Voy a recordar —y no me olvidaré— a Apolo el que lanza dardos a lo lejos, el que hace temblar a los dioses cuando entra en la casa de Zeus y todos se levantan de sus asientos cuando él se aproxima y tensa su brillante arco. Sólo Leto permanece junto al tonante Zeus; entonces ella desata el arco y cierra la aljaba, y con sus propias manos cuelga el arco de su padre de un clavo de la columna de oro, y lo lleva y sienta en un asiento. Y su padre le da a beber néctar en copa de oro saludándole; luego los demás dioses toman asiento, y la venerable Leto se complace porque engendró un hijo poderoso y arquero.
¡Salve, bienaventurada Leto, pues engendraste ilustres hijos: el rey Apolo y Ártemis que ama las flechas; a ella en Ortigia y a él en la rocosa Delos, apoyada sobre el gran monte Cintio, junto a la palmera, a las orillas de las corrientes del Inopo!
¿Cómo te cantaré, aunque en todo eres digno de ser cantado? Pues en todas partes es tuyo el canto, oh Febo, tanto en el continente que cría terneros como en las islas. Todos los promontorios te son gratos y los picos de los montes elevados y los ríos que van al ponto y las ensenadas que dan al mar y los puertos marítimos. ¿Te cantaré como primeramente Leto te parió, alegría de los hombres, apoyada sobre el monte Cintio, en la rocosa isla rodeada del ponto? A un lado y otro un negro oleaje se precipitaba hacia tierra impulsado por los tempestuosos vientos; de aquella manera naciste para ser soberano sobre todos los mortales.
Cuantas tierras hay sobre la tierra, islas y puntas de tierra que se adentran en el ponto de elevados bancos, todos temblaron, y cuantos ríos van al ponto. Pero el miedo a ti les cogió también a ellos. Y cuando tú, Febo, saliste de entre las maternales caderas de Leto sobre la tierra nuridora, todos los de inmortal vida gritaron de júbilo; la gloriosa Delos se alegró toda ella, como cuando sobre una montaña se abren las flores del bosque, alegrándose, pues tú la honraste más que todos los países.
El viejo Ceo y el poderoso Éufemo y Egas y Tifo y Énope de robustos brazos y el viejo Egeo, primero entre todos los hombres, el que tiene la isla que lleva su nombre... todos estos gozaron de tu compañía. No llevan tus tiros para venganza, sino para gracia, y su canto es hermoso.
Y tú, Febo Apolo, llegas sobre la tierra y el extenso mar y te detienes en los promontorios, mirando las islas de los hombres e inspeccionas también el terreno para construir un oráculo. Y cuando llegaste a Onquesto el hermoso bosque sagrado de Posidón, encontraste allí a un hombre que dominaba un potro indomado, pues el potro que acaba de ser uncido se agita y el hombre baja para descansar un poco de su traqueteo en el camino; y el potro arrastra el carro vacío. Si rompe un timón del bien trabajado carro, el conductor cuida el caballo y el oráculo y jura que no construirá el carro solo; así dicen el rito del santuario.
Luego de allí fuiste a Telúfusa, y allí te pareció un apacible lugar para construir tu oráculo y tus floridos prados. Y acercándote a ella le hablaste estas palabras:
—Telúfusa, aquí me propongo construir un hermosísimo templo, un oráculo para los hombres, a quienes todos traerán siempre aquí hecatombes perfectas, tanto los que viven en el fértil Peloponeso como los que viven en Europa y en todas las islas batidas por el oleaje; a ellos les daré consejos infalibles, haciendo oráculos en mi rico templo.
Así dijiste; mas la Telúfusa tuvo en el pecho envidia de ti y te dirigió estas palabras:
—Febo Apolo soberano, aquí me propongo darte un consejo, ya que tú quieres construir un hermoso templo para hacer un oráculo para los hombres, que siempre traerán de todos lados hecatombes perfectas. Reflexiona sobre ello y escucha mis palabras. Te molestarán siempre el galope de rápidos caballos y el ruido de mulas que beben aquí en mi sagrado manantial; y aquí el hombre que quiera contemplate desde un hermoso carro, más le preocuparán los caballos. Si en cambio quieres construir en Crisa, al pie del Parnaso nevado, ningún carro espléndido hará ruido, y nunca habrá el bullicio de rápidos caballos, sino que las insigne ofrendas te serán traídas por los hombres y llegarás a los que así habitan cantando muy hermosos himnos.
Así le dijo persuadiéndote; pues quería tener fama famosa en este lugar y no que el que lanza dardos a lo lejos tuviese el glorioso santuario.
Desde allí partiste a lo lejos, Oh Febo, a los hombres soberbios de los focenses, y llegaste rápidamente a Crisa, debajo del nevoso Parnaso, al declive de su vertiente que mira hacia el poniente, sobre ella hay una roca que pende desde arriba y por abajo va un barranco rugoso. Allí el soberano Febo Apolo decidió construir su hermosísimo templo y dijo:
—Aquí me propongo construir un hermosísimo templo, un oráculo para los hombres, a quienes todos traerán siempre aquí hecatombes perfectas.
Al decir esto, se dispuso a echar los cimientos, extensos y muy largos desde el principio; encima puso la cimentación de piedra Trofonio y Agamedes, hijos de Ergino, amados de los dioses inmortales. Y el pueblo innumerable de los hombres la asentó con piedras talladas, para que fuese cantada para siempre.
Allí había una fuente de hermosa corriente, allí el hijo de Zeus mató con su poderoso arco a la serpiente dragona, rechoncha y grande, monstruo feroz, que hacía mucho daño a los hombres de la tierra, muchas veces a ellos y a sus rebaños de ágiles patas; pues era un sangriento azote. Ella recibió un día de la áurea Hera a Tifaón fiero, un azote para los mortales, al que la Hera parió furiosa contra el padre Zeus, cuando el Cronión parió de su propia cabeza a la gloriosa Atenea; la soberana Hera se encolerizó en seguida y dijo entre los inmortales reunidos:
—¡Escuchadme todos los dioses y todas las diosas, escuchad cómo Zeus comienza a ultrajarme sin causa, cuando me ha adoptado como esposa fiel! Ahora ha parido él solo a Atenea de brillantes ojos, que sobresale entre todos los inmortales; mientras que mi hijo Hefesto, que nació de mí entre todos los inmortales, fue el más endeble con los pies contrahechos; yo lo cogí con mis propias manos y lo eché al vasto ponto. También lo tomó en sus manos la de pies de plata Tetis, hija de Nereo, y lo crió entre sus hermanas. ¡Ojalá hubiera hecho a los bienaventurados dioses algún otro favor! Ahora maquina, Zeus celoso, otra cosa entre los inmortales, lejos de mí. ¿Cómo me atreveré a parir, yo que me alejé de tu lecho y moré entre los bienaventurados dioses?
Y con estas palabras se golpeó la tierra con la palma de su mano vigorosa y dijo:
—¡Escúchame Tierra y el vasto Cielo por encima y los Titanes dioses que habitáis bajo la tierra alrededor del gran Tártaro, y de quienes proceden los hombres y los dioses! ¡Escuchadme todos vosotros, y dadme sin Zeus un hijo, que no sea inferior en fuerza a él, sino que sea superior al Zeus de tantos consejos, tan superior como el muy tronante Zeus es superior a Cronos!
Así dijo, y golpeó la tierra con su robusta mano. Y la tierra que da vida se agitó, y al ver Hera se alegró el corazón; pues pensó que su deseo habría de cumplirse. Y desde aquel momento y hasta que se cumpliese el año ya no entró en el lecho de Zeus astuto, ni se sentó en su labrado trono donde antes solía sentarse y hablar de sus planes astutos; sino que quedó en sus templos llenos de votos y se complacía en ellos, la Hera de hermosa corona. Cuando se cumplieron los meses y pasó el tiempo de las estaciones y los días se hicieron a medida, parió algo espantoso, que no era semejante a los dioses ni a los hombres: la feroz Tifaón azote de los mortales. Luego la Hera soberana le tomó y le dio a la serpiente dragona, y ella le recibió. Este Tifaón hacía mucho daño a las famosas tribus de los hombres. El que se encontrara con él llegaba al día fatal, hasta que el soberano Febo Apolo le disparó su poderoso dardo. Ella yacía retorciéndose en agudas ansias, respirando profundamente y revolcándose por el suelo; un clamor inmenso surgía, pero el bosque la cubría por todos lados.
El dios le dijo entonces exultante de gloria:
—Ahora, en esta tierra, putrefiéndote sobre el suelo que te da la vida; tampoco tú, que tan cruelmente dañabas a los hombres vivos, serás ya un mal azote. Antes bien, la tierra negra y el brillante Hiperión os podrán pudrir. La infeliz Tifaón no te nutrirá ya más. Sobre ti actuará la oscura Erínea y la cruel Moira.
Así dijo exultante; y ella fue podrida sobre la tierra, al calor del sol, de donde viene el nombre de Pito, y el rey Apolo fue llamado Pitio, pues allí, sobre ese lugar, la fuerza del penetrante sol hizo podrir al monstruo.
Y desde allí Febo Apolo reflexionó en su corazón sobre los hombres que le servirían. Mirando luego desde Pito sobre el vasto mar vio una velera nave: iban en ella muchos y buenos hombres, cretenses de Cnosos, ciudad de Minos, que para el soberano hacían sacrificios e informaban sobre los decretos que Febo Apolo manifiesta a los hombres con la dorada varilla del laurel. Febo Apolo fue a ellos por el ponto como un delfín y se posó sobre la velera nave, un monstruo grande y terrible, y ninguno de ellos puso atención en ello ni en reflexionarlo en su corazón, sino que intentaron arrojar al delfín al ponto; pero él se agitaba y sacudía las maderas oscuras de la nave; ellos se sentaron silenciosos de miedo sobre la nave y no soltaron las amarras por toda la nave oscura, ni arriaron la vela de la oscura nave de proa, sino que, tal y como estaba con la vela de cuero, navegaron. Entonces el viento del sur perseguía velozmente desde detrás a la nave de proa rápida. Primero doblaron la punta del Maleo y luego bordearon la costa laconia hasta que llegaron a Taito —que el potente Helios ama, donde los veloces caballos se detienen— y a la ciudad que allí está en la costa.
Allí el gran Febo Apolo los enseñó e hizo que el Noto soplara fuertemente atrás de la nave de popa rápida. Y ellos llegaron de nuevo al vasto oleaje del mar y navegaron a lo largo de una tierra muy fértil. Entonces el dios del arco de plata, el que lanza dardos a lo lejos, se apareció a ellos saltando desde el mar a la nave velera con rapidez al modo de una estrella en pleno día, cuando en el cielo las chispas brillan más allá; de allí saltó al mar y corrió sobre las olas hacia el ancho oriente. Subió luego a la nave de popa rápida; él mismo se sentó al timón y los envió a Pito. Y al punto comenzó la aurora a brillar sobre la tierra. El delfín los llevó a través de las olas del mar a la honda orilla de Crisa.
Así fondearon en la arena, donde el delfín saltó del mar a la tierra, igual que una estrella; y Febo Apolo subió al templo ungiendo su corazón. Y dijo:
—¡Salve, mortales, todos: que mucho os cuidéis de faltarme en los sacrificios! ¿Acaso pensáis en vuestro corazón torcidamente sobre mí? Ya me habéis obedecido en el vasto ponto; a partir de ahora sabed que yo soy vuestro soberano, Febo Apolo. El recinto de este templo es sagrado, y las ofrendas abundantes estarán en él, y todos los hombres le traerán hecatombes a mí, que habito en Pito, en el nevoso Parnaso. Si algún hombre viene a informarse sobre su destino, traed la hecatombe a mi hermoso templo y venid a mí, a que mi espíritu os dé una respuesta fiel.
Y los cretenses le respondieron:
—¡Oh soberano, pues tienes aspecto y el cuerpo de un inmortal: cómo daremos nosotros gusto a los hombres con quienes nos hemos juntado? ¿Cómo viviremos, pues no sabemos el trabajo de la tierra, ni tenemos viñas, ni labramos la tierra?
Apolo sonrió y les dijo:
—¡Oh insensatos! ¡Cuán ansiosos de fatigas, cuán deseosos de penalidades y miserias! Os digo una cosa fácil y os la mando guardar en vuestra mente. Cada uno de vosotros, con el cuchillo en la mano derecha, sacrificad ovejas, que os procurará mucha abundancia el que os dé tierra fértil. Cuidaréis de mi templo, que tendrá honra entre todos los hombres, y os daré riquezas perpetuamente. Obedeced y todo irá bien.
Así les habló Apolo, y ellos pusieron atención y obedecieron. Primero llegaron al monte Parnaso y al hermoso recinto de Febo Apolo.