Amo y criado
Tolstói, León · 1895
I
Ocurrió en los años setenta, en el día siguiente a la fiesta del invierno. Era una helada rigurosa y ventosa en la aldea de Krestý, en la región de Tula. Vasili Andreich Brekhunov, comerciante de segunda categoría, iba a salir de viaje. Tenía que ir a un bosque situado a unos ochenta verstos de distancia, a cerrar un negocio con otro terrateniente antes de que llegara un rival y se adelantara a comprar la madera.
Vasili Andreich era el tipo del hombre de negocios que se ha hecho a sí mismo. Robusto, de unos cuarenta años, hombre de frente ancha, de cara ancha y casi cuadrada, de cabeza dura y cabellos negros que apenas empezaban a encanecer en las sienes, de barba negra, espesa y rizada. Era un hombre corpulento que se mantenía bien en la silla y que olía a vino y a vodka, aunque bebía poco. Llevaba un pellizo azul, un caftán forrado de piel de carnero y botas de cuero untadas de grasa.
—Nikita —llamó a su mozo de cuadra con voz de hombre que está acostumbrado a ser obedecido.
Nikita Stepanich era un campesino de unos cincuenta años, un hombre de cara rugosa, chata, castaña, que tenía los ojos oscuros y la barba y los bigotes grises y ralos. Vivía desde hacía mucho tiempo con Vasili Andreich, al que había servido fiel y devotamente, pero bebía mucho y más de una vez le había quitado toda la ropa para beber.
—Vasili Andreich, el caballo está ensillado —dijo Nikita, con su voz lenta y serena—. ¿Podremos ir con esta ventisca?
—¡Bah! Después de la fiesta de la Trinidad es cuando se presentan las tormentas de nieve. Ensilla tú mismo el alazán. Y coge el cojín del trineo.
Nikita se fue a preparar el alazán. Vasili Andreich empezó a hacer provisiones de viaje. Tomó dos botellas de vodka, un pan negro, unas salchichas, queso y bizcochos. También cogió un abrigo de piel de cordero para ceder a Nikita si tenía frío, pues Nikita tenía un pellizo muy raído cubierto de harapos. Vasili Andreich lo entregó a Nikita con la instrucción de que solo lo usara en caso de que hiciera mucho frío.
—De acuerdo, Vasili Andreich —respondió Nikita, tomando el abrigo.
Llegaron al trineo. El caballo, un alazán joven y enérgico, aleteaba las crines al viento. Nikita subió al trineo y se sentó junto a Vasili Andreich. Salieron.
La ventisca era fuerte. Se levantaba nieve del suelo y no se veía a más de diez pasos. El viento llegaba de lado y casi volcaba el trineo en los cruces de los caminos. El caballo aleteaba las orejas, la cola y la crin y no le gustaba la ventisca; tiraba a apartarse del camino y se apartaba hacia los lados.
—Tiene que ir al norte —dijo Vasili Andreich jalando las riendas—. ¡Arrea, Brownie, arrea!
El caballo quería volver la cabeza. Nikita lo animaba.
—¡Vamos, Brownie, vamos! No te dé miedo. Aguanta, amigo.
Pasaron por la aldea, cruzaron dos ríos y salieron al camino abierto de la estepa.
II
Ya habían recorrido unos diez verstos sin novedad, aunque la ventisca seguía siendo fuerte, cuando Vasili Andreich se empezó a preocupar. No reconocía los sitios por los que pasaban. Desde que salieran de la última aldea habían seguido siempre al nordeste, pero en aquella estepa nevada, con aquellos árboles bajos y escasos, todo tenía el mismo aspecto.
—Tenemos que detenernos en aquella aldea y ver si el camino es el que queremos —dijo Vasili Andreich.
Pero no encontraron la aldea donde la esperaban. Dieron una vuelta y llegaron a una llanura interminable de nieve blanca sacudida por el viento. No había nada a la vista; ni casas, ni árboles, nada, solo el camino blanco, y la nieve blanca más allá del camino.
—¡Estamos perdidos! —dijo Vasili Andreich, con palidez repentina.
—No hay que preocuparse —respondió Nikita en su voz serena—. El caballo nos encontrará el camino.
Aflojaron las riendas. El alazán empezó a caminar más despacio y a detenerse a veces, como consultando a sus instintos. Por fin señaló en cierta dirección con la nariz, aguzó las orejas y prosiguió la marcha. Nikita yacía en el fondo del trineo y Vasili Andreich miraba ansiosamente en todas direcciones contra las densas tinieblas de la nieve. En ese tiempo ya empezaba a oscurecer. La ventisca no amainaba. La nieve que el viento levantaba del suelo era tan densa que a veces no se veía el propio caballo.
De repente el alazán se detuvo. Husmeó la nieve, luego volvió la cabeza y miró a Vasili Andreich.
—¿Por qué te detienes? ¡Anda! —gritó Vasili Andreich. Nikita saltó del trineo y fue hacia el caballo. El animal se quietó y lo dejó acariciar.
—Un momento. Necesita descansar —dijo Nikita.
—Pero si no ha andado tanto trecho —protestó Vasili Andreich.
—Todo igual. El animal sabe —respondió Nikita—. Está cansado y tiene frío. No podemos hacerle ir más de prisa.
Vasili Andreich no respondió. Se envolvió bien en el pellizo y esperó. La noche llegó de prisa. La tormenta aullaba. Vasili Andreich empezó a perder la cabeza de frío. Pensó en su casa caliente, en la cena, en los negocios que tenía que hacer al día siguiente. Le parecía un error haber salido ese día.
III
Después de estar parado un rato, el alazán empezó poco a poco, de mala gana, a moverse. Nikita caminaba al lado, sujetándolo por el cabestro. Así anduvieron un largo rato. La ventisca apagaba todos los ruidos. La oscuridad era completa. No había camino, no había marcas. Solo el viento y la nieve.
De pronto el alazán se detuvo nuevamente y se negó a moverse.
—Tenemos que buscar refugio —dijo Nikita—. Si seguimos así, el caballo va a caer.
A la derecha había algo que parecía la salida de un barranco. Se dirigieron hacia allá. En efecto, era un pequeño barranco. Descendieron y encontraron abrigo del viento. Al fondo del barranco había unas matas de hierbas altas que el viento sacudía pero que servían de obstáculo. El alazán se acurrucó allí y suspiró profundamente.
Vasili Andreich se dio cuenta de que tenían que pasar la noche allí. Estaba furioso, pero no podía hacer nada. Sacó las botellas, pan y salchichas. Tomó un buen sorbo de vodka y ofreció a Nikita.
—Bebe —dijo.
—No, gracias —respondió Nikita—. Usted sabe que no bebo.
—¿Estás helado?
—Sí, un poco. El frío se mete.
Vasili Andreich le ofreció el abrigo que había traído para él. Nikita lo tomó agradecido y se envolvió en él.
—Queda lejos todavía —dijo Vasili Andreich.
—No lo sé. No conozco estos parajes —respondió Nikita.
—Yo tampoco.
Guardaron silencio. El alazán resoplaba de vez en cuando. La ventisca aullaba arriba del barranco.
Vasili Andreich se acurrucó en el trineo. El frío era terrible. No podía pensar en dormir. Sus pensamientos iban constantemente a su casa, a sus negocios, al bosque que perdería si no llegaba a tiempo. Empezó a echar cuentas. Pensó: si salía ahora y se iba hacia el norte, en una hora o dos estaría en la aldea. Sí, podía intentarlo. Nikita vigilaría el caballo. Él iría a buscar ayuda y volvería.
IV
Vasili Andreich tomó una decisión. Puso al alazán en movimiento sin decirle nada a Nikita, que dormitaba. El trineo avanzó despacio. Vasili Andreich se sentó al frente, tomó las riendas y se puso en marcha solo hacia la oscuridad.
Al principio el caballo andaba bien. Vasili Andreich sentía un extraño alivio. Se alejó del barranco y entró en la llanura abierta. Pero pronto la oscuridad fue total. El viento arreciaba. No sabía ya en qué dirección iba. El alazán se detenía a veces y husmeaba el aire, luego seguía. Vasili Andreich no podía orientarse.
Pasó una hora, luego otra. De pronto el trineo se detuvo y Vasili Andreich vio ante sí una mancha oscura que reconoció: el mismo barranco donde había dejado a Nikita. El caballo lo había traído de vuelta.
—¡Maldita bestia! —gruñó Vasili Andreich.
Intentó ir en otra dirección. Una vez más, tras mucho andar, el alazán lo trajo al mismo lugar. La tercera vez que regresó al barranco, Vasili Andreich se resignó. Ató el caballo, saltó del trineo y buscó a Nikita bajo las hierbas.
Nikita yacía tendido en el suelo, tapado con el abrigo. No se movía. Vasili Andreich se inclinó y lo sacudió.
—Nikita. ¡Nikita!
No hubo respuesta. Vasili Andreich puso la mano sobre el pecho del mozo. El corazón latía, pero débilmente. Nikita estaba helado e inconsciente.
Vasili Andreich sintió que el frío lo atravesaba. Se arrodilló junto a Nikita. Por un momento pensó: "Esto no es asunto mío. Él es el sirviente." Pero luego algo dentro de él se quebró.
V
Sin saber bien lo que hacía, Vasili Andreich abrió su pellizo, se tendió encima de Nikita y lo cubrió con su propio cuerpo, envolviéndolo en el pellizo con ambos brazos.
Estuvo así un largo rato. El calor de su cuerpo fue cediendo lentamente a Nikita. Sentía el frío que antes tenía Nikita penetrándole a él. Pero siguió allí. El tiempo pasaba muy lento. El viento aullaba y la nieve caía. El caballo de tanto en tanto resoplaba.
Vasili Andreich empezó a sentir calor. Luego sintió sueño. Se adormilaba, volvía en sí. Pensaba en los negocios, en el bosque, en el dinero. Pero esos pensamientos le parecían ahora lejanos, brumosos, poco importantes. Pensaba en Nikita. Pensaba que si se apartaba, Nikita moriría. Seguía allí.
En cierto momento sintió que ya no podía sentir el frío. Una paz extraña lo invadió. Pensó que tal vez estaba muriendo. Pero no tenía miedo. Había algo correcto en este final, algo que nunca había sabido que buscaba.
—Nikita —susurró—. ¿Estás vivo?
Un quejido débil le respondió. Nikita se movía.
VI
Cuando amaneció y la ventisca cedió, los campesinos de la aldea cercana que buscaban viajeros extraviados encontraron el trineo en el barranco. Bajo un montón de nieve hallaron a Nikita, débil pero vivo. Sobre él, con los brazos abiertos, yacía Vasili Andreich Brekhunov. Estaba muerto.
Nikita sobrevivió. Vivió todavía veinte años, cuidando hasta el final de su vida a su familia, con el recuerdo siempre presente de aquella noche y del amo que había dado su vida para salvarla. Cuando le preguntaban por el suceso, Nikita respondía simplemente:
—Lo que hizo Vasili Andreich, bien que lo hizo. Que Dios le tenga en su gloria.
Y se santiguaba.