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© 2026 literatura.ar — Biblioteca Digital de Literatura Abierta

← Hamlet
Acto 4 · 7 escenas

La locura de Ofelia

William Shakespeare

IV.i

Entra el REY.

REY

Algo hay en tus suspiros y sollozos.

Tienes que explicármelo. Es propio que lo sepa.

¿Dónde está tu hijo?

REINA

¡Ay, esposo, lo que he visto esta noche!

REY

¡Pobre Gertrudis! ¿Cómo está Hamlet?

REINA

Más loco que el viento y el mar cuando ambos

luchan a porfía. En su paroxismo,

al ver que algo se movía tras el tapiz,

desenvaina gritando «¡Una rata, una rata!»

y en su frenética ilusión ha matado

al pobre anciano allí escondido.

REY

¡Ah, grave acción!

De haber estado allí, habría sido mi muerte.

Su libertad es una amenaza:

para ti, para mí, para todos.

¿Y cómo defender tal acto de violencia?

Yo seré el responsable: por previsión

tenía que haber atado corto y recluido

al joven demente. Mas tanto era mi afecto

que no quise entender lo inexcusable

y, como el que padece una inmunda dolencia,

por no divulgarlo, he dejado

que corrompa hasta el tuétano. ¿Adónde ha ido?

REINA

A llevarse el cadáver de su víctima,

con quien su demencia, como veta de oro

en una mina de viles metales,

se muestra pura y llora lo ocurrido.

REY

Ven, Getrudis,

Antes de que el sol toque la montaña

ya le habré embarcado. A este acto vil

habré de hacerle frente y excusarlo

con toda majestad y diplomacia. – ¡Guildenstern!

Entran ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN.

Amigos, procuraos más ayuda.

En su demencia, Hamlet ha matado a Polonio

y le ha sacado a rastras del cuarto de su madre.

Buscadle, habladle cortésmente y llevad

el cuerpo a la capilla. Os lo ruego, daos prisa.

Salen ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN.

Ven, Gertrudis; reunamos a los sabios amigos

e informémosles de esta desgracia

y de nuestras decisiones. ¡Ven ya, vamos!

Mi alma está llena de angustia y desánimo.

Salen.

IV.ii

Entra HAMLET.

HAMLET

A buen recaudo.

ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN [dentro]

¡Hamlet! ¡Príncipe Hamlet!

HAMLET

¿Qué ruido es ese? ¿Quién llama a Hamlet? ¡Ah, aquí están!

Entran ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN.

ROSENCRANTZ

Señor, ¿qué habéis hecho con el cadáver?

HAMLET

Mezclarlo con el polvo, su pariente.

ROSENCRANTZ

Decidnos dónde está, para sacarlo

y llevarlo a la capilla.

HAMLET

Ni lo creáis.

ROSENCRANTZ

¿Creer qué?

HAMLET

Que puedo guardar vuestro secreto y no el mío. Además, si me interroga una esponja, ¿qué respuesta puede dar el hijo de un rey?

ROSENCRANTZ

¿Me tomáis por una esponja, señor?

HAMLET

Sí, que chupa el favor del rey, sus recompensas, sus poderes. Al final, quien mejor sirve al rey sois vosotros; como un mono, él os guarda en un rincón de su mandibula: primero os saborea y luego os traga. Cuando necesite lo que hayas indagado, te exprime y la esponja vuelve a quedar seca.

ROSENCRANTZ

No os entiendo, señor.

HAMLET

Me alegro. Palabra punzante no entra en oído de necio.

ROSENCRANTZ

Señor, tenéis que decirnos dónde está el cuerpo y venir con nosotros ante el rey.

HAMLET

El cuerpo está con el rey, pero el rey no está con el cuerpo. El rey es una cosa.

GUILDENSTERN

Señor, ¿una cosa?

HAMLET

Una cosa de nada. Llevadme a él. ¡Que te pillo, escóndete!.

Salen.

IV.iii

Entra el REY.

REY

He mandado buscarle y hallar el cadáver.

Es un peligro dejar que siga libre.

Mas no conviene que le caiga todo el peso

de la ley: le quiere la confusa multitud,

que no ama con el juicio, sino con los ojos,

y atiende al sufrimiento del culpable,

no a la culpa. Para evitar sobresaltos,

su marcha repentina debe parecer

decisión bien ponderada. Dolencias extremas

exigen remedios extremos o jamas se curan.

Entra ROSENCRANTZ.

¿Qué hay? ¿Qué ha ocurrido?

ROSENCRANTZ

Señor, se niega a decirnos

dónde ha dejado el cadáver.

REY

¿Y él dónde está?

ROSENCRANTZ

Fuera, vigilado y esperando vuestra orden.

REY

Traedle a mi presencia.

ROSENCRANTZ

¡Guildenstern! Trae al príncipe.

Entran HAMLET, GUILDENSTERN [ y acompañamiento].

REY

Bien, Hamlet, ¿dónde está Polonio?

HAMLET

De cena.

REY

¿De cena? ¿Dónde?

HAMLET

No donde come, sino donde es comido: tiene encima una asamblea de gusanos políticos. El gusano es el gran emperador de la dieta. Nosotros engordamos engordando animales, y así estamos gordos para los gusanos. El rey gordo y el mendigo flaco son dos viandas posibles: dos platos, la misma mesa. Ahí se acaba.

REY

¿Qué quieres decir con eso?

HAMLET

Nada, sólo mostraros cómo un rey puede viajar por las tripas de un mendigo.

REY

¿Dónde está Polonio?

HAMLET

En el cielo. Mandad que le busquen. Si allí no le encuentra el mensajero, buscadle vos mismo en el otro sitio. Si no le encontráis de aquí a un mes, os llegará el olor al

subir a la galería.

REY

¡Buscadle allí!

HAMLET

Os estará esperando.

[Salen algunos del acompañamiento.]

REY

Hamlet, por tu propia seguridad,

que tanta inquietud me produce

como llanto lo que has hecho, tu acción

exige tu marcha inmediata. Prepárate,

La nave está presta, el viento acompaña,

te aguarda la escolta y todo está a punto

para ir a Inglaterra.

HAMLET

¿Inglaterra?

REY

Si, Hamlet.

HAMLET

Bueno.

REY

Así lo verás cuando sepas mi intención.

HAMLET

Veo un querubín que ya la ha visto. – Bueno, vamos.

¡A Inglaterra! Adiós, querida madre.

REY

Tu tierno padre, Hamlet.

HAMLET

Madre. Padre y madre son marido y mujer, marido y mujer son una carne, así que madre. – Vamos. ¡A Inglaterra!

Sale.

REY

Seguidle de cerca; embarcadle sin demora.

No os retraséis: le quiero fuera esta noche.

En marcha, que, en lo que atañe a este asunto,

todo está ultimado. Daos prisa.

Salen todos menos el REY.

Inglaterra, si mi afecto en algo tienes

(como tal vez te aconseje nuestra fuerza,

pues la cicatriz de nuestro acero danés

aún sigue roja, y nos pagas tributo

de buen grado), no puedes tratar con ligereza

mi real orden que, en carta especial

y por extenso, reclama encarecidamente

la muerte inmediata de Hamlet. Hazlo, Inglaterra,

pues él, como fiebre, me quema la sangre

y tú eres mi cura. Mientras no esté hecho,

nada me traerá dicha ni contento.

Sale.

IV.iv

Entra FORTINBRÁS con su ejército.

FORTINBRÁS

Capitán, al rey danés presenta mis respetos.

Dile que, según nos concedió, Fortinbrás

reclama la escolta prometida

para cruzar su reino. Sabes dónde nos reunimos.

Si Su Majestad quiere algo de mí,

le expresaré mi lealtad en su presencia.

Házselo saber.

CAPITÁN

Así lo haré, señor.

FORTINBRÁS

Marchad seguros.

Salen.

IV.v

Entran la REINA y HORACIO.

REINA

No quiero hablar con ella.

HORACIO

Insiste en veros, desvaría. Su estado da pena.

REINA

¿Qué quiere?

HORACIO

Habla mucho de su padre, de las trampas

de este mundo; balbucea y se da

golpes de pecho; se ofende por minucias;

habla sin concierto. Lo que dice es absurdo,

mas lleva a quien la oye a interpretar

su incoherencia. Se hacen conjeturas;

amoldan a su idea las palabras que juntan,

las cuales, a juzgar por los gestos y los guiños,

darían pie a sospechas que, aun siendo

infundadas, serían maliciosas.

REINA

Habrá que hablar con ella, no sea que siembre

dudas peligrosas en mentes malévolas.

Hazla pasar.

[HORACIO se dirige a la puerta.]

[Aparte] En mi alma enferma, pues vive en pecado,

cualquier nadería predice un gran daño.

La culpa no sabe fingir su recelo

y al fin se traiciona queriendo esconderlo.

Entra OFELIA tocando un laúd, con el pelo suelto y cantando.

OFELIA

¿Dónde está la hermosa majestad de Dinamarca?

REINA

¿Qué ocurre, Ofelia?

OFELIA [canta]

¿Cómo conoceré a tu amor

entre los demás?

Con venera y con bordón

y sandalias va.

REINA

¡Ah, pobre Ofelia! ¿A qué viene esa canción?

OFELIA

¿Decíais? Atended, os lo ruego.

[Canta] Ya murió, señora, y se fue,

ya murió y se fue:

césped a su cabecera

y piedra a sus pies.

REINA

Pero, Ofelia…

OFELIA

Atended, os lo ruego.

[Canta] Su mortaja, blanquísima…

Entra el REY.

REINA

¡Ah, mírala, esposo!

OFELIA [canta]

… cubierta de flor,

a la tumba fue sin llevar

lágrimas de amor.

REY

¿Cómo estás, linda Ofelia?

OFELIA

Bien, Dios os lo pague. Cuentan que la lechuza era la hija de un panadero. ¡Señor! Sabemos lo que somos, no lo que podemos ser. ¡Dios bendiga vuestra mesa!

REY

Fantasea sobre su padre.

OFELIA

Os lo ruego, no hablemos de esto. Cuando os pregunten qué significa, decid:

[Canta] «Mañana es el día de San Valentín,

temprano, al amanecer,

y yo estaré en tu balcón;

tu enamorada seré.»

Entonces él se levantó y vistió

y a la doncella hizo entrar

que de su alcoba doncella

ya nunca saldría jamás.

REY

Linda Ofelia…

OFELIA

Pues sí, y sin blasfemar le pondré fin:

[Canta]¡Jesús, caridad cristiana!

Vergüenza le tiene que dar.

Si puede, un joven te goza:

¡Su potra, eso está mal!

«Juraste antes de tumbarme

hacer de mí tu mujer.»

«¡Y ya lo serías si en mi cama

no te llegas a meter!»

REY

¿Cuánto hace que está así?

OFELIA

Espero que todo irá bien. Hay que tener paciencia. Pero lloro sin remedio de pensar que lo enterraron en la fría tierra. Mi hermano ha de saberlo. Así que gracias por el buen consejo. ¡Vamos, mi carruaje! Buenas noches, señoras, buenas noches, buenas noches.

Sale.

REY

Síguela de cerca. Vigílala bien, te lo ruego.

[Sale HORACIO.]

Ah, este es el veneno de la honda tristeza;

todo viene de la muerte de su padre. ¡Ah, Gertrudis!

Las penas nunca vienen como espías de avanzada,

sino en batallones. Primero, su padre muerto;

después, tu hijo ausente, el más violento autor

de su propia partida; el pueblo, enturbiado,

revuelto con tantas sospechas y rumores

sobre la muerte de Polonio (y fue una ingenuidad

enterrarle bajo mano); la pobre Ofelia,

trastornada y privada de razón,

sin la cual todos somos pinturas o animales;

por último, y peor que todo lo demás,

su hermano ha regresado de Francia en secreto,

se nutre de su asombro, vive en la penumbra

y no le faltan chismosos que le infectan

los oídos con infundios sobre la muerte de su padre.

En tal apuro, y escaseando los hechos,

no dudarán en acusar a mi persona

en sus rumores. Querida Gertrudis,

todo esto, cual disparos de metralla,

me da muerte superflua en muchas partes.

Ruido dentro. Entra un MENSAJERO.

REINA

¡Ah! ¿Qué ruido es ese?

REY

¡Mi guardia suiza! ¡Que defiendan la puerta!

¿Qué ocurre?

MENSAJERO

Salvaos, señor.

El océano, rebasando sus orillas,

no sumerge los llanos con más ímpetu

que Laertes, con sus amotinados, arrolla

a vuestra guardia. La chusma le llama señor

y, cual si el mundo fuese a empezar hoy

y no hubiera costumbres ni pasado

(garantía y sostén de las palabras),

gritan: «¡Elijamos nosotros!. ¡Laertes será rey!»

Al cielo vuelan gorros, aplausos y vítores:

«¡Laertes será rey, Laertes rey!»

REINA

¡Qué alegres ladran tras la pista falsa!

¡Rastreáis al revés, perros daneses!

Ruido dentro.

REY

¡Han roto las puertas!

Entra LAERTES con sus SECUACES.

LAERTES

¿Dónde está ese rey? – Quedaos todos fuera.

SECUACES

No, entremos.

LAERTES

Dejadme, os lo ruego.

SECUACES

Muy bien, señor.

LAERTES

Gracias. Guardad la puerta.

[Salen loS SECUACES.]

¡Ah, vil rey! ¡Dadme a mi padre!

REINA

Quieto, buen Laertes.

LAERTES

La gota de mi sangre que esté quieta

me acusará de bastardo, gritará «cornudo»

a mi padre y pondrá el estigma de ramera

en la frente casta y pura de mi madre.

REY

Laertes, ¿cuál es el motivo

de esta rebelión tan gigantesca? –

Suéltale, Gertrudis. No te inquiete mi persona.

Hay tal divinidad guardando a un rey

que la traición apenas si vislumbra su objetivo

y no llega a actuar. – Laertes, dime

lo que tanto te ha inflamado. – Suéltale, Gertrudis. –

Habla ya.

LAERTES

¿Dónde está mi padre?

REY

Muerto.

REINA

Pero no a sus manos.

REY

Que pregunte a placer.

LAERTES

¿Cómo murió? Nada de trampas.

¡Al infierno la lealtad! ¡Al más negro diablo

juramentos! ¡Al más profundo abismo

la gracia y la conciencia! No temo condenarme.

A tal punto he llegado que no me importa nada

esta vida, la otra, cualquier cosa:

tomaré plena venganza por mi padre.

REY

¿Quién te frenará?

LAERTES

Juro que ni el mundo entero.

Y mis medios voy a administrarlos

de modo que lo poco rinda mucho.

REY

Buen Laertes, si deseas conocer

la verdad de la muerte de tu padre,

¿está escrito en tu venganza que tu juego

barra de montón a amigo y enemigo,

al que gane y al que pierda?

LAERTES

Sólo a sus enemigos.

REY

¿Quieres conocerlos?

LAERTES

A sus amigos les abro los brazos

y, como el pelícano, generoso les daré

vida y alimento con mi sangre.

REY

Ahora hablas

como un buen hijo y todo un caballero.

Que soy inocente de la muerte de tu padre

y la he llorado con honda tristeza

entrará tan de lleno en tu razón

como el día en tus ojos.

Ruido dentro.

VOCES [dentro]

¡Dejadla pasar!

LAERTES

¿Eh? ¿Qué ruido es ese?

Entra OFELIA como antes.

¡Fiebre, sécame el cerebro! ¡Lágrimas amargas,

quemadme el sentido y poder de mis ojos!

Juro que tu demencia será pagada en peso

hasta que la balanza se incline de mi lado.

¡Rosa de mayo, querida doncella, hermana, Ofelia!

¡Dios! ¿Es posible que un juicio tan tierno

sea tan mortal como la vida de un anciano?

El amor nos perfecciona, y nos hace

enviar una valiosa parte nuestra

tras el ser al que amamos.

OFELIA [canta]

Su ataúd descubierto va,

ay, nony, nony, no, nony, no,

y en la tumba le lloran ya.

Adiós, mi paloma.

LAERTES

Si estuvieras en tu juicio y clamases venganza,

no conmoverías tanto.

OFELIA

Vos cantad «Do-re-dó», y vos «Do-re-fá». ¡Ah, qué bien le va el estribillo! El pérfido mayordomo raptó a la hija del amo.

LAERTES

Ese absurdo dice mucho.

OFELIA

Esto es romero, para recordar. Acuérdate, amor. Y esto pensamientos, para pensar.

LAERTES

La lección de la locura: ajusta el pensamiento y el recuerdo.

OFELIA

Esto es hinojo, para vos, y aguileña. Y esto ruda, para vos; y una poca para mí. Los domingos la llamamos hierba de la gracia. ¡Ah, vos llevad la ruda por otro motivo! Esto es una margarita. Os daría violetas, pero todas se mustiaron al morir mi padre; dicen que tuvo buena muerte.

[Canta] Pues Robin el guapo es mi ilusión.

LAERTES

Pesadumbre y tristeza, dolor, el infierno,

ella los convierte en dulzura y encanto.

OFELIA [canta]

¿Y ya nunca volverá?

¿Y ya nunca volverá?

No, no, no, muerto está,

y tú muere ya,

pues él jamás volverá.

La barba, níveo blancor,

el pelo, rubio color;

Ya murió, ya murio.

¿A qué más dolor?

Acoja su alma Dios. Y todas las almas cristianas, si Dios quiere. Adiós.

Sale.

LAERTES

¿Ves esto, Dios?

REY

Laertes, debo compartir tu pena;

no me niegues mi derecho. Ahora sal

y escoge a tus amigos más juiciosos

para que oigan y arbitren entre tú y yo.

Si me creen implicado, de manera

personal o coligada, yo, en desagravio,

te daré mi reino, mi vida, mi corona

y todo lo que es mío. Mas, si no es así,

accede a dispensarme tu paciencia

y obraré en alianza con tu alma

por dejarte satisfecho.

LAERTES

Conforme. El modo

en que murió, su oscuro entierro (sin emblema,

espada, ni blasón sobre sus restos,

rito noble o ceremonia funeral);

todo esto clama tanto del cielo a la tierra

que exijo que se indague.

REY

Así se hará;

y donde haya crimen, el hacha caerá.

Te lo ruego, ven conmigo.

Salen.

IV.vi

Entra HORACIO con un CRIADO.

HORACIO

¿Quiénes son los que quieren hablarme?

CRIADOS

Marineros, señor. Dicen que os traen una carta.

HORACIO

Que pasen.

[Sale el CRIADO.]

No sé quién en todo el mundo

va a escribirme, si no es el propio Hamlet.

Entran loS MARINEROS.

MARINERO 1.0

Dios os guarde, señor.

HORACIO

Igualmente.

MARINERO 1.0

Él os oiga. Señor, os traigo esta carta de parte del embajador que iba a Inglaterra, si, como me han hecho saber, vuestro nombre es Horacio.

HORACIO [lee]

«Horacio: Cuando hayas leído esto, haz que estos hombres tengan acceso al rey. Traen carta para él. No llevábamos dos días en el mar cuando un barco pirata bien armado nos dio caza. Al ser lentas nuestras velas, hubimos de mostrarnos animosos, y en el choque lo abordé. Al instante se soltaron de nuestro barco, y yo quedé su solo prisionero. Me han tratado cual ladrones compasivos. Pero saben lo que hacen: tengo que pagarles el favor. Que el rey lea la carta que le mando, y reúnete conmigo tan deprisa como huirías de la muerte. Te diré algo al oído que, aunque sea muy leve para el calibre del hecho, te va a dejar sin habla. Estos buenos hombres te llevarán donde estoy. Rosencrantz y Guildenstern siguen con rumbo a Inglaterra. De ellos tengo mucho que contarte. Adiós.

Siempre tuyo,

Hamlet.»

Venid, daré curso a vuestra carta

y, por cierto, a toda prisa, pues habéis

de llevarme al que os la dio.

Salen.

IV.vii

Entran el REY y LAERTES.

REY

Tu conciencia debe ahora sancionar

mi absolución, y tu pecho acogerme como amigo,

pues has podido oír y comprobar

que el hombre que mató a tu noble padre

atentaba contra mí.

LAERTES

Es evidente. Mas decidme

por qué no procedisteis contra hechos

tan graves y tan ciertos de pena capital,

cuando a ello tanto os obligaban

vuestra seguridad, prudencia y más motivos.

REY

Por dos razones especiales

que, aunque a ti te parezcan harto endebles,

tienen fuerza para mí. Su madre, la reina,

le idolatra y, en lo que a mí respecta

(sea mi suerte o mi desgracia, no sé cuál),

tal es mi conjunción con ella en cuerpo y alma

que, cual astro que sólo gira dentro de su esfera,

yo fuera de ella no existo. La otra razón

para no haber hecho cargos públicos

es el cariño que las gentes le profesan:

un afecto que, sumergiendo sus delitos,

cambiaría sus culpas en virtudes

cual la fuente que transmuta en piedra la madera.

Así, mis flechas, de ingrávida vara

para viento tan fuerte, habrían regresado

a mi arco sin hacer diana.

LAERTES

Y yo me encuentro sin mi noble padre

y a mi hermana en condiciones angustiosas,

que, si elogio lo que fue, desde una cumbre

podía haber retado al mundo entero

a emular sus perfecciones. Mas ya me vengaré.

REY

Por eso no pierdas el sueño. No creas

que estoy hecho de sustancia tan inerte

que dejo que el peligro me tire de la barba

y lo tomo a simple juego. Pronto has de oír más.

Yo quería a tu padre, y me quiero a mí mismo,

y esto espero que te enseñe a imaginar…

Entra un MENSAJERO.

¿Qué pasa? ¿Hay noticias?

MENSAJERO

Señor, cartas de Hamlet.

Ésta para Vuestra Majestad, ésta para la reina.

REY

¿De Hamlet? ¿Quién las ha traído?

MENSAJERO

Señor, dicen que marineros. Yo no los vi.

Me las dio Claudio; él las recibió.

REY

Laertes, tú has de oírlo. –

Déjanos.

Sale el MENSAJERO.

[Lee] «Excelsa Majestad: Sabed que, despojado, he puesto pie en vuestro reino. Mañana he de pediros licencia para presentarme ante vos y, con vuestra venia, exponeros las razones de mi pronto e insólito regreso.

Hamlet.»

¿Qué significa esto? ¿Han vuelto los demás?

¿O es alguna trampa y todo es falso?

LAERTES

¿Conocéis la letra?

REY

Es la de Hamlet. «Despojado.»

Y en posdata dice «solo». ¿Te lo explicas?

LAERTES

Señor, no entiendo nada. Pero que venga.

Alivia la dolencia de mi pecho

pensar que viviré para decirle a la cara:

«¡Así mataste!»

REY

Laertes, en tal caso (y parece extraño, pero cierto),

¿dejarás que yo te guíe?

LAERTES

Sí, mientras no me desviéis hacia la paz.

REY

Hacia tu paz. Si ahora ha regresado

tras cortar su travesía y no piensa

reemprenderla, le induciré

a un encuentro cuya trama está madura

y en el cual sin remedio ha de caer.

Por su muerte no habrá un hálito de culpa:

ni su madre advertirá la maña

y la creerá un accidente. Hace unos dos meses

estuvo aquí un caballero normando.

Yo he visto a los franceses, he luchado contra ellos,

y son diestros a caballo, pero este valiente

tenía magia. Clavado a la silla,

conseguía del animal tales prodigios

cual si fuese un solo cuerpo con la bestia

y de su especie por mitad. Tanto rebasaba

mi inventiva que yo, imaginando piruetas,

quedaba atrás de las suyas.

LAERTES

¿Normando decíais?

REY

Normando.

LAERTES

Seguro que Lamord.

REY

El mismo.

LAERTES

Le conozco bien. Es la gala y la gema de su tierra.

REY

Dio testimonio de ti

y alabó de tal modo tu destreza

en el arte y ejercicio de la esgrima,

sobre todo tu dominio del estoque,

que exclamó: «¡Qué espectáculo sería

si él tuviera un rival!» Este elogio

envenenó de envidia a Hamlet, a tal punto

que no hacía sino pedir y desear

tu rápido regreso por luchar contra ti.

De todo esto…

LAERTES

De todo esto, ¿qué, señor?

REY

Laertes, ¿no querías a tu padre?

¿O eres como imagen del dolor,

como un rostro sin alma?

LAERTES

¿Por qué lo preguntáis?

REY

No es que crea que no querías a tu padre;

es que sé que el amor está sujeto al tiempo

y veo, pues lo prueba la experiencia,

que el tiempo le resta su fuego y ardor.

Hamlet regresa. ¿A qué estarías dispuesto

por mostrar, más en hechos que en palabras,

que eres digno de tu padre?

LAERTES

A degollarlo en la iglesia.

REY

Ni al crimen debe darse refugio en sagrado,

ni poner freno a la venganza. Mas, buen Laertes,

si piensas actuar, permanece en tu aposento.

Hamlet sabrá que has regresado.

Haré que algunos elogien tu excelencia

y den doble barniz al gran renombre

que el francés te dispensó, os junten finalmente

y arreglen las apuestas sobre ambos.

El, como es despreocupado, noble e incapaz

de estratagemas, no mirará las armas; así,

con sutileza de manos, te será fácil

escoger una espada con punta

y, de una artera estocada, desquitarte.

LAERTES

Lo haré; y a ese fin

untaré mi espada de veneno.

Le compré un ungüento a un charlatán,

tan mortal que un cuchillo en él mojado

donde hiere no hay emplasto milagroso

compuesto con las hierbas mas energicas

del mundo que salve de la muerte

a quien sólo haya arañado. Pondré el veneno

en la punta y bastará con que le roce

para que sea su muerte.

REY

Lo estudiaremos. Pondera

qué momento y qué medios favorecen

nuestro objeto. Si éste fracasara

y nuestra mala actuación mostrase el plan,

más valdría no intentarlo. Por tanto, a tu proyecto

hay que añadirle otro de reserva

por si fuera a malograrse. Espera, a ver.

Haré una apuesta solemne por vuestra maestría.

Eso es. Cuando el esfuerzo os dé calor y sed

(y habrás de hacer más violentos los asaltos),

y él pida de beber, le tendré preparada

una copa a propósito; con que la sorba,

aunque escape a tu golpe envenenado,

nuestro plan se habrá cumplido.

Entra la REINA.

¿Qué hay, querida esposa?

REINA

Una pena le pisa los talones a la otra;

tan rápido se siguen. – Laertes, tu hermana se ha ahogado

LAERTES

¿Ahogado? ¿Dónde?

REINA

Sobre un arroyo, inclinado crece un sauce

que muestra su pálido verdor en el cristal.

Con sus ramas hizo ella coronas caprichosas

de ranúnculos, ortigas, margaritas, y orquídeas

a las que el llano pastor da un nombre grosero

y las jóvenes castas llaman «dedos de difunto».

Estaba trepando para colgar las guirnaldas

en las ramas pendientes, cuando un pérfido mimbre

cedió y los aros de flores cayeron con ella

al río lloroso. Sus ropas se extendieron,

llevándola a flote como una sirena;

ella, mientras tanto, cantaba fragmentos

de viejas tonadas como ajena a su trance

o cual si fuera un ser nacido y dotado

para ese elemento. Pero sus vestidos,

cargados de agua, no tardaron mucho

en arrastrar a la pobre con sus melodías

a un fango de muerte.

LAERTES

Ah, así que está ahogada.

REINA

Ahogada, ahogada.

LAERTES

Pobre Ofelia, bastante agua has tenido:

me prohibo llorar. Y sin embargo,

es humano; se impone la naturaleza,

aunque sea vergonzoso. Cuando cese mi llanto,

ya no habrá mujer. – Adiós, señor.

Tengo palabras de fuego queriendo encenderse,

pero este desliz las apaga.

Sale.

REY

Sigámosle, Gertrudis.

Mucho me ha costado aplacar su ira,

y ahora me temo que vuelve a empezar.

Sigámosle.

Salen.

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