia,—no se
llevaba más que la mitad de la coima, así es
que todo me hubiera salido perfectamente, si
no me da la loca por jugar fuerte á mí también.

Como siempre perdía, Carolina principió á
rezongar.

—¡Ya decía yo, cuando encontramos al
pobre ño Cipriano, que eso había de traer
desgracia! ¡Ya todo empieza á andar mal!
¡Oh, Madona, Madona mía!

Y estos lloriqueos y rezongos fueron empeorando,
empeorando. La gringa echó un
genio de la gran perra. Se me quería imponer
y teníamos un sin fin de peloteras, pero
¡qué había de poder conmigo, ni qué se iba
á poner mis pantalones, que tengo tan bien
puestos!... ¡A cada zafarrancho, yo, de gusto,
lo hacía peor, cataba una mona, y el vino de
reserva era el que pagaba el pato!

Por consejo de un amigóte, y aunque rabiara
la gringa, hice arreglar bien el camino
real, en el retazo que estaba frente á La Polvadera,
que quedó parejito como un billar. Y
ahí no más armé carreras los domingos, también
con permiso del comisario Barraba, que
sabía á veces presentarse a cobrar la coima
en persona, para que no hubiese barullo, ni
peleas—decía.

¡Vieran qué lindas farras! Los paisanos
caían que era un gusto, y el beberaje y el
fandango duraban desde la mañana hasta ya anochecido, el cajón se nos llenaba de
cobres, y yo tenía negocio y diversión a un
tiempo.

Pero compré un potrillo zaino, parejero, y
esa fué mi perdición...

Una suerte perra me perseguía sin darme
alce. Agarraba una taba y ¡zas! culo sin fallar
una vez. Al mus siempre había quien se desemporotara
primero y ¡á pagar! Al truco
¡parecía cosa del diablo! los compañeros me
embromaban con que era capaz de perder
el envido con treinta y tres de mano. Si cantaba
flor, me echaban el contraflor el resto,
y si caía el bicho de parra, ya podía estar seguro
de que el contrario empacaba el de
amansar locos para darme en el mate. Mis
gallos, cuando no me resultaban juidos, tenían
que clavar el pico á las primeras de cambio.
«¡Pucha que había sido mulita, amigo!»—me
sabían decir los camaradas. Era una maldición,
y yo, como es natural, me calentaba más cada vez y buscaba el desquite como un
toro furioso.

Y como de uvita á uvita se acaba un parral,
los pesos volaban que era un contento.
Pero tenía una gran esperanza, que era el potrillo
zaino, lindo animal, fino de patas, de
pescuezo largo y cabeza chica, delgado, sin
ni esto de barriga, voluntario como él solo, y
más manso que el overo rosado de Laguna.
Yo mismo le daba de comer, lo bañaba, lo
rasqueteaba, y todas las mañanitas salía á varearlo
donde no me vieran. Y en unas cuantas
largadas que hicimos de balde y en secreto
con unos amigos, el pingo resultó de
mi flor. ¡Qué parejero! ¡Con él no me habían
de ganar ni por chiripa!

Carolina á todo esto, viendo que la platita
se le iba como el agua de una tina sin arcos,
comenzó á armarme camorra peor que nunca.

—¡Así no podemos seguir! ¡Estás tirando
todo lo que he ganado con mi trabaco, canalla!—me  decía medio rabiando, medio llorando.

Cuando me hacía enojar, mucho, yo gritaba
también y másjuerte que ella.

—¡Déjame en paz! ¡sos una gringa de porra!
¡No me incomodes que te puede costar
muy caro! ¡Calláte la boca, y más que ligero!
¿eh? ¿me has entendido?... ¡Si no te callas, te
va á pesar!

¡Era que entonces me acordaba de lo de
casamiento y del papel que me había dado
el cura, pero sin intención de largarla, pobrecita!...

Quiso esconder la plata, pero, ¡por donde
no la iba á encontrar yo, cuando me entraban
ganas de echar una talladíta al monte
ó hacer un truco de cuatro! Y Carolina, al
ver que se la había pispado, gritaba y maldecía
primero,y después se metía á llorar en un
rincón.

—¡No es por la plata! ¡no es por la plata!

¡Es que veo que no me querés y que no pensás en mañana!

—Deja, hijita—le contestaba yo entonces,
amansado por sus lloriqueos.—¡Ya verás cómo
nos desquitamos! ¡No te aflijas, sonsa! ¡si
hemos de ser muy felices!

—¡Ah, Madona, Madona mía!—suspiraba
la gringa.

...En cuanto creí que el zaino estaba en
punto de caramelo, me apronté á dar el gran
golpe. Lo había tenido tapado, como ya les
dije, y no lo conocían más que dos ó tres
amigos, que pensaban jugar fuerte á sus patas,
y que no me iban á descubrir ni por un
queso.

Un domingo por la madrugada agarré y lo
tusé desparejo, lo entrepelé, le llené la cola
de barro y abrojos, y lo puse, en fin, que parecía
el último matungo de una chacra de gallegos.
Después le puse un apero viejo, y
encargué á un peón de lo de Torres, que tenía comprado, que á la hora de las carreras
cayese montándolo, á la pulpería. El peón se
llevó el parejero

—Hoy voy á correr con el zaino,—le dije á
Carolina.

—Déjate de esas cosas—me contestó.—¡Qué
carreras, ni carreras! El juego es la
perdición del cristiano.

—¡Esta vez estoy seguro de ganar! Al zaino
lo he puesto desconocido, lo van á tomar por
un sotreta, y ya verás la ponchada de pesos
que nos ganamos!

—Prométeme, al menos,—dijo la gringa,
aprovechándose al verme blandito;—prométeme,
al menos, que si de esta hecha perdés,
no vas á volver á jugar.

—¡Mira, por éstas!—le contesté besando la
cruz de los dedos...

¡Qué quieren que les diga! Principió á caer
gente y La Polvadera se llenó como la misma
plaza de Pago Chico, para un veinticinco de
mayo. Se largaron varias carreras. Corrió el
coperío, que no dábamos abasto para despachar.
El paisanaje se calentaba ya de lo
lindo, cuando llegó el peón con mi zaino.

Había un tal Contreras, que le tenía mucha
fe á su crédito, un tordillo, ligerón, es cierto,
pero no gran cosa. Mi parejero no tenía ni
para empezar.

Contreras era diablón, mal intencionado, peleador de alma atravesada, y jugaba platales
que se agenciaba no sé cómo: dicen
que se los daba el pillo del escribano Ferreiro,
para que le guardara las espaldas, y
para que asustara á sus contrarios políticos...
¡con nada! palizas y hasta puñaladas y tajos
si á mal no venía.

—¡Lindo su tordillo!—le dije, eligiéndolo
de ahijado, porque era hombre de meterle
un cien y es lo que me convenía.—¡Lástima
fque se haya puesto tan gordo!

—¿Gordo? ¡No embrome! Está en carnes,
compadre, y es capaz de tragarse al más
pintan. Y eso, que venimos de lejos...

¡Mentira! Hacía una semana que lo tenía
descansadito en el Pago, preparándolo.

—¡Bah!—le volví á decir para calentarlo
más.— En cuanto principian á echar panza...

Me miró riéndose para que no le conocieran
la rabia.

—¡No cargue, que no hay quien lave, paisano! Si quiere verle la panza, tiene que ponerse
antiojos. Y, barrigón ó no,—siguió
gritando:—¿á ver quién es el mozo guapo que
quiere perder cien pesos?

Muchos se acercaron y nos rodearon.

—En ese estau del caballo,—le contesté
sobre el pucho, medio riéndome,—yo le corro
con cualquier maceta.

—¡Óiganle! ¿Y con cuál?

—Con este zaino abrojudo, sin ir más lejos.
¿Me lo empriesta, paisano?

—¡Cómo no!—contestó el peón que lo había llevado.—¡Corra
no más!

Contreras miró con atención el caballo, lo
palmeó, lo hizo andar un poquito.

—Este mancarrón no es lo que parece,—me
dijo.—¡A mí con l'uña! Pero... porque no
se diga... le corro, ¡bah!

—¿Por los cien pesos?

—¡Y entonces!

—¡Depositemos!

—¿Depositemos? ¡Avise, compadre!—rezongó,
revolviéndome los ojos.

Yo, sabiendo que aquello quería decir pelea,
me callé la boca, desensillé el zaino, le
puse bocado y una jerguita, me saqué el saco
y el chaleco, me hice una vincha con un pañuelo
colorado, y ¡ya estuvo!

El paisanaje, caliente, jugaba á raja cincha.
Muchos ofrecían doble á sencillo contra mi
zaino. Yo agarré una punta de paradas, los
amigos que sabían la cosa, de consiguiente.

El tiro era de dos cuadras. Después de unas
cuantas partidas, largamos, y mi potrillo principió
á sacar su ventajita, primero la cabeza,
después un pescuezo, después medio cuerpo,
¡sin castigar!... ¡Contreras venía á dos rebenques,
lonja y lonja!... Claro que el tordillo se
le iba á aplastar, pero estaba ciego de rabia
con la fumada... Yo vi mía la carrera, y por
no dar á conocer todo el juego del animalito,
lo llevaba sobre la rienda... Asimismo saqué un cuerpo de ventaja, cuando ¡malhaya!
medio matando su tordillo, Contreras me
alcanza, le mete pierna al zaino, que rueda
largándome por las orejas y pasa como un
refusilo sin parar hasta la raya. ¡Hijuna!...

Por suerte yo caí parado, pero, ¡vieran el
avispero que se armó! El paisanaje gritaba,
se insultaba, hasta zangoloteaba al juez de la
carrera... Salieron á relucir cuchillos, y si no
se mete el comisario Barraba, la cosa hubiera
acabado mal.

Contreras volvía al tranquito, golpeándose
la boca, muy contento... ¡Me dio una rabia!...

En cuanto me alcanzó—yo iba á juntarme
con los otros frente á la pulpería, cabrestiando
al zaino rengo,—no pude más y le grité:

—¡Canalla! ¡Tramposo, sinvergüenza! Me
has metido pierna, ¡hijuna gran!...

Ahí no más se tiró del caballo pelando el
fiyingo. Yo me eché atrás para desenvainar
también.

A mí no me gustan mucho esas cosas, ¿á
que decir? Soy bajito, bastante delgadón, no
tengo gran fuerza, y á más, no entiendo
mucho de cuchillo. Pero el hombre me apuraba,
los paisanos habían corrido á ver, y
había que hacer la pata ancha...

Me tiró dos puñaladas que conseguí atajarme,
mal que mal. Pero las papas quemaban,
compañeros!...

—A la larga no hay cotejo,—me gritaba
Contreras, bailándome alrededor y con unas
risitas calentadoras, como chungueándome.

Yo ya me encomendaba á la Virgen viendo
la cosa mal parada, y el bárbaro aquel de seguro
me achura, si no llega Carolina, corriendo
y chillando, hecha una loca, y no sé cómo,
con la desesperación, ¡seguro! le arranca el
cuchillo de la mano.

—¡Y ustedes lo decan, y ustedes lo decan!—les
gritaba á los mirones.

Barraba. Yo había hecho la chambonada de
no decirle la cosa del zaino, y él le jugó al
tordillo... ¡Se necesita andar en la mala!...

Contreras, y la mayor parte de los paisanos
alegaban que el tordillo había ganado en
buena ley, y que la rodada fué porque el
zaino mancarrón, flojo de patas, no era para
correr... El juez de la carrera se desgañitaba
al cuete; no le llevaban el apunte, ni á mí, ni
á mis amigos tampoco.

—¡Qué resuelva el señor Comisario!—gritaron
algunos, de repente.

—¡Sí, eso es!... ¡eso es!—rebuznaron todos
los que habían jugado al tordillo.

El gran pillo de Barraba dio la sentencia:

—La carrera es legal. ¡Haganau Contreras!
Contra la fuerza no hay resistencia.

—Pero, señor comisario...—principié.

—¡Calláte y pela! Tenes que pagar á todo
el mundo.

Y tuve que pagar no más, calladito la boca,
y ahí se me fueron los últimos pesos guardaditos...
y hasta los del cajón del mostrador!...

Carolina me miraba con los ojos saltones y
de veras que la -cosa no era para menos.

—¡Mi alma! ¡te debo la vida!—le dije.

—¡Si, sí!—contestó medio llorando.—Pero
no cugués, no cugués más, por Dios!

—¡Sí, perdé cuidan!

Y me puse á despachar copas y á chupar
yo también, para olvidarme de tanta pena, y
¡qué quieren! el ginebrón me hizo voracear y
empecé á las convidadas. ¡Miren qué momento
para darme corte!

—¡Eh, paisanos, tomen lo que gusten!

Y al ratito, no más, dale, otra vuelta y
otra...

—¿Que gustan servirse, caballeros?

Carolina se había puesto furiosa.

—Ma!... Ma!...—me decía atorada de
rabia.

—La patrona está llamando á la mama,
decía un paisano.

—¡O á la ma...múa del patrón!—retrucó
otro.

¡Después, nunca me pude acordar!—Creo
que hubo payada y baile, y que repartí
cuanto había de comer y de chupar en la
casa.

Lo cierto es que la pulpería quedó tecleando.
Pero también, ¡qué farra!...

A la otra mañana, me encontré tirado en
un zanjón que había junto al palenque. Se me
está haciendo que allí dormí, pero no sé cómo
fui á parar á semejante cama. ¡Cuando
uno agarra uno de esos de P. P. y W.!..

La gringa estaba encerrada en su cuarto,
no me quería abrir ni á cañón, y según me
dijo después, se había pasado la noche llorando
desesperada. Cuando conseguí que
me abriera, tanto lloró y suplicó que me
ablandé, y le prometí que aquella era la última  vez, y dije que me iba á poner á trabajar
de veras, como un burro si era necesario,
pára desquitarnos de todo lo que habíamos
perdido, sin volver á pensar en jugar, ni en
gallos, ni en carreras.

—¿Te-crés que m'he olvidar que te debo la
vida?—le dije—porque si no sos vos, Contreras
me achuraba!...

Pero el hombre propone y Dios dispone...

¡Bueno! ¿y qué hay con eso? Me parece
que hay que asustarse por tan poco... Yo
no soy el primero que haya olvidado sus juramentos
por seguir sus gustos. Ni el último,
tampoco... Así es el hombre, caballeros, y
hasta el más pintado, si no es un hipócrita,
confesará que ha sabido olvidarse muchas
veces de sus buenas intenciones,—de las que
no había desembuchado por lo menos—para
dar satisfacción á lo que le tiraba más.

Esto es sin vuelta. Lo que hay, es que algunos
saben pararse á tiempo, ó tienen maña ó baquía para hacer lo que les da la gana
á lo mosca muerta, sin que nadie diga nada.
¡No, y de no!

Unos juegan y se maman en los clubs, sin
dar que hablar, y pelean en los duelos, á vista
y paciencia de los policianos, y hacen lo
mismo que hice yo, y peor, que, como ellos
lo hacen, no parece tan malo y nadie les
saca el cuero...

En fin, ¡qué tanto servir á usted p'a decir
cómo le va!—El caso es, que el droguis y la
jugarreta, me volvieron á agarrar de lo lindo, y
como, de sonso, sabía jugar bástante en trinquis¿
todo el mundo me aprovechaba como
á una criatura! Así se fué, detrás de la platita
guardada, el campito de Carolina. ¡Pero qué
agarrada la de ese día, santo Dios! La gringa,—
¿querrán creer?—hasta me arañó la cara, que
anduve una punta de días medio cebruno...

—¡Mira, gringa!—le grité—¡No sabes lo
que haces! ¡El día menos pensado, ya verás!...

Le iba á soltar lo de que no estábamos
casados, pero caí en cuenta de que con la
rabia era capaz de no firmar la escritura y
hasta de echarme de la pulpería... y ¡como
un poste!

—¡Si yo hubiera sabido!—gritaba la gringa.
—¡Si yo hubiera sabido! porca la...!

Y se agarraba los pelos. Pero firmó...

¿A qué deciries que los pesos del Banco
de Italia ya se habían ido por un camino?
Quedaba la pulpería... pero casi tan pelada
como la misma palma de la mano... ni un
frasco, ni una pilcha. Yo me preguntaba
muchas veces cómo se lo había llevado
todo pateta, sin atinar con tanto bochinche,
hasta que caí en la cuenta de que la Carolina,
con sus lloriqueos y rabietas al botón,
descuidaba el negocio y lo dejaba ir barranca
abajo...

Entonces quise remediar yo solo las cosas,
compré mucho al fiado, y principié á medio querer arreglar el boliche... Pero, la verdad;
el ginebrón y las barajas, con la yapa de la
taba y los gallos, hicieron que de repente
comenzaran á llover demandas y más demandas,
toda una papelería. El aguacil no
hacía más que viajar del Pago á la Polvadera,
como conchabado... Y no teníamos adonde
buscar madre que nos envolviera ¡ni el zaino,
que de la rodada quedó manco del encuentro!...
Entonces me acordé de lo que
sabía decir el viejo ño Cipriano:

—¿Ande irá el guay, que nu are!

La desgracia me había perseguido siempre,
¿por qué me había de dejar entonces?

Carolina comprendió que estábamos más
fregados que unos atorrantes, que nos iban á
vender la pulpería para cobrarse, que no nos
quedaba ni un cobre, y un día me armó una
zafacoca. ¡Cristo santo! ¡ni me quiero acordar!...
Cebada con lo de los arañones, hasta
agarró un palo, y principió á darme de garrotazos... ¡Como que estas son cruces! ¡Una
paliza!... ¡A mí!...

¡Yo, qué quieren! pelé el cuchillo, naturalmente
sin intención de lastimarla; y sólo cuando
me vió con él en la mano, se me separó,
pero saltándosele los ojos, y echando espuma
por la boca. ¡Nunca la había visto tan rabiosa!...
¡Parecía una tigra!...

—¡Canalla! ¡Bandido! ¡Ladrón!... ¿De ese
modo te acordás que me debes la vida?
Devolveme mi plata, birbante, canaglia!

Y yo, ¿cómo iba á dejar que siguiera diciéndome
esas cosas, y hasta zurrándome
como á una criatura?

—¡Mira, Carolina!—le dije sin soltar el cuchillo.
—Yo ahora mismo me mando mudar
y para siempre, ¿entendés? ¡Ya no te puedo
aguantar más!

Se le cambió la cara, pero todavía siguió
gritando é insultándome.

—¡Qué! ¿Te pensás ir, Madona! ¡después de haberme dejado desnuda y en la calle,
canalla, sinvergüenza, ladrón! Ah, no, per
Dio! sos mi marido, y tenes que quedarte
aquí, á trabucar como yo, porca la...

Yo me reía á carcajadas.

—¿Y quién te ha dicho que soy tu marido?—le
dije—¡Pues no hay tal! No sos más que
mi querida.

—¡Mentís, canalla!

—¿Que es mentira? ¡Sí! anda pregúntaselo
al cura y verás...

—El cura Papagna...

— ¡Qué! tu nápolis se ha ido hace un mes
á mangiar macaroni en tu tierra... Anda, pregúntaselo
al nuevo, si hay apunte de tu casamiento
en la iglesia...

Me miraba con tamaña boca abierta, sin
querer creer lo que le decía... De repente,
le pareció que debía ser cierto... Asustada,
desesperada, loca, salió corriendo. Vi que se
largaba á pie camino del Pago, en cabeza, con la ropa de entre casa... Seguro que iría á
averiguar...

Yo saqué los pocos pesos que por casualidad
había en el cajón, ensillé el maceta, y
si te he visto no me acuerdo! Agarré para
otro lado, después de hacer pedazos el papel
de Papagna, muy tranquilo y segurito de que
no me iban a perseguir... ¡Qué! ¿y se afligen
por tan poco?... Pero fíjense, y verán que era
muchísimo mejor para mí... y también para
Carolina...

¿Que si tengo noticias? Sí. Ayer supe que
estaba perfectamente; de enfermera en el
hospital del Pago.

Buenos Aires, 1905.