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El billete de un millón de libras

Twain, Mark · 1893

Cuando era pobre y desconocido, vivía en Londres solo y sin amigos. Un día, al regresar a mi modesto cuarto de pensión, me encontré con un sobre en la puerta que tenía mi dirección escrita con letra elegante. Dentro había un billete de banco. Era un billete de un millón de libras esterlinas.

Me quedé sin habla. Di la vuelta al billete, lo examiné por los dos lados, lo sostuve contra la luz. Era auténtico. Había también una carta. La carta decía que los dos caballeros que me la enviaban habían hecho una apuesta: uno creía que un hombre honrado y listo podría sobrevivir un mes en Londres con ese billete sin gastarlo y sin ir a la cárcel. El otro creía que no. Si yo cumplía la condición, recibiría un empleo y una recompensa. No había más explicaciones.

Me quedé mirando el billete. Un millón de libras. En ese tiempo yo no tenía ni para cenar.

Al día siguiente entré en una sastrería de ropa barata a comprar un traje. El sastre me atendió con desprecio, pues mi ropa estaba bastante raída. Saqué el billete para pagar. El sastre palideció. No tenía cambio para eso. Me dijo que tomara el traje gratis y que ya pagaría cuando pudiera. Su actitud cambió completamente.

Luego entré en un restaurante con hambre voraz. Comí abundantemente. Al pagar, lo mismo. El dueño palideció, me dijo que no había problema, que ya lo arreglaríamos, que esperaba que me agradara la comida y que volviera cuando quisiera.

La noticia se difundió rápidamente. El hombre del millón de libras. Los periódicos publicaron la historia. Me hice famoso sin quererlo. Los comerciantes me ofrecían mercancías sin cobrarlas, nadie quería cambiar el billete, todos me fiaban. Banqueros, aristócratas y comerciantes querían conocerme.

Me instalé en un hotel lujoso, pues el gerente me ofreció una suite gratis mientras durara mi estancia. Compré trajes, accesorios, fui invitado a toda clase de eventos sociales. El millón de libras me abría todas las puertas sin que yo gastara un chelín.

En uno de esos eventos conocí a la señorita Portia Langham, una joven americana de una belleza extraordinaria que era la pupila de uno de los hermanos que habían hecho la apuesta. Nos enamoramos. Portia no sabía lo del billete al principio. Cuando se lo conté, se echó a reír. Resultó que ella era la pupila del hermano que apostó que yo podría sobrevivir.

Al final del mes fui a la mansión de los hermanos según me habían indicado. Estaban allí los dos. Me recibieron con gran cordialidad. Declararon que yo había ganado la apuesta, lo que suponía que el hermano apostatario debía pagarle al otro veinte mil libras.

—Joven —me dijo el que había apostado a mi favor—, usted me ha ganado la apuesta. Y además, si desea trabajar en mi empresa, le ofrezco un puesto en el que podrá ganarse muy bien la vida.

Le agradecí la oferta y dije que la aceptaría con gusto. Luego Portia entró en la sala. Miró al hermano que la había criado y sonrió.

—Tío —dijo—, creo que debo decirte que este joven y yo tenemos la intención de casarnos.

El anciano abrió los ojos como platos. Luego soltó una gran carcajada.

—En ese caso —dijo—, le añadiré a sus ganancias las veinte mil libras de la apuesta como regalo de bodas.

Y así fue. Me casé con Portia Langham, conseguí un buen empleo, y toda mi fortuna comenzó con un billete de un millón de libras que nunca llegué a gastar.