Entra el REY.
Algo hay en tus suspiros y sollozos.
Tienes que explicármelo. Es propio que lo sepa.
¿Dónde está tu hijo?
¡Ay, esposo, lo que he visto esta noche!
¡Pobre Gertrudis! ¿Cómo está Hamlet?
Más loco que el viento y el mar cuando ambos
luchan a porfía. En su paroxismo,
al ver que algo se movía tras el tapiz,
desenvaina gritando «¡Una rata, una rata!»
y en su frenética ilusión ha matado
al pobre anciano allí escondido.
¡Ah, grave acción!
De haber estado allí, habría sido mi muerte.
Su libertad es una amenaza:
para ti, para mí, para todos.
¿Y cómo defender tal acto de violencia?
Yo seré el responsable: por previsión
tenía que haber atado corto y recluido
al joven demente. Mas tanto era mi afecto
que no quise entender lo inexcusable
y, como el que padece una inmunda dolencia,
por no divulgarlo, he dejado
que corrompa hasta el tuétano. ¿Adónde ha ido?
A llevarse el cadáver de su víctima,
con quien su demencia, como veta de oro
en una mina de viles metales,
se muestra pura y llora lo ocurrido.
Ven, Getrudis,
Antes de que el sol toque la montaña
ya le habré embarcado. A este acto vil
habré de hacerle frente y excusarlo
con toda majestad y diplomacia. – ¡Guildenstern!
Entran ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN.
Amigos, procuraos más ayuda.
En su demencia, Hamlet ha matado a Polonio
y le ha sacado a rastras del cuarto de su madre.
Buscadle, habladle cortésmente y llevad
el cuerpo a la capilla. Os lo ruego, daos prisa.
Salen ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN.
Ven, Gertrudis; reunamos a los sabios amigos
e informémosles de esta desgracia
y de nuestras decisiones. ¡Ven ya, vamos!
Mi alma está llena de angustia y desánimo.
Salen.
Entra HAMLET.
A buen recaudo.
ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN [dentro]
¡Hamlet! ¡Príncipe Hamlet!
¿Qué ruido es ese? ¿Quién llama a Hamlet? ¡Ah, aquí están!
Entran ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN.
Señor, ¿qué habéis hecho con el cadáver?
Mezclarlo con el polvo, su pariente.
Decidnos dónde está, para sacarlo
y llevarlo a la capilla.
Ni lo creáis.
¿Creer qué?
Que puedo guardar vuestro secreto y no el mío. Además, si me interroga una esponja, ¿qué respuesta puede dar el hijo de un rey?
¿Me tomáis por una esponja, señor?
Sí, que chupa el favor del rey, sus recompensas, sus poderes. Al final, quien mejor sirve al rey sois vosotros; como un mono, él os guarda en un rincón de su mandibula: primero os saborea y luego os traga. Cuando necesite lo que hayas indagado, te exprime y la esponja vuelve a quedar seca.
No os entiendo, señor.
Me alegro. Palabra punzante no entra en oído de necio.
Señor, tenéis que decirnos dónde está el cuerpo y venir con nosotros ante el rey.
El cuerpo está con el rey, pero el rey no está con el cuerpo. El rey es una cosa.
Señor, ¿una cosa?
Una cosa de nada. Llevadme a él. ¡Que te pillo, escóndete!.
Salen.
Entra el REY.
He mandado buscarle y hallar el cadáver.
Es un peligro dejar que siga libre.
Mas no conviene que le caiga todo el peso
de la ley: le quiere la confusa multitud,
que no ama con el juicio, sino con los ojos,
y atiende al sufrimiento del culpable,
no a la culpa. Para evitar sobresaltos,
su marcha repentina debe parecer
decisión bien ponderada. Dolencias extremas
exigen remedios extremos o jamas se curan.
Entra ROSENCRANTZ.
¿Qué hay? ¿Qué ha ocurrido?
Señor, se niega a decirnos
dónde ha dejado el cadáver.
¿Y él dónde está?
Fuera, vigilado y esperando vuestra orden.
Traedle a mi presencia.
¡Guildenstern! Trae al príncipe.
Entran HAMLET, GUILDENSTERN [ y acompañamiento].
Bien, Hamlet, ¿dónde está Polonio?
De cena.
¿De cena? ¿Dónde?
No donde come, sino donde es comido: tiene encima una asamblea de gusanos políticos. El gusano es el gran emperador de la dieta. Nosotros engordamos engordando animales, y así estamos gordos para los gusanos. El rey gordo y el mendigo flaco son dos viandas posibles: dos platos, la misma mesa. Ahí se acaba.
¿Qué quieres decir con eso?
Nada, sólo mostraros cómo un rey puede viajar por las tripas de un mendigo.
¿Dónde está Polonio?
En el cielo. Mandad que le busquen. Si allí no le encuentra el mensajero, buscadle vos mismo en el otro sitio. Si no le encontráis de aquí a un mes, os llegará el olor al
subir a la galería.
¡Buscadle allí!
Os estará esperando.
[Salen algunos del acompañamiento.]
Hamlet, por tu propia seguridad,
que tanta inquietud me produce
como llanto lo que has hecho, tu acción
exige tu marcha inmediata. Prepárate,
La nave está presta, el viento acompaña,
te aguarda la escolta y todo está a punto
para ir a Inglaterra.
¿Inglaterra?
Si, Hamlet.
Bueno.
Así lo verás cuando sepas mi intención.
Veo un querubín que ya la ha visto. – Bueno, vamos.
¡A Inglaterra! Adiós, querida madre.
Tu tierno padre, Hamlet.
Madre. Padre y madre son marido y mujer, marido y mujer son una carne, así que madre. – Vamos. ¡A Inglaterra!
Sale.
Seguidle de cerca; embarcadle sin demora.
No os retraséis: le quiero fuera esta noche.
En marcha, que, en lo que atañe a este asunto,
todo está ultimado. Daos prisa.
Salen todos menos el REY.
Inglaterra, si mi afecto en algo tienes
(como tal vez te aconseje nuestra fuerza,
pues la cicatriz de nuestro acero danés
aún sigue roja, y nos pagas tributo
de buen grado), no puedes tratar con ligereza
mi real orden que, en carta especial
y por extenso, reclama encarecidamente
la muerte inmediata de Hamlet. Hazlo, Inglaterra,
pues él, como fiebre, me quema la sangre
y tú eres mi cura. Mientras no esté hecho,
nada me traerá dicha ni contento.
Sale.
Entra FORTINBRÁS con su ejército.
Capitán, al rey danés presenta mis respetos.
Dile que, según nos concedió, Fortinbrás
reclama la escolta prometida
para cruzar su reino. Sabes dónde nos reunimos.
Si Su Majestad quiere algo de mí,
le expresaré mi lealtad en su presencia.
Házselo saber.
Así lo haré, señor.
Marchad seguros.
Salen.
Entran la REINA y HORACIO.
No quiero hablar con ella.
Insiste en veros, desvaría. Su estado da pena.
¿Qué quiere?
Habla mucho de su padre, de las trampas
de este mundo; balbucea y se da
golpes de pecho; se ofende por minucias;
habla sin concierto. Lo que dice es absurdo,
mas lleva a quien la oye a interpretar
su incoherencia. Se hacen conjeturas;
amoldan a su idea las palabras que juntan,
las cuales, a juzgar por los gestos y los guiños,
darían pie a sospechas que, aun siendo
infundadas, serían maliciosas.
Habrá que hablar con ella, no sea que siembre
dudas peligrosas en mentes malévolas.
Hazla pasar.
[HORACIO se dirige a la puerta.]
[Aparte] En mi alma enferma, pues vive en pecado,
cualquier nadería predice un gran daño.
La culpa no sabe fingir su recelo
y al fin se traiciona queriendo esconderlo.
Entra OFELIA tocando un laúd, con el pelo suelto y cantando.
¿Dónde está la hermosa majestad de Dinamarca?
¿Qué ocurre, Ofelia?
OFELIA [canta]
¿Cómo conoceré a tu amor
entre los demás?
Con venera y con bordón
y sandalias va.
¡Ah, pobre Ofelia! ¿A qué viene esa canción?
¿Decíais? Atended, os lo ruego.
[Canta] Ya murió, señora, y se fue,
ya murió y se fue:
césped a su cabecera
y piedra a sus pies.
Pero, Ofelia…
Atended, os lo ruego.
[Canta] Su mortaja, blanquísima…
Entra el REY.
¡Ah, mírala, esposo!
OFELIA [canta]
… cubierta de flor,
a la tumba fue sin llevar
lágrimas de amor.
¿Cómo estás, linda Ofelia?
Bien, Dios os lo pague. Cuentan que la lechuza era la hija de un panadero. ¡Señor! Sabemos lo que somos, no lo que podemos ser. ¡Dios bendiga vuestra mesa!
Fantasea sobre su padre.
Os lo ruego, no hablemos de esto. Cuando os pregunten qué significa, decid:
[Canta] «Mañana es el día de San Valentín,
temprano, al amanecer,
y yo estaré en tu balcón;
tu enamorada seré.»
Entonces él se levantó y vistió
y a la doncella hizo entrar
que de su alcoba doncella
ya nunca saldría jamás.
Linda Ofelia…
Pues sí, y sin blasfemar le pondré fin:
[Canta]¡Jesús, caridad cristiana!
Vergüenza le tiene que dar.
Si puede, un joven te goza:
¡Su potra, eso está mal!
«Juraste antes de tumbarme
hacer de mí tu mujer.»
«¡Y ya lo serías si en mi cama
no te llegas a meter!»
¿Cuánto hace que está así?
Espero que todo irá bien. Hay que tener paciencia. Pero lloro sin remedio de pensar que lo enterraron en la fría tierra. Mi hermano ha de saberlo. Así que gracias por el buen consejo. ¡Vamos, mi carruaje! Buenas noches, señoras, buenas noches, buenas noches.
Sale.
Síguela de cerca. Vigílala bien, te lo ruego.
[Sale HORACIO.]
Ah, este es el veneno de la honda tristeza;
todo viene de la muerte de su padre. ¡Ah, Gertrudis!
Las penas nunca vienen como espías de avanzada,
sino en batallones. Primero, su padre muerto;
después, tu hijo ausente, el más violento autor
de su propia partida; el pueblo, enturbiado,
revuelto con tantas sospechas y rumores
sobre la muerte de Polonio (y fue una ingenuidad
enterrarle bajo mano); la pobre Ofelia,
trastornada y privada de razón,
sin la cual todos somos pinturas o animales;
por último, y peor que todo lo demás,
su hermano ha regresado de Francia en secreto,
se nutre de su asombro, vive en la penumbra
y no le faltan chismosos que le infectan
los oídos con infundios sobre la muerte de su padre.
En tal apuro, y escaseando los hechos,
no dudarán en acusar a mi persona
en sus rumores. Querida Gertrudis,
todo esto, cual disparos de metralla,
me da muerte superflua en muchas partes.
Ruido dentro. Entra un MENSAJERO.
¡Ah! ¿Qué ruido es ese?
¡Mi guardia suiza! ¡Que defiendan la puerta!
¿Qué ocurre?
Salvaos, señor.
El océano, rebasando sus orillas,
no sumerge los llanos con más ímpetu
que Laertes, con sus amotinados, arrolla
a vuestra guardia. La chusma le llama señor
y, cual si el mundo fuese a empezar hoy
y no hubiera costumbres ni pasado
(garantía y sostén de las palabras),
gritan: «¡Elijamos nosotros!. ¡Laertes será rey!»
Al cielo vuelan gorros, aplausos y vítores:
«¡Laertes será rey, Laertes rey!»
¡Qué alegres ladran tras la pista falsa!
¡Rastreáis al revés, perros daneses!
Ruido dentro.
¡Han roto las puertas!
Entra LAERTES con sus SECUACES.
¿Dónde está ese rey? – Quedaos todos fuera.
No, entremos.
Dejadme, os lo ruego.
Muy bien, señor.
Gracias. Guardad la puerta.
[Salen loS SECUACES.]
¡Ah, vil rey! ¡Dadme a mi padre!
Quieto, buen Laertes.
La gota de mi sangre que esté quieta
me acusará de bastardo, gritará «cornudo»
a mi padre y pondrá el estigma de ramera
en la frente casta y pura de mi madre.
Laertes, ¿cuál es el motivo
de esta rebelión tan gigantesca? –
Suéltale, Gertrudis. No te inquiete mi persona.
Hay tal divinidad guardando a un rey
que la traición apenas si vislumbra su objetivo
y no llega a actuar. – Laertes, dime
lo que tanto te ha inflamado. – Suéltale, Gertrudis. –
Habla ya.
¿Dónde está mi padre?
Muerto.
Pero no a sus manos.
Que pregunte a placer.
¿Cómo murió? Nada de trampas.
¡Al infierno la lealtad! ¡Al más negro diablo
juramentos! ¡Al más profundo abismo
la gracia y la conciencia! No temo condenarme.
A tal punto he llegado que no me importa nada
esta vida, la otra, cualquier cosa:
tomaré plena venganza por mi padre.
¿Quién te frenará?
Juro que ni el mundo entero.
Y mis medios voy a administrarlos
de modo que lo poco rinda mucho.
Buen Laertes, si deseas conocer
la verdad de la muerte de tu padre,
¿está escrito en tu venganza que tu juego
barra de montón a amigo y enemigo,
al que gane y al que pierda?
Sólo a sus enemigos.
¿Quieres conocerlos?
A sus amigos les abro los brazos
y, como el pelícano, generoso les daré
vida y alimento con mi sangre.
Ahora hablas
como un buen hijo y todo un caballero.
Que soy inocente de la muerte de tu padre
y la he llorado con honda tristeza
entrará tan de lleno en tu razón
como el día en tus ojos.
Ruido dentro.
VOCES [dentro]
¡Dejadla pasar!
¿Eh? ¿Qué ruido es ese?
Entra OFELIA como antes.
¡Fiebre, sécame el cerebro! ¡Lágrimas amargas,
quemadme el sentido y poder de mis ojos!
Juro que tu demencia será pagada en peso
hasta que la balanza se incline de mi lado.
¡Rosa de mayo, querida doncella, hermana, Ofelia!
¡Dios! ¿Es posible que un juicio tan tierno
sea tan mortal como la vida de un anciano?
El amor nos perfecciona, y nos hace
enviar una valiosa parte nuestra
tras el ser al que amamos.
OFELIA [canta]
Su ataúd descubierto va,
ay, nony, nony, no, nony, no,
y en la tumba le lloran ya.
Adiós, mi paloma.
Si estuvieras en tu juicio y clamases venganza,
no conmoverías tanto.
Vos cantad «Do-re-dó», y vos «Do-re-fá». ¡Ah, qué bien le va el estribillo! El pérfido mayordomo raptó a la hija del amo.
Ese absurdo dice mucho.
Esto es romero, para recordar. Acuérdate, amor. Y esto pensamientos, para pensar.
La lección de la locura: ajusta el pensamiento y el recuerdo.
Esto es hinojo, para vos, y aguileña. Y esto ruda, para vos; y una poca para mí. Los domingos la llamamos hierba de la gracia. ¡Ah, vos llevad la ruda por otro motivo! Esto es una margarita. Os daría violetas, pero todas se mustiaron al morir mi padre; dicen que tuvo buena muerte.
[Canta] Pues Robin el guapo es mi ilusión.
Pesadumbre y tristeza, dolor, el infierno,
ella los convierte en dulzura y encanto.
OFELIA [canta]
¿Y ya nunca volverá?
¿Y ya nunca volverá?
No, no, no, muerto está,
y tú muere ya,
pues él jamás volverá.
La barba, níveo blancor,
el pelo, rubio color;
Ya murió, ya murio.
¿A qué más dolor?
Acoja su alma Dios. Y todas las almas cristianas, si Dios quiere. Adiós.
Sale.
¿Ves esto, Dios?
Laertes, debo compartir tu pena;
no me niegues mi derecho. Ahora sal
y escoge a tus amigos más juiciosos
para que oigan y arbitren entre tú y yo.
Si me creen implicado, de manera
personal o coligada, yo, en desagravio,
te daré mi reino, mi vida, mi corona
y todo lo que es mío. Mas, si no es así,
accede a dispensarme tu paciencia
y obraré en alianza con tu alma
por dejarte satisfecho.
Conforme. El modo
en que murió, su oscuro entierro (sin emblema,
espada, ni blasón sobre sus restos,
rito noble o ceremonia funeral);
todo esto clama tanto del cielo a la tierra
que exijo que se indague.
Así se hará;
y donde haya crimen, el hacha caerá.
Te lo ruego, ven conmigo.
Salen.
Entra HORACIO con un CRIADO.
¿Quiénes son los que quieren hablarme?
Marineros, señor. Dicen que os traen una carta.
Que pasen.
[Sale el CRIADO.]
No sé quién en todo el mundo
va a escribirme, si no es el propio Hamlet.
Entran loS MARINEROS.
Dios os guarde, señor.
Igualmente.
Él os oiga. Señor, os traigo esta carta de parte del embajador que iba a Inglaterra, si, como me han hecho saber, vuestro nombre es Horacio.
HORACIO [lee]
«Horacio: Cuando hayas leído esto, haz que estos hombres tengan acceso al rey. Traen carta para él. No llevábamos dos días en el mar cuando un barco pirata bien armado nos dio caza. Al ser lentas nuestras velas, hubimos de mostrarnos animosos, y en el choque lo abordé. Al instante se soltaron de nuestro barco, y yo quedé su solo prisionero. Me han tratado cual ladrones compasivos. Pero saben lo que hacen: tengo que pagarles el favor. Que el rey lea la carta que le mando, y reúnete conmigo tan deprisa como huirías de la muerte. Te diré algo al oído que, aunque sea muy leve para el calibre del hecho, te va a dejar sin habla. Estos buenos hombres te llevarán donde estoy. Rosencrantz y Guildenstern siguen con rumbo a Inglaterra. De ellos tengo mucho que contarte. Adiós.
Siempre tuyo,
Hamlet.»
Venid, daré curso a vuestra carta
y, por cierto, a toda prisa, pues habéis
de llevarme al que os la dio.
Salen.
Entran el REY y LAERTES.
Tu conciencia debe ahora sancionar
mi absolución, y tu pecho acogerme como amigo,
pues has podido oír y comprobar
que el hombre que mató a tu noble padre
atentaba contra mí.
Es evidente. Mas decidme
por qué no procedisteis contra hechos
tan graves y tan ciertos de pena capital,
cuando a ello tanto os obligaban
vuestra seguridad, prudencia y más motivos.
Por dos razones especiales
que, aunque a ti te parezcan harto endebles,
tienen fuerza para mí. Su madre, la reina,
le idolatra y, en lo que a mí respecta
(sea mi suerte o mi desgracia, no sé cuál),
tal es mi conjunción con ella en cuerpo y alma
que, cual astro que sólo gira dentro de su esfera,
yo fuera de ella no existo. La otra razón
para no haber hecho cargos públicos
es el cariño que las gentes le profesan:
un afecto que, sumergiendo sus delitos,
cambiaría sus culpas en virtudes
cual la fuente que transmuta en piedra la madera.
Así, mis flechas, de ingrávida vara
para viento tan fuerte, habrían regresado
a mi arco sin hacer diana.
Y yo me encuentro sin mi noble padre
y a mi hermana en condiciones angustiosas,
que, si elogio lo que fue, desde una cumbre
podía haber retado al mundo entero
a emular sus perfecciones. Mas ya me vengaré.
Por eso no pierdas el sueño. No creas
que estoy hecho de sustancia tan inerte
que dejo que el peligro me tire de la barba
y lo tomo a simple juego. Pronto has de oír más.
Yo quería a tu padre, y me quiero a mí mismo,
y esto espero que te enseñe a imaginar…
Entra un MENSAJERO.
¿Qué pasa? ¿Hay noticias?
Señor, cartas de Hamlet.
Ésta para Vuestra Majestad, ésta para la reina.
¿De Hamlet? ¿Quién las ha traído?
Señor, dicen que marineros. Yo no los vi.
Me las dio Claudio; él las recibió.
Laertes, tú has de oírlo. –
Déjanos.
Sale el MENSAJERO.
[Lee] «Excelsa Majestad: Sabed que, despojado, he puesto pie en vuestro reino. Mañana he de pediros licencia para presentarme ante vos y, con vuestra venia, exponeros las razones de mi pronto e insólito regreso.
Hamlet.»
¿Qué significa esto? ¿Han vuelto los demás?
¿O es alguna trampa y todo es falso?
¿Conocéis la letra?
Es la de Hamlet. «Despojado.»
Y en posdata dice «solo». ¿Te lo explicas?
Señor, no entiendo nada. Pero que venga.
Alivia la dolencia de mi pecho
pensar que viviré para decirle a la cara:
«¡Así mataste!»
Laertes, en tal caso (y parece extraño, pero cierto),
¿dejarás que yo te guíe?
Sí, mientras no me desviéis hacia la paz.
Hacia tu paz. Si ahora ha regresado
tras cortar su travesía y no piensa
reemprenderla, le induciré
a un encuentro cuya trama está madura
y en el cual sin remedio ha de caer.
Por su muerte no habrá un hálito de culpa:
ni su madre advertirá la maña
y la creerá un accidente. Hace unos dos meses
estuvo aquí un caballero normando.
Yo he visto a los franceses, he luchado contra ellos,
y son diestros a caballo, pero este valiente
tenía magia. Clavado a la silla,
conseguía del animal tales prodigios
cual si fuese un solo cuerpo con la bestia
y de su especie por mitad. Tanto rebasaba
mi inventiva que yo, imaginando piruetas,
quedaba atrás de las suyas.
¿Normando decíais?
Normando.
Seguro que Lamord.
El mismo.
Le conozco bien. Es la gala y la gema de su tierra.
Dio testimonio de ti
y alabó de tal modo tu destreza
en el arte y ejercicio de la esgrima,
sobre todo tu dominio del estoque,
que exclamó: «¡Qué espectáculo sería
si él tuviera un rival!» Este elogio
envenenó de envidia a Hamlet, a tal punto
que no hacía sino pedir y desear
tu rápido regreso por luchar contra ti.
De todo esto…
De todo esto, ¿qué, señor?
Laertes, ¿no querías a tu padre?
¿O eres como imagen del dolor,
como un rostro sin alma?
¿Por qué lo preguntáis?
No es que crea que no querías a tu padre;
es que sé que el amor está sujeto al tiempo
y veo, pues lo prueba la experiencia,
que el tiempo le resta su fuego y ardor.
Hamlet regresa. ¿A qué estarías dispuesto
por mostrar, más en hechos que en palabras,
que eres digno de tu padre?
A degollarlo en la iglesia.
Ni al crimen debe darse refugio en sagrado,
ni poner freno a la venganza. Mas, buen Laertes,
si piensas actuar, permanece en tu aposento.
Hamlet sabrá que has regresado.
Haré que algunos elogien tu excelencia
y den doble barniz al gran renombre
que el francés te dispensó, os junten finalmente
y arreglen las apuestas sobre ambos.
El, como es despreocupado, noble e incapaz
de estratagemas, no mirará las armas; así,
con sutileza de manos, te será fácil
escoger una espada con punta
y, de una artera estocada, desquitarte.
Lo haré; y a ese fin
untaré mi espada de veneno.
Le compré un ungüento a un charlatán,
tan mortal que un cuchillo en él mojado
donde hiere no hay emplasto milagroso
compuesto con las hierbas mas energicas
del mundo que salve de la muerte
a quien sólo haya arañado. Pondré el veneno
en la punta y bastará con que le roce
para que sea su muerte.
Lo estudiaremos. Pondera
qué momento y qué medios favorecen
nuestro objeto. Si éste fracasara
y nuestra mala actuación mostrase el plan,
más valdría no intentarlo. Por tanto, a tu proyecto
hay que añadirle otro de reserva
por si fuera a malograrse. Espera, a ver.
Haré una apuesta solemne por vuestra maestría.
Eso es. Cuando el esfuerzo os dé calor y sed
(y habrás de hacer más violentos los asaltos),
y él pida de beber, le tendré preparada
una copa a propósito; con que la sorba,
aunque escape a tu golpe envenenado,
nuestro plan se habrá cumplido.
Entra la REINA.
¿Qué hay, querida esposa?
Una pena le pisa los talones a la otra;
tan rápido se siguen. – Laertes, tu hermana se ha ahogado
¿Ahogado? ¿Dónde?
Sobre un arroyo, inclinado crece un sauce
que muestra su pálido verdor en el cristal.
Con sus ramas hizo ella coronas caprichosas
de ranúnculos, ortigas, margaritas, y orquídeas
a las que el llano pastor da un nombre grosero
y las jóvenes castas llaman «dedos de difunto».
Estaba trepando para colgar las guirnaldas
en las ramas pendientes, cuando un pérfido mimbre
cedió y los aros de flores cayeron con ella
al río lloroso. Sus ropas se extendieron,
llevándola a flote como una sirena;
ella, mientras tanto, cantaba fragmentos
de viejas tonadas como ajena a su trance
o cual si fuera un ser nacido y dotado
para ese elemento. Pero sus vestidos,
cargados de agua, no tardaron mucho
en arrastrar a la pobre con sus melodías
a un fango de muerte.
Ah, así que está ahogada.
Ahogada, ahogada.
Pobre Ofelia, bastante agua has tenido:
me prohibo llorar. Y sin embargo,
es humano; se impone la naturaleza,
aunque sea vergonzoso. Cuando cese mi llanto,
ya no habrá mujer. – Adiós, señor.
Tengo palabras de fuego queriendo encenderse,
pero este desliz las apaga.
Sale.
Sigámosle, Gertrudis.
Mucho me ha costado aplacar su ira,
y ahora me temo que vuelve a empezar.
Sigámosle.
Salen.