Canta, ¡oh Musa!, a Hermes, el hijo de Zeus y Maya, soberano de Cilene y del Arcadia rica en rebaños, mensajero de los inmortales de suerte propicia, al que Maya parió, la de bello pelo, ninfa venerable, en unión de Zeus, una vez que eludió a los bienaventurados dioses en un antro de profunda sombra sobre el Cilene augusto.
No era el momento en que la tribu de los felices dioses se reuniera, ni tampoco en que los mortales de corta vida supieran de ella; sino que la hija del portentoso Atlas dormía en el profundo antro con el Cronión de poderoso brazo; el dulce sueño la tenía a ella, la de bello pelo, mientras el tronante Zeus tenía trato de amor con la ninfa en la oscura noche. Cuando la mente del poderoso Zeus logró su ansia —en el décimo mes los rayos del sol señalaron el destino— la ninfa parió un hijo ilustre. Tal era Hermes el artero e ingenioso, ladrón de vacas, guía de sueños, espiador en la noche, guardaportales, que pronto había de revelar hechos ilustres entre los dioses inmortales.
Nacido al amanecer en la mañana, al mediodía tañía la cítara, y en la tarde robó las vacas al Apolo que lanza dardos a lo lejos; el cuarto día desde el comienzo en que la venerable Maya le parió.
No más hubo salido del venerable seno de su madre cuando ya no se detuvo en la sagrada cuna; saltó y fue a buscar las vacas de Apolo; cuando las hubo cruzado el umbral de la gruta alta de bóveda halló una tortuga y obtuvo un placer sin fin; pues Hermes fue el primero en hacer de la tortuga un cantor. La tortuga avanzaba ante sus puertas, comiendo el abundante pasto delante de la morada, andando despacio, arrastrando sus curvados pies. El hijo bienaventurado de Zeus la miró y se rió, y dijo inmediatamente:
—¡Presagio dichoso ya mismo, no lo despreciaré! Salve, compañera del banquete de la danza de salud, preciosa forma. ¡Dónde cogiste ese bello juguete, ese vistoso escudo, morando en los montes? Lo llevaré adentro: me será de provecho, y no te deshonraré. Tú podrás servirme primero; es mejor que estés adentro; pues si estás fuera, daño podrías recibir. Vivo eres antídoto del hechizo funesto; si murieras serías un cantor excelente.
Así dijo, y la tomó con ambas manos, y volvió hacia adentro llevando su delicioso juguete. La vació y la torció con una gubia de hierro la vida de la fea montesa tortuga. Igual que un rápido pensamiento lleva a un hombre que muy aprisa en ideas vuela, y con él circula a través de muchas ciudades, así el ilustre Hermes pensó y obró a la vez. Cortó cañas de palmito en medida conveniente y las pegó pasando a través del dorso de la tortuga; y extendió hábilmente la piel de un buey con su propio genio, y puso los brazos, y por encima una varilla atravesó y siete cuerdas de tripa de oveja acordadas sujetó en lo alto.
Cuando lo hubo fabricado, levantó el hermoso juguete y lo probó con el plectro, y sonó divinamente bajo la mano. El dios cantó con él hermosas canciones improvisando, así como los jóvenes en los festines mezclan canciones, disparatando de la divinidad de Zeus y Maya de hermosas sandalias, cómo antes se pasaban el tiempo en el amor agradable, y cantó su propia gloriosa descendencia, y nombró a las sirvientas de la ninfa y sus espléndidas moradas y los trípodes y las marmitas llenas que tenía en la casa, y cantó estas cosas, y lo miraba el ánima; y ardía en el pecho del corazón por codiciar la hazaña.
Luego él la puso en la sagrada cuna, y se fue arrebatado por la gula de carne, hacia el monte con olores de laurel, mirando donde llevar a cabo sus obras. El sol de antorcha de fuego se sumergía bajo la tierra hacia el océano con sus caballos y su carro; Hermes llegó veloz a las umbrosas montañas de Pieria, donde tenían su establo las vacas inmortales, los que de los bienaventurados dioses son nutridos por los establos prados. Y el hijo feliz de Maya, el celoso espiador, contó quinientas vacas de rugido fuerte; las condujo a través del arenoso desierto, e hizo que sus huellas fuesen confusas, dando vuelta a los cascos, trasponiendo los de detrás a los de delante y los de delante a los de detrás, mientras él mismo andaba al revés. Pronto trenzó las sandalias con ramas de mirto y tamarisco florido, atando juntos los recientes ramos, y las amarró a sus pies, el follaje y todo, a manera de calzado para el camino, con el fin de que sus huellas fuesen extrañas, que el venerable Apolo se maravillaría al ver los rastros; a través de la arena del mar las conducía, maravillosas de ver, señales de grandes pies, como si fueran pasos de hombres gigantescos.
Pasadas de largo las arenosas orillas, entró pronto en los prados de alta hierba, las vacas de casco duro en que el Hermes se distinguía de los inmortales. Encendió fuego frotando dos palitos uno contra otro; tomó una hoja de laurel magnificente y la desgajó; un cálido hálito la encendió, y una llama inextinguible consumió mucha leña.
Preparó entonces y organizó el Argicida poderoso cuanto era menester: sacó del hato dos grandes vacas de cuernos doblados y las tumbó jadeantes a tierra. Trabajó encorvado con los brazos fortísimos; las empujó boca arriba y cortó las venas del cuello al par que penetraba en ellas su trabajo de aliento vital. Y allí realizó hazaña tras hazaña: cortó la gloriosa carne y sacó de ella el pingüe sebo en asadores de madera; puso en tierra la carne, el lomo e incluso la noble tripa llena de sangre negra; todo dispuesto en fila. Tendió las pieles sobre una roca de dura superficie. Todavía hoy por hoy las puedes ver allí, aunque ha transcurrido mucho tiempo; luego Hermes contento de su obra puso la grasa en el suelo de piedra llana.
Dividió el resto en doce partes y distribuyó completamente el honor. Después añoró a las sagradas porciones; pues el dulce olor le agitaba las entrañas aun siendo inmortal; pero no cedió al deseo de su corazón, por venerable que fuera; lo guardó en la sagrada tripa, aunque ardía con deseos de comer. Llevó la grasa y las tajadas a la sala de bóveda alta, y al punto recogió leña y las dejó allí quemarse. Luego las cenizas borró con sus pies todas sobre la orilla negra al calor de Selene durante la sagrada noche.
Regresó luego al Cilene, a los picos del sagrado monte, y no encontró a nadie de los bienaventurados ni de los mortales en su largo camino; ningún perro tampoco le ladró. Hermes el Argicida, descendiente del beato Zeus, torció el cuerpo y entró por la cerradura de la sala, como brisa de otoño o como niebla, directamente al interior del antro.
Entrando directamente al opulento antro, pisó despacito, sin hacer ruido alguno, sin pasar por el suelo, hasta la sagrada cuna; entonces se tapó con los pañales como un recién nacido, guardando entre sus manos su querida tortuga y el paño sobre sus rodillas.
Pero el dios no engañó a su amada madre; pues ella le dijo:
—¿Qué ardid es ese, marrullero, dónde has estado de noche? Ahora mismo veo que eres incorregible y que vendrás del Leteo con tus manos apretadas. Ahora ve adentro; tu padre al engendraros ha creado en vosotros grandes lazos de penas.
Y Hermes le respondió con arteras palabras:
—Madre, ¿por qué esperas asustarme con esto, cual si fuera un niño pequeño sin entendimiento, y un niño que tiene muy poco conocimiento de su madre y que se va a asustar a sí mismo? Me voy a llevar el oficio más ventajoso que hay entre los inmortales, cuidándome de ti y de mí perpetuamente; y no toleraremos quedarnos aquí los dos solos, al margen de los dioses inmortales, sin ofrendas y sin plegarias, como me dices que quieres. Mejor es estar siempre con los inmortales, ricos y prósperos y repletos de cosechas, que morar en el sombrío antro. En cuanto a honra, participaré del mismo honor que el Apolo.
Nacido al amanecer, a mediodía tañía la cítara y en la tarde robó las vacas al Apolo que lanza dardos a lo lejos.
Entretanto el rey Apolo de plata fue al santuario oloroso de Pieria, donde las divinas vacas de larga vida estaban sin labrar y sin tocar en el prado florido. Y vio que estaban perdidas cincuenta de las que gozaban de la labor de pastar. Regresó al Apolo el que va muy lejos, y fue yendo veloz sobre la misma tierra, de donde vio el sueño del alba. Al punto fue al valle de Onquesto umbroso. Encontró allí a un anciano que apacentaba un rebaño junto al camino, y le dijo el soberano Febo Apolo en primer lugar:
—Anciano tú, que allí siegas la espesura en el campo florido, yo vine a Pieria buscando mis vacas, todas vacas hembras, de cuernos retorcidos; el negro toro pastaba solo, aparte del rebaño, y cuatro perros de ojos centelleantes las seguían, de una voluntad, como si fueran hombres. Me dejaron estos atrás —maravilla enorme— y las vacas también, puesto que el sol se ponía. Dime, anciano nacido antes de mucho tiempo: ¿has visto aquí a algún hombre que guiara esas vacas?
Habló el anciano y le respondió:
—Amigo, es difícil decir todo lo que han visto los ojos; pues muchos viajeros pasan por aquí; muchos van de un lado a otro, y algunos buscan el bien y otros el mal. Es difícil discernirlos a todos. Sin embargo, yo me pasé toda la sagrada jornada hasta que el sol se puso excavando mi viña de montaña; y me parece, más no puedo asegurarlo, que vi a un niño —¿quién puede decirlo?— acompañando a las cornudas vacas, un niño tierno que llevaba una vara y andaba de lado a lado; las llevaba al revés.
Así habló el anciano; y el Apolo escuchó y fue veloz. Y vio un pájaro de largas alas y al punto reconoció que el ladrón era el hijo del Zeus Cronión; el soberano Febo Apolo vino aprisa a la sagrada Pilos en busca de las vacas de paso lento. El de ancho quepis lo vio acercarse en busca de sus vacas, y se encogió en sus mantas de olores fuertes; como un niño en el seno del fuego que apaga la llama de ardientes carbones, así Hermes se escondió en sí mismo. El señor Apolo de mano eficaz se aproximó sin quedar engañado, y dijo:
—¡Criatura!, dime dónde están mis vacas, que prontamente te diré y de verdad. No faltarán los honores divinos que se te tienen decretados; pues vas a ser señalado como jefe de los ladrones y de quienes roban el ganado que pace por el campo. No más. Desvélalos.
Y Hermes le respondió con arteras palabras:
—¡Apolo!, ¿con qué enojo me buscas? ¿Has venido a por vacas que pastan en el campo? No vi nada, no sé nada; no oí nada de ninguno; ni te puedo decir la verdad. No soy yo ladrón de vacas, ni fuerte hombre, pues otro trabajo el mío es: yo me cuido del sueño, de la leche materna, de envolverme en los pañales del hombro y de calentarme al baño. No me armes pleito de esto: te causaría gran asombro ante los inmortales, que Zeus Cronión haya engendrado un hijo como yo que para robarte vacas se va del antro paterno, cosa absurda. Soy de ayer; mis pies delicados, mi tierra abajo se halla dura. ¡Pero si quieres, juraré por la cabeza de mi padre!: ni soy culpable yo, ni he visto a ningún otro ladrón de tus vacas; vacas, lo que se dice vacas, ¿qué son, pues, vacas? Lo he oído decir.
Así habló; y cuando el brillante Apolo escuchó esto, lo asió y lleváronse a tierra el uno al otro. La mente del ilustre Hermes pensaba que mientras Apolo cogiera las mantas amarillas de los pañales no podría hacerle nada; y fácilmente las retenía, y apenas el brillante Hermes menguaba los dos pies, Apolo en seguida en pie se puso. Entonces el uno al otro se miraron frente a frente; Hermes se dispuso a cumplir una petición de gracia; mirando su noble frente, puso en la mano de Apolo la tortuga, que él no podía rehusar. Tomó Apolo la cítara y probó con cada una de las cuerdas. Esta tocando sonó divinamente bajo la mano del dios, y la enseñó al Argifonte; y el tiempo fue largo; allí le cantó.
Apolo ya se alegró; para siempre ha quedado: te tendré por amigo; te daré la varilla de oro de la felicidad y de la riqueza, el báculo de tres hojas de doradas frondas, que todo lo guía, dice el dios, que es mensajero de los inmortales y el único que ha podido ponerse de acuerdo con la Moira sobre lo que le está decretado a los mortales e inmortales.
—En lo demás, hijo de Zeus y Maya, no te lo prometo: que sepas sobre futuros. Eso va a quedar bien guardado en el antro sagrado del inmortal, para que puedan servirse y beneficiarse los numerosos hombres; pero si quieres, también yo te comunicaré el arte que me enseñaron las divinas hermanas con alas libres.
Y Hermes se alegró, tomó la brillante varilla y la usó como mensajero de los dioses, y desde ese momento fue el del báculo de oro entre los inmortales.