Capítulo VIII
George Orwell
Algunos días después de las ejecuciones, Trébol pidió a Benjamín que le leyera el sexto Mandamiento. Benjamín, como siempre, no quería leer, pero esa vez cedió. Cuando Trébol escuchó las palabras, recordó vagamente que había algo diferente de antes: "NINGÚN ANIMAL MATARÁ A OTRO ANIMAL SIN CAUSA JUSTIFICADA". Aunque no recordaba el final de aquella frase, no dijo nada.
Napoleón aparecía raramente en público. Cuando lo hacía, era con una escolta de seis perros, que gruñían a cualquiera que se acercara demasiado. Incluso en privado sólo comía solo, con dos perros para acompañarle. Sus platos eran diferentes de los del resto: le servían la comida en la vajilla del señor Jones. Cuando llegaba la mañana del domingo, los animales se reunían para escuchar las instrucciones de la semana. El camarada Napoleón no se consideraba vinculado por ninguna de las antiguas promesas ni decisiones. En cambio, había que celebrar su cumpleaños cada 12 de septiembre como día festivo especial, con el disparo de un cañón, y también el 3 de mayo, que era el día de la Rebelión. El retrato del camarada Napoleón había sido pintado en la pared del granero grande, junto a los Siete Mandamientos. Los poemas y discursos en honor de Napoleón se escribían en las paredes del granero y en las tablillas.
Ese otoño, Napoleón vendió parte del montón de madera al señor Pilkington. Los animales recordaban que Napoleón, en las negociaciones, había estado siempre a punto de llegar a un acuerdo con el señor Frederick también. El señor Frederick resultó ser muy insistente y ofreció mejores condiciones. Luego se anunció que había llegado a un acuerdo definitivo con el señor Frederick. El montón de madera fue vendido a Frederick. Los animales estaban desconcertados porque habían escuchado decir cosas muy malas sobre Frederick. Se les habían contado historias terribles sobre lo mal que trataba a sus animales. Los animales de Pinchfield podían atestiguar que eran sometidos a sufrimientos terribles: de hecho, eran tan crueles que era difícil escuchar los detalles. El señor Frederick había metido a su perro en el fuego, hacía luchar a sus gallos con hojas de sierra atadas a los espolones, había ahogado a un perro en un barril, y hacía docenas de otras cosas espantosas.
Poco tiempo después, el señor Frederick y una docena de sus hombres llegaron a la granja con escopetas y atacaron el molino. Los animales corrieron a defenderlo. Fue un combate terrible. A medida que los hombres trepaban por las paredes y empujaban la viga principal del molino, los animales los atacaban y retrocedían. Finalmente uno de los hombres colocó una carga de explosivos en la base del molino. Hubo una explosión enorme. El molino quedó en ruinas.
Los animales se lanzaron sobre los hombres y los persiguieron hasta la cerca. Siete animales habían muerto y casi todos los demás estaban heridos. Trébol, Benjamín, el burro fiel, y Boxeador, habían resultado más o menos heridos.
Napoleón declaró la victoria. Señaló el campo de batalla, diciendo que los humanos habían sido derrotados aunque el molino estuviese destruido. El molino sería reconstruido. Pero Boxeador, cuyo flanco estaba lleno de perdigones, cojeba tanto que apenas podía mantenerse en pie.
—¿Qué importa si hemos perdido el molino? —dijo Napoleón—. Hemos ganado la batalla. ¡Fuego a los cañones! ¡Viva la Granja Animal!
Los cañones dispararon. Los animales cantaron "Bestias de Inglaterra". Y así terminó la Batalla del Molino de Viento, como fue llamada más tarde.
Sin embargo, Boxeador tardó mucho en recuperarse de las heridas. Cuando volvió a trabajar, su espalda le dolía siempre, y su paso ya no era el de antes. Pero seguía diciéndose que el trabajo duro era la solución para todos los problemas, y que trabajaría más duro que antes. El efecto visible de la batalla en los animales era el mismo de siempre: algo de orgullo por haber derrotado al enemigo, pero también el recuerdo de las raciones aún más escasas que antes. Que el molino hubiera sido destruido y que aun así se declarara victoria no tenía mucho sentido para los animales. Chillón lo explicó muy bien: no habían tomado más tierra, no habían tomado ningún prisionero, no habían perdido ningún combate. El éxito consistía en que los seres humanos habían podido ser expulsados de la granja. Eso era la victoria.