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El célebre sapo saltarín del condado de Calaveras

Twain, Mark · 1865

En el campamento de Angel de la Mina, en la época de Calaveras, había un individuo al que todos conocían como el forastero Smiley, que tenía la peculiaridad de apostar a cualquier cosa que se le presentara. Cualquier apuesta, por descabellada que fuera, le venía bien. Si veía a dos pájaros posados en una valla, apostaba por cuál echaría a volar primero. Si había una competencia de perros, de gatos, de gallos, lo mismo. Hizo mucho dinero, pero también lo perdió en buena cantidad.

Un día Smiley entró en posesión de una rana. La llamó Dan'l Webster. Pasó tres meses entrenándola. Le enseñó a saltar. Le enseñó saltos de altura, saltos de longitud, y le enseñó también a dar volteretas. Era una rana extraordinaria. Smiley estaba muy orgulloso de ella.

Siempre que llegaba algún forastero al campamento, Smiley le hablaba de Dan'l Webster y apostaba que su rana saltaría más lejos que cualquier otra rana de la comarca. Muchos aceptaban el desafío y muchos perdieron su dinero.

Un día llegó al campamento un forastero al que Smiley no conocía. Era un hombre de aspecto tranquilo que no parecía tener prisa por ir a ninguna parte.

—Amigo —le dijo Smiley—, tengo aquí una rana que apuesto a que salta más lejos que cualquier rana del condado de Calaveras.

El forastero lo miró con indiferencia.

—¿Y para qué sirve una rana? —preguntó.

—Pues para saltar —respondió Smiley, un poco desconcertado—. Para eso sirve, para saltar. Y salta más lejos que cualquier rana que hayas visto en tu vida.

—Puede que sí, puede que no —dijo el forastero—. No he visto tantas ranas.

—Pues mira —dijo Smiley—, apuesto cuarenta dólares a que salta más lejos que cualquier rana que tú puedas traer.

—De acuerdo —respondió el forastero—, pero yo no tengo ninguna rana.

—No importa —dijo Smiley con alegría—. Tú quédate aquí un momento y yo voy a buscar una.

Smiley depositó a Dan'l Webster en manos del forastero y fue al pantano a buscar otra rana. El forastero observó a Dan'l Webster un momento, pensando. Luego sacó del bolsillo una bolsita de munición de codorniz —perdigones de plomo— y llenó con ella la boca de Dan'l Webster hasta que el animal no pudo tomar ni un perdigón más.

Cuando Smiley regresó con otra rana, pusieron a los dos animales uno al lado del otro. El forastero dio una palmada en las ancas a su rana y ella dio un buen salto. Smiley dio una palmada en las ancas a Dan'l Webster, pero Dan'l Webster no se movió. Pugnó por estirarse, se esforzó, movió los hombros; pero no había manera, estaba clavado en el suelo como si fuera la catedral de Andoche.

Smiley se quedó perplejo. El forastero tomó sus cuarenta dólares y se fue. Smiley estuvo un buen rato mirando a Dan'l Webster con la cabeza ladeada, sin comprender. Luego tomó la rana y la sopesó.

—Pesa el doble que antes —murmuró—. Creo que aquí hay algo que no está bien.

Le dio vuelta y le golpeó la nuca. Y entonces salió un chorro de perdigones, suficientes para llenar un dedal. Smiley entendió. Puso a Dan'l Webster en el suelo, mirándolo, y luego miró hacia el camino por donde había desaparecido el forastero.

—No hay honestidad en el mundo —dijo finalmente—. Y yo que con esta rana pensaba hacer fortuna.

Así fue la historia del célebre sapo saltarín del condado de Calaveras. Y así terminó la carrera de Dan'l Webster.