Capítulo VII
George Orwell
Fue un invierno amargo. Las tormentas de nieve azotaban la granja, el agua en los charcos estaba helada y el suelo era duro como piedra. No se hizo nada en los campos. Los animales vivían apretados en sus establos y boxes, comiendo las reservas del verano. El gran molino que habían empezado a reconstruir fue dejado a medias. Los animales empezaron a preguntarse si iban a tener suficiente para sobrevivir el invierno.
Las dos columnas de gallinas que habían puesto menos huevos que nunca, y habían protestado contra la nueva política de vender los huevos al señor Whymper, fueron las primeras en sufrir. Napoleón las acusó de ser traidoras y en conexión con Bola de Nieve. Sin ningún tipo de proceso, nueve de las gallinas fueron ejecutadas. Esto causó una terrible impresión entre los animales. La historia se difundió entre ellos de que las gallinas habían muerto porque habían sido encontradas culpables de colaboración con el enemigo. Los animales que nunca hubieran creído esto de ellas mismas estaban ahora convencidos de que era cierto. Porque Chillón y los perros habían establecido en sus mentes que Bola de Nieve era el enemigo más peligroso de todos, el traidor que había vendido a Jones los secretos de la granja.
Un domingo de invierno, Napoleón convocó una reunión de todos los animales. Cuando los animales estaban reunidos, los perros de Napoleón sacaron de la multitud a cuatro cerdos que habían protestado tiempo antes contra la abolición de las reuniones del domingo. Confesaron que habían estado en contacto con Bola de Nieve desde su expulsión, que habían colaborado con él en la destrucción del molino y que habían concertado con él una alianza con el señor Frederick. Cuando terminaron sus confesiones, los perros les saltaron al cuello y los mataron en el acto. Luego salieron otras tres gallinas, que confesaron que el viejo Comandante, en el sueño que les había comunicado, les había ordenado que se rebelaran contra Napoleón. Fueron ejecutadas también. Luego vino un ganso, que confesó haber robado seis espigas de trigo durante la cosecha del año anterior y haberlas comido de noche. Una oveja confesó haber orinado en el estanque de beber, incitada a ello por Bola de Nieve. Dos más ovejas confesaron haber asesinado a un anciano carnero, un fiel seguidor de Napoleón, persiguiéndolo alrededor del campo en una noche de invierno para que muriera de frío. Todos fueron ejecutados en el acto.
Cuando todo terminó, los animales que quedaban regresaron a sus puestos en grupos, excepto los cerdos y los perros. Trébol y Benjamín se fueron al granero en silencio. Cuando pasaban por la piedra donde estaban inscritos los Siete Mandamientos, Trébol pidió a Benjamín que leyera el sexto Mandamiento. Benjamín se negó por costumbre a leer nada, pero en esta ocasión leyó:
NINGÚN ANIMAL MATARÁ A OTRO ANIMAL SIN CAUSA JUSTIFICADA
Trébol no recordaba haber visto la última parte antes. Pero en todo caso, estaba escrito allí ahora. La única cosa que turbaba su mente era el recuerdo del día en que la primera resolución había sido tomada. ¿No había dicho el viejo Comandante claramente que los animales nunca debían tiranizar a sus semejantes? ¿No había prohibido Bola de Nieve explícitamente el uso de la violencia? Pero Bola de Nieve era un traidor. Quizás Bola de Nieve había sido malo desde el principio.
Chillón preguntó a los animales si recordaban haber visto a Bola de Nieve en el acto de huir justo después de la batalla y antes de que el tiro de Jones le hiriera en el lomo. Los animales lo recordaban. Por tanto, el que Bola de Nieve hubiera comenzado el ataque con intención traidora era posible. De hecho, era casi cierto. Chillón habló también del miedo de los animales a Jones, y de lo absolutamente necesario que era para todos obedecer a Napoleón. Sin él, Jones habría vuelto con toda seguridad. Los animales aceptaron estas explicaciones. Trébol en su interior seguía sin estar convencida del todo, pero no sabía muy bien cómo expresar sus dudas. Tampoco le parecía bien hablar en contra de Napoleón. Así que aceptó lo que Chillón decía y siguió trabajando para la granja.
Ese año había poca comida. Las raciones de todos los animales, excepto las de los cerdos y los perros, se redujeron. En las conversaciones con Whymper, Napoleón decía que la producción de la Granja Animal era enorme, mayor que en ningún año anterior, aunque en realidad la situación era cada vez peor. Los animales pasaban hambre, pero no lo decían. Había órdenes estrictas de que cada animal que se quejase de escasez de comida sería acusado de connivencia con Bola de Nieve.