Capítulo VI
George Orwell
Durante todo aquel año los animales trabajaron como esclavos. Pero eran felices con su trabajo; no les importaba hacer sacrificios, sabiendo que todo lo que hacían era para beneficio suyo y el de su posteridad, y no para aquellos parásitos humanos.
A lo largo de la primavera y el verano trabajaron una semana de sesenta horas, y en agosto Napoleón anunció que habría trabajo los domingos por la tarde. Este trabajo era estrictamente voluntario, pero a cualquier animal que se ausentara recibiría su ración reducida a la mitad. Incluso así fue necesario dejar que ciertos trabajos sin terminar se quedaran a medias. La cosecha fue algo menos triunfante de lo que se había esperado, aunque no tan mala como la de los años anteriores. Buena parte del trabajo fue hecho de nuevo por los animales por los animales a trompicones. Las máquinas segadoras estaban rotas, los arneses estaban en mal estado, los pozos necesitaban reparación. Al señor Jones no se le había pagado su pensión ni se había instalado a nadie nuevo en la granja.
Sin embargo, había dificultades que no se podían negar. Necesitaban petróleo para sus lámparas, clavos y cuerdas para construir el molino, piedras para las ruedas del molino, etc. Pero los animales no producían nada de esto. Necesitaban herramientas para sus reparaciones y piezas de repuesto para las máquinas. ¿Cómo podían obtener todo esto?
Luego un domingo por la mañana, cuando los animales se habían reunido para recibir sus órdenes, Napoleón anunció que había decidido adoptar una nueva política. A partir de entonces, la Granja Animal se dedicaría a hacer negocios con las granjas vecinas: no, por supuesto, con ningún motivo comercial, sino sólo para obtener ciertos materiales urgentemente necesarios. Las necesidades de la granja eran más importantes que sus principios. Luego, sin más discusión, Napoleón anunció que habían concertado un trato con el señor Whymper, un agente comercial, para que actuase como intermediario entre la Granja Animal y el mundo exterior. El señor Whymper era un hombre pequeño, pícaro y de aspecto bribón, con patillas muy largas. Era un abogado de Willingdon.
Ante el anuncio, los animales mostraron su inquietud. Uno tras otro, varios animales dijeron que recordaban haber escuchado que nunca debían tener contacto con seres humanos, o ir al mercado o usar dinero. Sin embargo, Chillón tuvo la suficiente habilidad para convencer a todos de que ninguno de los Siete Mandamientos había prohibido el comercio o el uso del dinero. Todo el mundo estaba convencido, aunque en el fondo seguían con un vago recuerdo de que en los viejos tiempos, cuando el viejo Comandante había hablado, había dicho algo sobre no tratos con humanos. Chillón les convenció de que eso era fruto de su imaginación. Cada semana el señor Whymper venía a la granja para ver a Napoleón, y cuando los animales veían a Whymper cruzando el patio, una sensación extraña los invadía. Había algo muy raro en ver a un ser humano en la granja.
Los cerdos se trasladaron a la casa de la granja y se instalaron en ella. Los animales recordaban vagamente que en los primeros días después de la Rebelión había sido acordado que la casa de la granja no debía ser habitada por nadie nunca. Chillón explicó que los cerdos, como cerebros de la granja, necesitaban un lugar de descanso tranquilo para pensar. Sin embargo, sin Chillón, los animales habrían recordado el cuarto Mandamiento: "Ningún animal dormirá en una cama." Al comprobarlo en la pared del granero, vieron que decía:
NINGÚN ANIMAL DORMIRÁ EN UNA CAMA CON SÁBANAS
Las sábanas, aclaró Chillón, eran cosa humana. Los cerdos dormían en el suelo, en mantas, lo que era una cama, pero sin sábanas. Todos quedaron satisfechos.
El molino de viento se construía con graves dificultades. En la cantera había piedra caliza suficiente, y mucha arena y cemento. El único problema era transportar los materiales al lugar donde habría de levantarse el molino. Era un trabajo de gigante. Boxeador tomó el liderazgo en esto. Sus movimientos eran ahora lentos y solemnes, y su voz era más profunda que antes, pero nunca perdió la fe, y su enorme cuerpo era tan poderoso como siempre. Siempre que el trabajo era especialmente duro o difícil, Boxeador decía: "Trabajaré más duro", y era el primero en ponerse al trabajo. Llegó un momento, sin embargo, en que la piedra más grande de la cantera resultó ser demasiado grande para ser transportada por un solo animal. Un día, después de haber trabajado toda la tarde cargando una enorme piedra hasta la cima de la colina, la piedra se soltó y rodó cuesta abajo, golpeando el cerco de las gallinas. Varios animales corrieron en auxilio de Boxeador, que había quedado debajo de la piedra. Cuando lo levantaron, Boxeador estaba sin sentido. Nadie pensó que pudiese vivir. Sin embargo, al día siguiente Boxeador estaba de nuevo en pie, con el flanco morado y amoratado. A partir de entonces, todos los animales, incluyendo a los mismos cerdos, entendieron que Boxeador era la fuerza más importante de la granja.
Cuando llegó el otoño, el molino de viento se había terminado de construir. Pero en la noche del otoño se desató una tormenta violentísima. Los animales se despertaron con los rugidos del viento y encontraron que el molino había sido derribado. Napoleón recorrió las ruinas en silencio.
—¿Sabéis quién ha hecho esto? —dijo finalmente.
—¡El viento! —dijo Boxeador.
—¿El viento? —repitió Napoleón, con paso medido—. Bola de Nieve ha hecho esto.
Y de repente, en voz más alta: —¡Bola de Nieve ha hecho esto! En la oscuridad de la noche vino sigilosamente y destruyó nuestro trabajo de casi un año entero. ¡Camaradas, declaro la pena de muerte para Bola de Nieve! El animal que lo traiga muerto o vivo recibirá una condecoración de Animal Héroe de Primera Clase y medio kilo de manzanas. Al que lo traiga vivo, le daremos un kilo entero.
Los animales estaban confundidos. Nadie preguntó nada sobre la probabilidad de que el viento hubiera podido derribar el molino. La orden de Napoleón era ley.