El ESPECTRO
HAMLET, Príncipe de Dinamarca
El REY Claudio, hermano del difunto Rey Hamlet
La PEINA Gertrudis, viuda del difunto Rey Hamlet y esposa del Rey Claudio
POLONIO, dignatario de la corte danesa
OFELIA, hija de Polonio
LAERTES, hijo de Polonio
REINALDO, criado de Polonio
HORACIO amigos de Hamlet
ROSENCRANTZ amigos de Hamlet
GUILDENSTERN amigos de Hamlet
VOLTEMAND cortesanos
CORNELIO cortesanos
OSRIC cortesanos
FRANCISCO soldados
BERNARDO soldados
MARCELO soldados
FORTINBRÁS, Príncipe de Noruega
Un CAPITÁN del ejército noruego
El ENTERRADOR
Un SACERDOTE
SECUACES de Laertes
EMBAJADORES de Inglaterra
Cortesanos, mensajeros, criados, guardias, soldados, acompañamiento.
Entran BERNARDO y FRANCISCO, dos centinelas.
¿Quién va?
¡Contestad vos! ¡Alto, daos a conocer!
¡Viva el rey!
¿Bernardo?
El mismo.
Llegas con gran puntualidad.
Ya han dado las doce: acuéstate, Francisco.
Gracias por el relevo. Hace un frío ingrato, y estoy abatido.
¿Todo en calma?
No se ha oído un ratón.
Muy bien, buenas noches.
Si ves a Horacio y a Marcelo,
mis compañeros de guardia, dales prisa.
Entran HORACIO y MARCELO.
Creo que los oigo. ¡Alto! ¿Quién va?
Amigos de esta tierra.
Y vasallos del rey danés.
Adiós, buenas noches.
Adiós, buen soldado. ¿Quién te releva?
Bernardo. Quedad con Dios.
Sale.
¡Eh, Bernardo!
¡Eh! Oye, ¿está ahí Horacio?
Parte de él.
Bienvenido, Horacio. Bienvenido, Marcelo.
¿Se ha vuelto a aparecer eso esta noche?
Yo no he visto nada.
Dice Horacio que es una fantasía,
y se resiste a creer en la espantosa
figura que hemos visto ya dos veces.
Por eso le he rogado que vigile
con nosotros el paso de la noche,
para que, si vuelve ese aparecido,
confirme que lo vimos y le hable.
¡Bah! No vendrá.
Siéntate un rato
y deja que asediemos tus oídos,
tan escudados contra nuestra historia,
diciéndote lo que hemos visto estas dos noches
Muy bien, sentémonos
y oigamos lo que cuenta Bernardo.
Anoche mismo, cuando esa estrella
que hay al oeste de la polar se movía
iluminando la parte del cielo
en que ahora brilla, Marcelo y yo,
con el reloj dando la una…
Entra el ESPECTRO.
¡Chsss! No sigas: mira, ahí viene.
La misma figura; igual que el rey muerto.
Tú tienes estudios: háblale, Horacio.
¿No se parece al rey? Fíjate, Horacio.
Muchísimo. Me sobrecoge y angustia.
Quiere que le hablen.
Pregúntale, Horacio.
¿Quién eres, que usurpas esta hora de la noche
y la forma intrépida y marcial
del que en vida fue rey de Dinamarca?
Por el cielo, te conjuro que hables.
Se ha ofendido.
Mira, se aleja solemne.
Espera, habla, habla. Te conjuro que hables.
Sale el ESPECTRO.
Se fue sin contestar.
Bueno, Horacio. Estás temblando y palideces.
¿No es esto algo más que una ilusión?
¿Qué opinas?
Por Dios, que no lo habría creído
sin la prueba real y terminante
de mis ojos.
¿Verdad que se parece al rey?
Como tú a ti mismo.
Tal era la armadura que llevaba
cuando combatió al ambicioso rey noruego.
Tal su ceño cuando, tras fiera discusión,
a los polacos aplastó en sus trineos
sobre el hielo. Es asombroso.
Con paso tan marcial ha cruzado ya dos veces
nuestro puesto a esta hora cerrada de la noche.
No puedo interpretarlo exactamente,
pero, en lo que se me alcanza, creo que esto
presagia conmoción en nuestro estado.
Bueno, sentaos, y dígame quien lo sepa
por qué se exige cada noche al ciudadano
tan estricta y rigurosa vigilancia;
por qué tanto fundir cañones día tras día
y comprar armamento al extranjero;
por qué se reclutan calafates, cuyo esfuerzo
no distingue el domingo en la semana.
¿Qué ejército amenaza para que prisa y sudor
hagan compañeros de trabajo al día y a la noche?
¿Quién puede informarme?
Yo puedo. Al menos, el rumor
que corre es este: nuestro difunto rey,
cuya imagen se nos ha aparecido ahora,
sabéis que fue retado por Fortinbrás
de Noruega, que se crecía en su afán
de emulación. Nuestro valiente Hamlet,
pues tal era su fama en el mundo conocido,
mató a Fortinbrás, quien, según pacto sellado,
con refrendo de las leyes de la caballería,
con su vida entregó a su vencedor
todas las tierras de que era propietario:
nuestro rey había puesto en juego
una parte equivalente, que habría recaído
en Fortinbrás, de haber triunfado éste;
de igual modo que la suya, según
lo previsto y pactado en el acuerdo,
pasó a Hamlet. Pues bien, Fortinbrás el joven,
rebosante de ímpetu y ardor,
por los confines de Noruega ha reclutado
una partida de aventureros sin tierras,
carne de cañón para un empeño
de coraje, que no es más,
como han visto muy bien en el gobierno,
que arrebatarnos por la fuerza
y el peso de las armas esas tierras
perdidas por su padre. Creo que esta es
la causa principal de los aprestos,
la razón de nuestra guardia, la fuente
del tráfago y actividad en nuestro reino.
Vuelve a entrar el ESPECTRO.
Pero, ¡alto, mirad! ¡Ahí vuelve! Le saldré
al paso, aunque me fulmine. ¡Detente, ilusión!
El ESPECTRO abre los brazos.
Si hay en ti voz o sonido, háblame.
Si hay que hacer alguna buena obra
que te depare alivio y a mí, gracia, háblame.
Si sabes de peligros que amenacen
a tu patria y puedan evitarse, háblame.
O, si escondes en el vientre de la tierra
tesoros en vida mal ganados, lo cual,
según se cree, os hace a los espíritus
vagar en vuestra muerte, háblame. ¡Detente y habla!
Canta el gallo.
¡Detenlo tú, Marcelo!
¿Le doy con mi alabarda?
Si no se para, dale.
¡Está aquí!
¡Aquí!
Sale el ESPECRRO.
Se ha ido.
Hicimos mal en usar la violencia
con un ser de tanta majestad,
pues es invulnerable como el aire
y pretender agredirle es una burla.
Iba a hablar cuando cantó el gallo.
Y se sobresaltó como un culpable
citado por el juez. He oído decir
que el gallo, clarín de la mañana,
despierta con su voz altiva y penetrante
al dios del día y que, alertados,
en tierra o aire, mar o fuego,
los espíritus errantes en seguida
se recluyen: de que es verdad
ha dado prueba este aparecido.
Se esfumó al cantar el gallo.
Dicen que en los días anteriores
al del nacimiento de nuestro Salvador
el ave de la aurora canta toda la noche;
entonces, dicen, no vagan los espíritus,
las noches son puras, los astros no dañan,
las hadas no embrujan, las brujas no hechizan:
tan santo y tan bendito es este tiempo.
Eso he oído, y lo creo en parte. Mas mirad:
con manto cobrizo, el alba camina
sobre el rocío de esa cumbre del oriente.
Dejemos la guardia y, si os parece,
vamos a contar al joven Hamlet
lo que hemos visto esta noche, pues, por mi vida,
que el espectro, mudo con nosotros, le hablará.
¿Estáis de acuerdo en que debemos informarle,
como exigen la amistad y nuestro deber?
Sí, vamos, que sé dónde podemos
hallarle fácilmente esta mañana.
Salen.
Entran Claudio, REY de Dinamarca, la REINA Gertrudis, HAMLET, POLONIO, LAERTES y su hermana OFELIA, señores y acompañamiento.
Aunque la muerte de mi amado hermano Hamlet
sigue viva en el recuerdo, y procedía
sumirse en el dolor y fundirse todo el reino
en un solo semblante de tristeza,
no obstante, tanto han combatido la cordura
y el afecto, que ahora le lloro con buen juicio
sin haber olvidado mi persona.
Por eso, a quien fuera mi cuñada, hoy mi reina,
viuda corregente de nuestra guerrera nación,
con, por así decir, la dicha ensombrecida,
con un ojo radiante y el otro desolado,
con gozo en las exequias y duelo en nuestra boda,
equilibrando el júbilo y el luto,
la he tomado por esposa. Y no he desestimado
vuestro buen criterio, que siempre prodigasteis
en el curso de este asunto. Por todo ello, gracias.
Ahora sabed que Fortinbrás el joven,
juzgando mal nuestra valía o creyendo
que, tras la muerte de mi amado hermano,
la nación está descoyuntada y en desorden,
y movido por sueños de ventaja,
no ha dejado de asediarme con mensajes
que reclaman la entrega de las tierras
perdidas por su padre y en buena ley ganadas
por mi valiente hermano. Esto, en cuanto a él.
Entran VOLTEMAND y CORNELIO.
Respecto a mí y a la presente reunión,
el caso es como sigue: he escrito esta carta
al rey noruego, tío de Fortinbrás el joven,
quien, sin fuerzas y postrado, apenas sabe
la intención de su sobrino, pidiéndole
que detenga su avance, ya que toda
la tropa reclutada se compone
de súbditos suyos. Y así os envío,
queridos Cornelio y Voltemand,
como portadores de mi saludo al viejo rey,
sin daros más poder personal
para negociar con el noruego que el fijado
ampliamente en estas cláusulas. Adiós,
y que vuestra rapidez sea prueba de lealtad.
En esto como en todo veréis nuestra lealtad.
No puedo dudarlo. Cordialmente, adiós.
Salen VOLTEMAND y CORNELIO.
Bien, Laertes, ¿qué hay de nuevo?
Me hablaste de una súplica. ¿Cuál es, Laertes?
Al rey danés nada que sea de razón
le pedirás en vano. ¿Qué solicitas, Laertes,
que no pueda ser mi ofrecimiento, y no tu ruego?
La cabeza no será tan afín al corazón,
ni la mano diligente con la boca
como el trono de Dinamarca con tu padre.
¿Qué deseas, Laertes?
Augusto señor, la merced
de vuestra venia para regresar a Francia,
pues, aunque vine a Dinamarca de buen grado
a mostraros mi lealtad en vuestra coronación,
ahora confieso que, cumplido mi deber,
mis pensamientos y deseos miran a Francia
y se inclinan en demanda de permiso.
¿Tienes la venia de tu padre? ¿Qué dice Polonio?
Sí, mi señor.
Os suplico que le deis vuestra licencia.
Disfruta de tus años, Laertes; tuyo sea el tiempo
y emplea tus buenas prendas a tu gusto. –
Y ahora, sobrino Hamlet e hijo mío…
Más en familia y menos familiar.
¿Cómo es que estás siempre tan sombrío?
No, mi señor: es que me da mucho el sol.
Querido Hamlet, sal de tu penumbra
y mira a Dinamarca con ojos de afecto.
No quieras estar siempre, con párpado abatido,
buscando en el polvo a tu noble padre.
Sabes que es ley común: lo que vive, morirá,
pasando por la vida hacia la eternidad.
Sí, señora, es ley común.
Si lo es, ¿por qué parece para ti tan singular?
¿Parece, señora? No: es. En mí no hay «parecer».
No es mi capa negra, buena madre,
ni mi constante luto riguroso,
ni suspiros de un aliento entrecortado,
no, ni ríos que manan de los ojos,
ni expresión decaída de la cara,
con todos los modos, formas y muestras de dolor,
lo que puede retratarme; todo eso es «parecer»,
pues son gestos que se pueden simular.
Lo que yo llevo dentro no se expresa;
lo demás es ropaje de la pena.
Es bueno y digno de alabanza, Hamlet,
que llores a tu padre tan fielmente,
pero sabes que tu padre perdió un padre,
y ese padre perdió al suyo; y que el deber filial
obligaba al hijo por un tiempo
a guardar luto. Pero aferrarse
a un duelo pertinaz es conducta
impía y obstinada, dolor poco viril,
y muestra voluntad contraria al cielo,
ánimo débil, alma impaciente,
entendimiento ignorante e inmaduro.
Pues, sabiendo que hay algo inevitable
y tan común como la cosa más normal,
¿por qué hemos de tomarlo tan a pecho
en necia oposición? ¡Vamos! Es una ofensa al cielo,
ofensa al muerto, ofensa a la realidad
y hostil a la razón, cuya plática perpetua
es la muerte de los padres, y que siempre,
desde el primer cadáver hasta el último,
ha proclamado: «Así ha de ser.» Te ruego
que entierres esa pena infructuosa y que veas
en mí a un padre, pues sepa el mundo
que tú eres el más próximo a mi trono,
y que pienso prodigarte un género de afecto
en nada inferior al que el más tierno padre
profese a su hijo. Respecto a tu propósito
de volver a la universidad de Wittenberg ,
no podría ser más contrario a mi deseo,
y te suplico que accedas a quedarte,
ante el gozo y alegría de mis ojos,
cual cortesano principal, sobrino e hijo mío.
Que tu madre no te ruegue en vano, Hamlet:
quédate con nosotros, no vayas a Wittenberg.
Haré cuanto pueda por obedeceros, señora.
Una respuesta grata y cariñosa.
Sé como yo mismo en Dinamarca. -Venid, señora.
El libre y gentil asentimiento de Hamlet
sonríe a mi corazón; en gratitud
el rey no brindará en este día
sin que el cañón a las nubes lo proclame
y mi brindis retumbe por el cielo,
repitiendo el trueno de la tierra. Vamos.
Salen todos menos HAMLET.
¡Ojalá que esta carne tan firme, tan sólida,
se fundiera y derritiera hecha rocío,
o el Eterno no hubiera promulgado
una ley contra el suicidio! ¡Ah, Dios, Dios,
que enojosos, rancios, inútiles e inertes
me parecen los hábitos del mundo!
¡Me repugna! Es un jardín sin cuidar,
echado a perder: invadido hasta los bordes
por hierbas infectas. ¡Haber llegado a esto!
Muerto hace dos meses… No, ni dos; no tanto.
Un rey tan admirable, un Hiperión
al lado de este sátiro, tan tierno con mi madre
que nunca permitía que los vientos del cielo
le hiriesen la cara. ¡Cielo y tierra!
¿He de recordarlo? Y ella se le abrazaba
como si el alimento le excitase
el apetito; pero luego, al mes escaso…
¡Que no lo piense! Flaqueza, te llamas mujer.
Al mes apenas, antes que gastase los zapatos
con los que acompañó el cadáver de mi padre
como Níobe, toda llanto, ella, ella
(¡Dios mío, una bestia sin uso de razón
le habría llorado más!) se casa con mi tío,
hermano de mi padre, y a él tan semejante
como yo a Hércules; al mes escaso,
antes que la sal de sus lágrimas bastardas
dejara de irritarle los ojos,
vuelve a casarse. ¡Ah, malvada prontitud,
saltar con tal viveza al lecho incestuoso!
Ni está bien, ni puede traer nada bueno.
Pero estalla, corazón, porque yo debo callar.
Entran HORACIO, BERNARDO y MARCELO.
Salud a Vuestra Alteza.
Me alegro de veros…
¡Horacio, o no sé quién soy!
El mismo, señor, y vuestro humilde servidor.
Mi buen amigo, y yo servidor tuyo.
¿Qué te trae de Wittenberg, Horacio?-
¡Marcelo!
MARCELO [saludando]
Mi señor…
Me alegro de verte. [A BERNARDO] Buenas tardes.
Pero, ¿qué te trae de Wittenberg, Horacio?
Mi afición a la vagancia, señor.
Que no me lo diga tu enemigo,
ni tú ofendas mis oídos confiándoles
una imagen tan adversa de ti mismo.
Sé que no eres ningún vago.
Dime, ¿qué estás haciendo en Elsenor?
Te enseñaremos a beber a gusto antes de irte.
Señor, he venido al funeral de vuestro padre.
Compañero, no te burles, te lo ruego:
di más bien a la boda de mi madre.
La verdad es que vinieron muy seguidos.
Ahorro, Horacio, ahorro: los pasteles funerarios
han sido el plato frío de la boda.
Antes encontrar en el cielo a mi peor enemigo
que haber visto ese día, Horacio.
Mi padre… Creo que veo a mi padre.
¿Dónde, señor?
En mi pensamiento, Horacio.
Yo le vi una vez: era un rey admirable.
Era un hombre, perfecto en todo y por todo;
ya nunca veré su igual.
Señor, creo que le vi anoche.
¿Viste? ¿A quién?
Señor, a vuestro padre el rey.
¡A mi padre el rey!
Templad por un instante vuestro asombro
y escuchad con atención la maravilla
que voy a relataros, con estos dos
señores por testigos.
¡Por Dios santo, cuéntame!
Dos noches seguidas, a estos dos señores,
Marcelo y Bernardo, haciendo guardia
en el vacío sepulcral de media noche,
se les ha aparecido una figura
igual que vuestro padre, armada de pies a cabeza,
que ante ellos camina solemne,
con paso lento y grave. Tres veces anduvo
ante sus ojos aterrados y suspensos,
a la distancia de su bastón de mando,
mientras ellos, encogidos de pavor,
se quedaban mudos sin hablarle. A mí
me lo contaron con miedo y sigilo,
y la tercera noche yo velé con ellos;
y allí, tal como dijeron, la hora,
la figura, hasta la última sílaba,
llegó el aparecido. Era vuestro padre,
como iguales son mis manos.
Pero, ¿dónde fue eso?
Señor, en la explanada donde hacíamos la guardia.
¿Y no le hablaste?
Le hablé, señor, pero él no contestó;
aunque una vez, alzando la cabeza,
se movió como si fuese a hablar,
pero entonces cantó fuerte el gallo mañanero
y, al oírlo, el espectro se esfumó
y desapareció de nuestra vista.
Asombroso.
Alteza, por mi vida que es verdad;
pensamos que era nuestra obligación
hacéroslo saber.
Sí, sí, claro; pero me inquieta. –
¿Hacéis guardia esta noche?
BERNARDO y MARCELO
Sí, señor.
¿Decís que armado?
BERNARDO y MARCELO
Armado, señor.
¿De pies a cabeza?
Señor, de la cabeza a los pies.
Entonces no le visteis la cara.
Sí, señor: la visera estaba en alto.
¿Tenía mirada fiera?
Un semblante de pesar más que de ira.
¿Pálido o encendido?
No, muy pálido.
¿Y te miraba de frente?
Con la vista clavada.
¡Quién hubiera estado allí!
Os habría aterrado.
Sí, seguramente. ¿Se quedó mucho tiempo?
Lo que se tarda en contar cien sin mucha prisa.
BERNARDO y MARCELO
Más tiempo, más.
Cuando yo le vi, no.
Tenía la barba cana, ¿o no?
La tenía igual que en vida:
de un negro plateado.
Esta noche velaré.
Quizá vuelva a aparecerse.
Seguro que vuelve.
Si adopta la figura de mi noble padre
le hablaré, aunque se abra la boca del infierno
y me mande callar. Os lo suplico,
si no habéis revelado aún la aparición,
seguid manteniéndola en secreto,
y a lo que vaya a suceder en esta noche
podéis darle sentido, mas no lengua.
Premiaré vuestra amistad. Y ahora, adiós:
en la explanada, entre las once y las doce,
me reuniré con vosotros.
Nuestra lealtad a Vuestra Alteza.
Decid afecto y recibid el mío. Adiós.
Salen [todos menos HAMLET].
¿El espectro de mi padre en armas? Algo pasa.
Sospecho una traición. ¡Ojalá fuese de noche!
Mientras, alma mía, aguarda: la ruindad,
por más que la entierren, se descubrirá.
Sale.
Entran LAERTES y OFELIA.
Mi equipaje está embarcado. Adiós.
Hermana, siempre que el viento sea próvido
y zarpe algún barco, no descanses
hasta haberme escrito.
¿Lo dudas?
Respecto a Hamlet y su vano galanteo,
tenlo por capricho e impulsiva liviandad,
por violeta de su joven primavera:
precoz, mas transitoria; grata, mas huidiza;
perfume y pasatiempo de un minuto, nada más.
¿Nada más?
Seguro que nada más.
No crecemos solamente en tamaño
y en vigor, sino que con nuestro cuerpo
aumenta la eficacia de la mente
y el espíritu. Tal vez te quiera ahora
y no haya mancha ni doblez que empañe
sus nobles intenciones. Mas desconfía:
su grandeza le impide su deseo
y su regia cuna le somete.
Él no puede hacer su voluntad
como la gente sin rango, pues de su elección
depende el bienestar de todo el reino,
y por eso su elección se supedita
al voto y aquiescencia de ese cuerpo
del cual él es cabeza. Si te dice que te quiere,
podrá creerlo tu prudencia en la medida
en que él, por su altura y posición,
pueda cumplirlo, es decir, no más allá
del sentir general de Dinamarca.
Así que considera tu deshonra
si, crédula, escuchas su cantar,
le das tu corazón o le abres
tu casto tesoro a su empeño inmoderado.
Cuidado, Ofelia, ten cuidado, hermana mía;
mantente en retaguardia del cariño,
no te expongas al peligro del deseo.
La más recatada se prodiga
si a la luna revela su belleza.
Ni la virtud escapa a la calumnia.
El gusano estraga los renuevos
antes que florezcan, y en la aurora
y el fresco rocío de nuestros años
es cuando las plagas más corrompen.
Guárdate; el temor es la mejor defensa:
la sangre joven, sin tentarla, se subleva.
El sentido de tu buena lección
será el guardián de mi pecho. Mas, hermano,
no me enseñes, como el mal sacerdote,
la espinosa pendiente del cielo
mientras tú, cual fatuo libertino,
sigues la senda florida del placer
y no tus propios consejos.
No temas por mí.
Entra POLONIO.
Me estoy demorando. Aquí está nuestro padre.
Doble bendición es doble fortuna:
feliz ocasión para otra despedida.
¿Aún aquí, Laertes? ¡Por Dios, a bordo, a bordo!
El viento ya ha hinchado tus velas, y están
esperándote. Llévate mi bendición
y graba en tu memoria estos principios:
no le prestes lengua al pensamiento,
ni lo pongas por obra si es impropio.
Sé sociable, pero no con todos.
Al amigo que te pruebe su amistad
sujétalo al alma con aros de acero,
pero no embotes tu mano agasajando
al primer conocido que te llegue.
Guárdate de riñas, pero, si peleas,
haz que tu adversario se guarde de ti.
A todos presta oídos; tu voz, a pocos.
Escucha el juicio de todos, y guárdate el tuyo.
Viste cuan fino permita tu bolsa,
mas no estrafalario; elegante, no chillón,
pues el traje suele revelar al hombre,
y los franceses de rango y calidad
son de suma distinción a este respecto.
Ni tomes ni des prestado, pues dando
se suele perder préstamo y amigo,
y tomando se vicia la buena economía.
Y, sobre todo, sé fiel a ti mismo,
pues de ello se sigue, como el día a la noche,
que no podrás ser falso con nadie.
Adiós. Mi bendición madure esto en ti.
Humildemente de vos me despido.
El tiempo te llama. Corre, los criados esperan.
Adiós, Ofelia, y recuerda bien
lo que te he dicho.
Lo he encerrado en la memoria,
y tú guardarás la llave.
Adiós.
Sale.
¿Qué es lo que te ha dicho, Ofelia?
Con permiso, una cosa del Príncipe Hamlet
Vaya, ha hecho bien.
Me han dicho que últimamente te dedica
mucho tiempo y que tú le dispensas
tu atención con gran esplendidez.
Si es así, como me han insinuado
a modo de aviso, debo decirte
que no pareces comprender con claridad
tu lugar como hija mía ni tu honra.
¿Qué hay entre vosotros? Dime la verdad.
Señor, últimamente me ha dado
muchas muestras de su afecto.
¿Afecto? ¡Bah! Veo que estás verde
e inexperta en cuestión tan peligrosa.
¿Crees en sus muestras, como tú las llamas?
Señor, no sé qué pensar.
Pues yo te enseñaré. Considérate una niña
al haber dado por valiosas unas muestras
que no son de ley. Muéstrate más cauta
o, por no agotar el término acosándolo,
harás que yo sea muestra de idiotez.
Señor, me ha galanteado
de un modo decoroso.
Ya, a modo de capricho. ¡Vamos, vamos!
Y me ha corroborado sus palabras
con todos los divinos juramentos.
Sí, cepos para pájaros. Sé bien
que, cuando arde la sangre, el alma se prodiga
en juramentos. Hija, esas llamaradas,
que dan más luz que calor y se extinguen
cuando parece que prometen,
no las tomes por fuego. Desde ahora, hija,
escatima un poco más tu virginal presencia,
haz que tus encuentros exijan algo más
que la orden de acudir. Respecto a Hamlet,
créele en la medida en que es joven,
y piensa que el ronzal con que se mueve
es mucho más largo que el tuyo. En suma, Ofelia,
no creas sus juramentos, pues son intermediarios
de distinto color del que los viste,
abogados de causas impías, que se expresan
como santos y piadosos alcahuetes
para seducirte mejor. No lo repetiré:
hablando claro, no quiero que en adelante
deshonres ni un momento de tu ocio
conversando con el Príncipe Hamlet.
Haz lo que te digo. Vamos, ven.
Os obedeceré, señor.
Salen.
Entran HAMLET, HORACIO y MARCELO.
El viento corta implacable. Hace mucho frío.
Este viento hiela y te traspasa.
¿Qué hora es?
Creo que casi las doce.
No, ya las han dado.
¿Ah, sí? No he oído nada.
Entonces se acerca la hora
en que el espectro acostumbra a vagar.
Toque de trompetas y dos salvas.
¿Qué significa esto, señor?
El rey trasnocha y alza el codo,
está de borrachera, baila como un remolino
y, cada vez que se atiza su vino del Rin,
rebuznan las trompetas y timbales
celebrando su brindis.
¿Es la costumbre?
Vaya que sí.
Pero, a mi juicio y aunque vine al mundo aquí
y estoy hecho a ella, es una costumbre
que más honra perder que conservar.
Entra el ESPECTRO.
¡Mirad, señor, ahí viene!
¡Los ángeles del cielo nos protejan!
Seas espíritu del bien o genio maldito,
traigas auras celestiales o rachas del infierno,
sean tus propósitos malvados o benignos,
tu aspecto tanto mueve a preguntar
que voy a hablarte. Te llamaré Hamlet,
rey, padre, excelso danés. ¡Ah, contesta!
No me dejes que estalle en la ignorancia,
sino dime por qué tus restos consagrados
han roto su mortaja, por qué el sepulcro
al que en calma descendiste abre ahora
sus pesadas mandíbulas de mármol
para arrojarte de sí. ¿Qué puede suceder
para que tú, estando muerto, bajo la tenue luna
aparezcas otra vez revestido de acero,
llenando la noche de espanto, y a nosotros,
juguetes de la vida, nos perturbes
con pensamientos que rebasan nuestra mente?
¿Por qué? Di. ¿Por qué razón? ¿Qué hemos de hacer?
El ESPECTRO le hace señas.
Os llama para que le sigáis,
como si quisiera haceros una confidencia.
Mirad, con un gesto cortés
os llama a un lugar más apartado.
¡No vayáis!
No, de ningún modo.
Se niega a hablar. Tengo que seguirle.
¡Señor, no!
Pero, ¿a qué viene el miedo?
Mi vida no vale para mí ni un alfiler
y, en cuanto a mi alma, ¿qué puede él hacerle
si es tan inmortal como él mismo?
Me vuelve a llamar. Voy a seguirle.
Señor, ¿y si os condujese hacia las aguas
o a la espantosa cima de la roca
que se descuelga amenazante sobre el mar
y adoptase alguna forma aterradora
que os privara del poder de la razón
y os llevase a la locura? Pensadlo bien.
Me sigue llamando. – Ya voy, te sigo.
No debéis ir, señor.
¡Quítame las manos!
Hacednos caso, no vayáis.
Me llama el destino, y la más fina
arteria de este cuerpo es tan potente
cual las fibras del león de Nemea.
Aún me hace señas. ¡Soltadme, señores!
Por Dios, que a quien me pare volveré un espectro.
¡Fuera ya! – Vamos, te sigo.
Salen el ESPECTRO y HAMLET.
Sus fantasías le trastornan.
Sigámosle. No conviene obedecerle.
Vamos tras él. ¿Adónde puede llevar esto?
Algo podrido hay en Dinamarca.
El cielo dispondrá.
Nosotros sigámosle.
Salen.
Entran el ESPECTRO y HAMLET.
¿Adónde me llevas? No pienso seguir.
Escúchame.
Habla.
Se acerca la hora en que he de entregarme
al tormento de las llamas sulfúreas.
¡Ah, pobre ánima!
No me compadezcas, sino presta
oído atento a lo que voy a revelarte.
Habla, he de oírte.
Y habrás de vengarme cuando oigas.
¿Qué?
Soy el alma de tu padre,
condenada por un tiempo a vagar en la noche
y a ayunar en el fuego por el día
mientras no se consuman y purguen los graves
pecados que en vida cometí. Si no me hubieran
prohibido revelar los secretos de mi cárcel,
oirías una historia cuya más leve palabra
desgarraría tu alma, te helaría la sangre,
como estrellas te haría saltar los ojos
de sus órbitas, y erizaría tu liso cabello,
poniendo de punta cada pelo,
como púas de aterrado puercoespín.
Pero esta proclamación del más allá
no es para oídos de mortales. ¡Ah, Hamlet, escucha!
Si alguna vez quisiste a tu padre…
¡Santo Dios!
… venga su inmundo y monstruoso asesinato.
¡Asesinato!
Inmundo asesinato como todos, pero éste
harto inmundo, inusitado y monstruoso.
Vamos, cuéntamelo ya y, con alas tan veloces
como el meditar o el amoroso pensamiento,
correré a la venganza.
Te veo dispuesto; si no reaccionases,
serías más insensible que la planta
que lánguida se pudre en la inacción
a orillas del Leteo. óyeme, Hamlet.
Propagaron que, durmiendo en el jardín,
me mordió una serpiente: con una historia falsa
de mi muerte burdamente han engañado
a toda Dinamarca. Mas atiende, noble hijo:
la serpiente que arrancó la vida de tu padre
lleva ahora su corona.
¡Ah, mi alma profética! ¿Mi tío?
Sí, esa bestia incestuosa, ese adúltero,
con su astuta brujería y sus pérfidas prendas
(¡ah, astucia que daña, prendas que seducen!)
se atrajo a su lascivia ignominiosa
el deseo de una reina honesta en apariencia.
¡Oh, Hamlet, qué deslealtad! Conmigo,
cuyo amor fue siempre tan perfecto
que iba en armonía con las promesas
que le hice al desposarla, para hundirse
con un mísero cuyas dotes naturales
eran pobres al lado de las mías.
Pero si la virtud no se deja seducir
aunque el vicio la tiente bajo forma divina,
la lujuria, aunque unida a un ángel radiante,
se sacia en un lecho celestial
y se ceba en la inmundicia.
Espera. Creo que siento el olor de la mañana.
He de ser breve. Durmiendo en el jardín,
como era mi costumbre por la tarde, tu tío,
a esa hora insospechada, se acercó sigiloso
con un frasco de esencia ponzoñosa
y vertió en los portales de mi oído
el tósigo ulcerante, cuyo efecto
a la sangre del hombre es tan hostil
que al punto recorre como azogue
las venas y conductos corporales
y con súbito poder cuaja y coagula,
como gotas de ácido en la leche,
la sangre más fluida y saludable. Lo hizo con la mía
y al instante me vi como un leproso,
mi piel lisa arrugada en una costra
infecta y repugnante.
Así, mientras dormía, el acto de un hermano
de un golpe me arrancó vida, corona, esposa,
me segó en la flor de mis pecados,
sin viático, asistencia, extremaunción
y, mis cuentas sin rendir, me envió a juicio
con todas mis imperfecciones sobre mí.
¡Fue horrendo, horrendo, harto horrendo!
Si tienes sentimientos, no lo sufras;
no consientas que el tálamo real de Dinamarca
sea lecho de lujuria y vil incesto.
Mas, cualquiera que sea tu proceder,
no ensucies tu alma, ni acometas
ninguna acción contra tu madre. Déjala al cielo
y a las espinas que, clavadas, le hieren
su propio corazón. Adiós ya.
La luciérnaga anuncia la mañana:
su llama mortecina palidece.
Adiós, adiós, Hamlet. Acuérdate de mí.
Sale.
¡Ah, legiones celestiales! ¡Ah, tierra! – ¿Qué más?
¿Afiado el infierno? ¡No! – Resiste, corazón,
y vosotras, mis fibras, no envejezcáis
y mantenedme firme. ¿Acordarme de ti?
Sí, pobre ánima, mientras resida memoria
en mi turbada cabeza. ¿Acordarme de ti?
Sí, de la tabla del recuerdo borraré
toda anotación ligera y trivial,
máximas de libros, impresiones, imágenes
que en ella escribieron juventud y observación,
y sólo tus mandatos viviran
en mi libro del cerebro, sin mezcla
de asuntos menos dignos. ¡Sí, sí, por el cielo!
¡Ah, perversa mujer!
¡Ah, infame, infame, maldito infame sonriente!
Mi cuaderno, mi cuaderno; he de anotarlo:
uno puede sonreír y sonreír, siendo un infame.
Al menos, seguro que es posible en Dinamarca.
Bueno, tío, ahí tienes. Y ahora, mi consigna:
«Adiós, adiós, acuérdate de mí.»
Lo he jurado.
HORACIO y MARCELO [dentro]
¡Señor, señor!
Entran HORACIO y MARCELO.
¡Príncipe Hamlet!
Que Dios le proteja.
Así sea.
¡Eh-oh! ¡Eh-oh, señor!
¡Hucho, hucho-hó! ¡Vuelve, pájaro!.
¿Cómo estáis, noble señor?
¿Qué ha ocurrido, señor?
¡Ah, qué prodigio!
Mi buen señor, contadlo.
No, que lo divulgaréis.
Yo no, señor, por el cielo.
Ni yo, señor.
¿Qué me decís? ¿Quién pensaría que … ?
¿Guardaréis el secreto?
HORACIO y MARCELO
Sí, por el cielo.
No hay un solo canalla en Dinamarca
que no sea un pillo redomado.
Señor, para oír eso no hace falta
que salga de la tumba espectro alguno.
Sí, claro, desde luego.
Entonces, sin más ceremonia, es mejor
que nos demos la mano y nos vayamos: vosotros,
adonde os lleven vuestros asuntos y deseos,
pues cada cual tiene sus asuntos y deseos,
los que sean; en cuanto a mí, ¿sabéis?,
me voy a rezar.
Señor, habláis sin orden ni medida.
Siento haberte ofendido, de veras,
lo siento de veras.
No hay ofensa, señor.
Por San Patricio, sí que hay ofensa, Horacio,
y mucha. En cuanto a esta aparición,
es un espectro de verdad, os lo aseguro.
Por lo que hace a vuestro deseo de saber
lo que me ha dicho, dominadlo. Y ahora,
pues sois amigos y hombres de armas y letras,
concededme un humilde favor.
Sí, señor. ¿Cuál?
No revelar lo que habéis visto esta noche.
HORACIO y MARCELO
No lo haremos, señor.
Pues juradlo.
Juro que no, señor.
Juro que no, señor.
Sobre mi espada.
Señor, ya hemos jurado.
Vamos, sobre mi espada. Vamos.
Grita el ESPECTRO bajo el escenario.
¡Jurad!
¡Ajá, muchacho! ¿Tú también? ¿Estás ahí,
buen hombre? – Vamos, ya oís al del sótano
Prestaos a jurar.
Proponed el juramento, señor.
No decir jamás lo que habéis visto.
Jurad sobre mi espada.
¡Jurad!
[Juran.]
Hic et ubique ?. Pues cambiemos de sitio.
Venid, señores y volved a poner vuestras manos en mi espada:
no decir jamás lo que habéis oído.
Jurad sobre mi espada.
¡Jurad!
[Juran.]
Muy bien, viejo topo. ¡Qué rápido escarbas!
¡Vaya zapador! – Cambiemos de nuevo, amigos.
¡Día y noche, esto es harto extraño!
Pues igual que al extraño, acógelo bien.
Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio,
de las que sueña nuestra filosofía. Vamos,
como antes: jurad que nunca, Dios mediante,
por rara o extraña que sea mi conducta
(pues tal vez desde ahora crea conveniente
adoptar un talante estrafalario),
si me veis en tal tesitura, jamás,
doblando así los brazos, meneando la cabeza
o diciendo expresiones equívocas, como
«Nosotros lo sabemos», o «Queriendo, podríamos»,
o «Si fuésemos a hablar» o «Los hay que si pudieran»,
mostrando con frases tan ambiguas
que sabéis algo de mí… Jurad
que, Dios mediante y toda la gracia divina,
no haréis nada de eso.
¡Jurad!
[Juran.]
¡Descansa, ánima inquieta! – Señores,
de corazón a vosotros me encomiendo;
y todo lo que un ser tan humilde como Hamlet
pueda hacer por demostraros su estima,
si Dios quiere, nunca faltará. Entremos todos.
Y, os lo ruego, el dedo siempre en el labio.
Los tiempos se han dislocado. ¡Cruel conflicto,
venir yo a este mundo para corregirlos!
Venid. Vamos todos.
Salen.