Entran HAMLET y dos o tres ACTORES.
Te lo ruego, di el fragmento como te lo he recitado, con soltura de lengua. Mas si voceas, como hacen tantos cómicos, me dará igual que mis versos los diga el pregonero. Y no cortes mucho el aire con la mano, así; hazlo todo con mesura, pues en un torrente, tempestad y, por así decir, torbellino de emoción has de adquirir la sobriedad que le pueda dar fluidez. Me exaspera ver cómo un escandaloso con peluca desgarra y hace trizas la emoción de un recitado atronando los oídos del vulgo, que, en su mayor parte, sólo aprecia el ruido y las pantomimas mas absurdas. Haría azotar a ése por inflar a Termagante: eso es más herodista que Herodes. Te lo ruego, evítalo.
Esté segura Vuestra Alteza.
Tampoco seas muy tibio: tú deja que te guíe la prudencia. Amolda el gesto a la palabra y la palabra al gesto, cuidando sobre todo de no exceder la naturalidad, pues lo que se exagera se opone al fin de la actuación, cuyo objeto ha sido y sigue siendo poner un espejo ante la vida: mostrar la faz de la virtud, el semblante del vicio y la forma y carácter de toda época y momento. Si esto se agiganta o no se alcanza, aunque haga reír al profano, disgustará al juicioso, cuya sola opinión debéis valorar mucho más que un teatro lleno de ignorantes. No quiero ser irreverente, pero he visto actores (elogiados por otros en extremo) que, no teniendo acento de cristiano, ni andares de cristiano, pagano u hombre alguno, se contonean y braman; de tal modo que parece que los hombres fuesen obra de aprendices de la Naturaleza, viendo lo vilmente que imitan a la humanidad.
Señor, espero que eso lo tengamos bastante dominado.
Dominadlo del todo. Y que el gracioso no se salga de su texto, pues los hay que se ríen para hacer reír a un grupo de pasmados, aunque sea en algún momento crítico del drama. Eso es infame, y demuestra una ambición muy lamentable en el gracioso. Anda, preparaos.
Salen los ACTORES.
Entran POLONIO, ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN.
¿Qué hay, señor? ¿Va a asistir el rey a la función?
Con la reina, y en seguida.
Apremiad a los actores.
Sale POLONIO.
¿Queréis ayudarle a darles prisa?
ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN
Sí, Alteza.
Salen.
Entra HORACIO.
¡Eh, Horacio!
Aquí estoy, mi señor, a vuestras órdenes.
Horacio, eres el más ponderado de cuantos hombres haya conocido.
Querido señor…
No, no pienses que te adulo.
¿Qué ventaja podría yo esperar de ti,
que no tienes más renta para comer y vestirte
que tus propias cualidades? ¿A qué adular al pobre?
No, que la lengua melosa endulce vanidades
y se doblen las solícitas rodillas
si el halago rinde beneficio. Escucha.
Desde que mi persona aprendió a escoger
y supo distinguir, su elección
recayó en ti. Tú has sido como aquel
que, sufriéndolo todo, nada sufre;
un hombre que, sereno, recibe por igual
reveses y favores de Fortuna. Dichoso
el que armoniza pasión y buen sentido
y no es flauta al servicio de Fortuna
por sonar como le plazca. Dame un hombre
que no sea esclavo de emociones, y le llevaré
en mi corazón; sí, en el corazón del corazón,
como yo a ti. Pero ya basta.
Esta noche actúan ante el rey.
Las circunstancias de una escena se aproximan
a las que ya te dije de la muerte de mi padre.
Te lo ruego, cuando presenten el hecho
observa a mi tío con la máxima atención
que te dé el alma. Si durante un fragmento
no sale a la luz su escondida culpa,
el espectro que hemos visto está maldito
y mis figuraciones son inmundas
cual la fragua de Vulcano. Fíjate en él;
yo pienso clavarle mis ojos en su cara.
Después uniremos pareceres
cuando juzguemos su reacción.
Sí, Alteza. Si durante la comedia
hurta algo a mi atención y se me escapa,
yo pagaré el robo.
Ya vienen a la función. Me haré el loco.
Búscate un sitio.
Marcha danesa. Toque de clarines. Entran el REY, la REINA, POLONIO, OFELIA, ROSENCRANTZ, GUILDENSTERN y NOBLES del séquito, con la Guardia Real llevando antorchas.
¿Cómo lo pasa mi sobrino Hamlet?
Pues muy bien; con el yantar camaleónico: vivo del aire, relleno de promesas. Ni el capón se ceba así.
¡No entiendo tus palabras, Hamlet. A mí no me responden.
Ni a mí tampoco. [A POLONIO] Señor, actuasteis una vez en la universidad, ¿no es así?
Sí, Alteza, y me tenían por buen actor.
¿Y qué papel representasteis?
El de Julio César. Me mataron en el Capitolio. Me mató Bruto.
Bruto capital tenía que ser para matar a ese cabestro.
– ¿Están listos los cómicos?
Sí, Alteza. Esperan vuestra orden.
Mi buen Hamlet, ven; siéntate a mi lado.
No, buena madre; aquí hay un imán más atrayente.
POLONIO [al REY]
¡Vaya! ¿Habéis oído?
Señora, ¿puedo echarme en vuestra falda?
No, mi señor.
Quiero decir apoyando la cabeza.
Sí, mi señor.
¿Creéis que pensaba en el asunto?
No creo nada, señor.
No está mal lo de echarse entre las piernas de una dama.
¿Cómo, señor?
Nada.
Estáis alegre, señor.
¿Quién, yo?
Sí, Alteza.
¡Vaya por Dios! ¡Vuestro autor de mojigangas! Pero, ¿qué puede hacer uno sino estar alegre? Mirad lo contenta que está mi madre, y mi padre murió hace menos de dos horas.
No, hace dos veces dos meses.
¿Tanto? Entonces al diablo estas ropas, que mi luto será fastuoso. ¡Por Dios! ¡Muerto hace dos meses y aún no olvidado! Entonces hay esperanza de que el recuerdo de un gran hombre le sobreviva seis meses. ¡Por la Virgen! Tendrá que construir iglesias o soportar el olvido, igual que el caballito, cuyo epitafio reza: «¡Qué pecado! Al caballito olvidaron.»
Suenan oboes. Se inicia la pantomima.
Entran un rey y una reina, abrazándose con gran ternura. La reina se arrodilla y con gestos le asegura su amor. El rey la levanta, le pone la cabeza sobre el hombro y se tiende sobre un lecho de flores. Ella, al verle dormido, se aleja. Pronto entra un hombre, que le quita la corona, la besa, vierte veneno en los oídos del rey y sale. Vuelve la reina, le ve muerto y hace gestos de dolor. El envenenador, con dos o tres comparsas, vuelve a entrar y da muestras de condolencia. Se llevan el cadáver. El envenenador corteja a la reina con regalos. Al principio, ella parece reacia y opuesta, pero alfinal acepta su amor.
Salen.
¿Qué significa eso, señor?
Es un malhecho al acecho, que quiere decir desastre.
Tal vez la pantomima exprese el argumento de la obra.
Entra el FARAUTE.
Éste nos lo dirá. Los cómicos no saben guardar secretos; lo cuentan todo.
¿Explicará lo que hemos visto?
Eso o lo que queráis enseñarle. Si no os da reparo que mire, a él tampoco le dará deciros qué significa.
¡Qué malo, qué malo sois! Voy a seguir la obra.
Al presentar la tragedia
rogamos vuestra clemencia
y vuestra atenta paciencia.
[Sale.]
¿Qué es esto, un prólogo o un lema de sortija?
Ha sido breve, señor.
Como amor de mujer.
Entran [dos ACTORES], REY y REINA.
El carro de Febo ya dio treinta vueltas
al mar de Neptuno y al orbe de Gea,
y al mundo han bañado treinta veces doce
lunas rutilantes otras tantas noches
desde que Himeneo y Amor nos juntaron
las manos y almas en vínculo santo.
Haya tantos giros de luna y de sol
antes que se pierda nuestro inmenso amor.
Mas, ¡pobre de mí! Te veo tan doliente
y sin la alegría que has gozado siempre,
que estoy alarmada. Mas, aunque esté inquieta,
señor, tú no debes sentir impaciencia,
pues ansia y amor de mujer cambian juntos:
ambos en exceso o nada ninguno.
Ya te he demostrado cuán grande es mi amor,
y de esa medida ahora es mi temor.
Muy pronto, mi amor, habré de dejarte,
pues ya no soy dueño de mis facultades.
Honrada y amada, sola quedarás
en el bello mundo; y esposo, quizá,
con igual carifio…
¡No sigas, no sigas!
Traición a mi alma tal amor sería.
Si tomo otro esposo, él sea mi infierno,
pues quiere un segundo quien mató al primero.
¡Ajenjo, ajenjo!
A otro matrimonio nunca dan lugar
razones de amor, mas de utilidad.
A mi esposo muerto mataría otra vez
si en el lecho a otro yo fuese a ceder.
No dudo que sientas lo que ahora me dices,
mas muchos designios no suelen cumplirse;
pues son los esclavos de nuestra memoria:
fuertes cuando nacen, mas su fuerza es corta.
Como el fruto verde, se aferran al árbol;
cuando están maduros, caen sin tocarlos.
Todos olvidamos, y por conveniencia,
pagarnos nosotros nuestras propias deudas.
Si nos proponemos algo con pasión,
veremos que muere pasado el ardor;
pues, cuando es violenta, la pena o la dicha
en sus propios actos se mata a sí misma.
Donde hay grande dicha, la pena más daña:
la dicha y la pena oscilan por nada.
El mundo es fugaz, y extrañar no debe
que nuestro amor mismo cambie con la suerte,
pues al juicio nuestro queda la cuestión:
si amor guía a fortuna o fortuna a amor.
Cuando el grande cae, sus íntimos huyen;
no tendrá enemigos el pobre que sube.
El amor, por tanto, sirve a la fortuna,
y para el pudiente amigos abundan;
pruebe a un falso amigo quien sufra escasez
y un gran enemigo pronto ha de tener.
Mas, para acabar donde he comenzado,
deseo y destino corren tan contrarios
que nuestros designios siempre se deshacen:
la intención es nuestra, mas no el desenlace.
Dices que no piensas casarte con otro;
morirá tu idea tras morir tu esposo.
Ni frutos la tierra, ni luz me dé el cielo,
ni solaz el día, ni la noche el sueño.
¡Que todo contrario que enturbie la dicha
destruya los grandes deseos de mi vida!
¡Que aquí y más allá me acose la angustia
si vuelvo a casarme cuando yo sea viuda!
¡Como no lo cumpla…!
Solemne promesa. Y ahora déjame:
el sueño me vence y deseo distraer
el tiempo durmiendo.
Se duerme.
Tu mente descanse,
y que la desgracia jamás nos separe.
Sale.
Señora, ¿qué os parece la obra?
Creo que la dama promete demasiado.
Mas cumplirá su palabra.
¿Conoces el argumento? ¿No hay nada que ofenda?
No, no. Todo es simulado, incluso el veneno. No hay nada que ofenda.
¿Cómo se llama la obra?
«La ratonera.» ¿Que por qué? Es metafórico. La pieza representa un crimen cometido en Viena. El duque se llama Gonzago; su esposa, Baptista. Ya veréis. Una canallada, pero, ¿qué más da? A Vuestra Majestad y a los libres de culpa no nos toca. El jamelgo, que respingue, que nuestros lomos no pican.
Entra LUCIANO.
Este es un tal Luciano, sobrino del rey.
Hacéis muy bien de coro, Alteza.
Podría decir el diálogo entre vos y vuestro amado si viera a los títeres en danza. OFELIA
Estáis muy mordaz, señor.
Quitarme el hambre os costará un buen suspiro.
Cuanto mejor, peor.
Así confundís a los maridos. – Empieza, criminal. ¡Venga! Déjate de muecas y empieza. Vamos, que el cuervo ha graznado en son de venganza.
Negros pensamientos, poción, manos prestas,
sazón favorable, nadie que lo vea;
ponzoña de hierbas en sombras cogidas,
tres veces por Hécate infecta y maldita,
tu natural magia e influjo maléfico,
la salud y vida róbenle al momento.
Le vierte el veneno en el oído.
Le envenena en el jardín para quitarle el reino. Se llama Gonzago. La historia se conserva y está escrita en espléndido italiano. Ahora veréis cómo el asesino se gana el amor de la esposa de Gonzago.
El rey se levanta.
¡Cómo! ¿Le asusta el fogueo?.
Mi señor, ¿qué os pasa?
¡Cese la función!
Traedme luz. Vámonos.
¡Luces, luces, luces!
Salen todos menos HAMLET y HORACIO.
Dejad que, herido, llore el corzo
y brinque el gamo ileso,
pues, si unos duermen, velan otros
y el mundo sigue entero.
Amigo, si la suerte fuese a abandonarme, con esto, un penacho de plumas y dos rosetas de Provenza en mis zapatos calados, ¿verdad que entraría de socio en una tropa de actores?
Con media participación.
No, una entera.
Mi buen Damón, ya te he contado
que el reino fue muy pronto
de nuestro Jove despojado
y ahora reina un… mico.
HoRACIO
Así no hay rima.
¡Ah, Horacio! Mil libras a que el espectro no mintió.
¿Te has fijado?
Perfectamente, Alteza.
¿Al mencionarse el veneno?
Le observé muy bien.
Entran ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN.
¡Ajá! ¡Vamos, música! ¡Venga, las flautas!
Pues si al rey no le gusta la función,
será que no le gusta, y se acabó.
¡Vamos, música!
Señor, concededme un momento.
Todo un siglo.
El rey…
Ah, sí, ¿qué le pasa?
Está en sus aposentos y alterado.
¿Por el vino?
No, Alteza, de cólera.
Tenías que haber sido más sensato y decírselo a su médico, pues, si de mí depende el que se purgue, quizá se agrave su cólera.
Mi señor, poned en orden las palabras y no os apartéis tan bruscamente de mi asunto.
Estoy suave. Declama.
Vuestra madre la reina, con el ánimo angustiado, me envía a vos.
Sé bienvenido.
No, Alteza; esta clase de cumplido no es de buena ley. Si tenéis a bien darme una respuesta sana, cumpliré el encargo de vuestra madre. Si no, vuestro permiso y mi vuelta pondrán fin a este asunto.
No puedo.
¿No podéis qué, señor?
Darte una respuesta sana: mi cabeza está enferma. Pero, en fin, cuantas respuestas pueda darte serán tuyas o, como dices, más bien de mi madre. Conque basta y al grano. Mi madre, dices…
Dice que vuestra conducta la ha sumido en el pasmo y desconcierto.
¡Qué maravilla de hijo, que tanto asombra a su madre! Pero, ¿qué cola trae la materna admiración?
Antes que os acostéis desea hablar con vos en su aposento.
Será obedecida, así fuera diez veces mi madre. ¿Alguna otra cosa?
Señor, antes me apreciabais.
Y ahora también, por mis manos pecadoras.
Señor, ¿a qué se debe vuestro mal? Os empeñáis en negaros vuestra propia libertad al no confiar vuestras penas a un amigo.
Señor, no puedo medrar.
¿Cómo es posible, si tenéis el voto del rey para sucederle en Dinamarca?
Sí, pero, entre tanto, «el que espera … ». El refrán ya está pasado.
Entra uno con una flauta.
¡Ah, la flauta! A ver. – En confianza, ¿por qué dais tantas vueltas y me ahuyentáis como si me empujarais a una trampa?
Mi señor, si mi lealtad es tan osada, mi afecto es descortés.
No entiendo bien eso. ¿Quieres tocar esta flauta?
Señor, no sé.
Te lo ruego.
Creedme, no sé.
Te lo suplico.
Señor, no sé tocarla.
Tan fácil es como mentir. Tapa estos agujeros con los dedos y el pulgar, dale aliento con la boca y emitirá una música muy elocuente. Mira, estos son los agujeros.
Pero no sabré sacarles ninguna melodía. Me falta el arte.
Vaya, mira en qué poco me tienes. Quieres hacerme sonar, parece que conoces mis registros, quieres arrancarme el corazón de mi secreto, quieres tantearme en toda la extensión de mi voz; y, habiendo tanta música y tan buen sonido en este corto instrumento, no sabes hacerle hablar. ¡Voto a … ! ¿Crees que yo soy más fácil de tocar que esta flauta? Ponedme el nombre de cualquier instrumento; aunque me destempléis, no soltaré nota.
Entra POLONIO.
Dios os guarde, señor.
Señor, la reina quiere hablar con vos en seguida.
¿Veis esa nube que tanto se parece a un camello?
Por Dios que es igual que un camello.
Parece una comadreja.
El lomo es de comadreja.
¿No parece una ballena?
Igual que una ballena.
Entonces iré pronto con mi madre. – [Aparte] Me agotan el histrionismo. – Iré pronto.
Se lo diré.
Sale.
«Pronto» se dice pronto. – Y ahora, dejadme, amigos.
[Salen todos menos HAMLET.1
Ya es la hora embrujada de la noche
en que se abren los sepulcros y el infierno
exhala al mundo su infección. Ahora bebería
sangre caliente y cometería atrocidades
que, al verlas, el día se estremeciera.
Ya basta. Ahora, con mi madre. No te corrompas,
corazón. Que el alma de Nerón no invada mi ánimo
Pierda yo bondad, mas no sentimiento.
Le diré venablos, pero sin herirla.
Haya hipocresía entre mi alma y mi lengua.
Aunque la repruebe con duras palabras,
ponerlas por obra no quiera mi alma.
Sale.
Entran el REY, ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN.
No me gusta su actitud, ni conviene
a mi seguridad dejar tan libre su locura.
Así que preparaos: os expido el nombramiento
y él parte a Inglaterra con vosotros.
Mi condición no puede tolerar
un peligro tan cercano como el que engendra
de hora en hora su delirio.
Estaremos aprestados.
Es un desvelo sagrado y piadoso
proteger al sinnúmero de súbditos
que viven y se nutren de Vuestra Majestad.
La vida personal está obligada
a preservarse de los daños con la fuerza
y las armas de la mente; con más razón
un espíritu de cuyo bienestar
dependen tantas vidas. Cuando muere un rey
no muere solo, sino que, cual remolino,
arrastra cuanto le rodea. Es una rueda ingente,
colocada en la cima del monte más alto,
en cuyos radios enormes se entallan diez mil
piezas menudas, de modo tal que, cuando cae,
todo aditamento, todo apéndice acompaña
a su ruina estrepitosa. Pues jamás
gimio un rey sin lamento general.
Preparaos para la inminente travesía.
Le pondremos cadenas al peligro
que se mueve con tanta libertad.
ROSENCRANTZ y GUILDENSTERN
Nos apresuraremos.
Salen. Entra POLONIO.
Señor, se dirige al aposento de su madre.
Yo me esconderé tras los tapices
para oírlo. Seguro que le riñe a fondo.
Y, como dijisteis, y dijisteis sabiamente,
conviene que alguien más que una madre,
pues ellas son parciales por naturaleza,
escuche la plática a escondidas. Adiós, Majestad.
Antes que os acostéis, pasaré a veros
y contaros lo que sepa.
Gracias, señor.
Sale POLONIO.
¡Ah, inmundo es mi delito, su hedor llega hasta el cielo!
Lleva la primera y primitiva maldición
el fratricidio. Rezar no puedo.
Fuertes son inclinación y voluntad,
pero más fuerte es la culpa, y las derrota.
Como un hombre enfrentado a un doble objeto,
dudo por cuál he de empezar
y no emprendo ninguno. ¿Y si esta mano maldita
se agrandara con la sangre de un hermano,
no habría lluvia en los cielos piadosos
para dejarla más blanca que la nieve?
¿Para qué sirve la gracia si no es para mirar
al pecado cara a cara? ¿Y qué hay en la oración
sino el doble poder de impedirnos obrar mal
o perdonarnos si caemos?. Tendré ánimo.
El daño está hecho, mas, ¿qué suerte de oración
me serviría? ¿«Perdona mi inmundo asesinato»?
Imposible, pues aún gozo de los frutos
por los que cometí el asesinato:
la corona, la reina, mi ambición.
¿Nos pueden perdonar sin quitarnos el provecho?
En la usanza corrupta de este mundo
la mano dadivosa del culpable
desplaza a la justicia; y es sabido
que el propio botín compra a la ley. Mas no en el cielo:
allí no hay fraude, allí el acto muestra
su color verdadero, y nos obligan,
habiendo de hacer frente a nuestras faltas,
a declarar contra nosotros. Entonces, ¿qué me resta?
Ver qué puede el arrepentimiento. ¿Qué no podrá?
Mas, ¿qué puede cuando uno ya no puede arrepentirse?
¡Mísero estado! ¡Corazón más negro que la muerte!
¡Oh, alma atrapada, que luchando por librarse
más se enreda! ¡Amparadme, ángeles, queredlo!
Doblaos, rígidas rodillas, y tú, pecho de acero,
sé tierno como un recién nacido.
Tal vez sea posible.
Se arrodilla
Entra HAMLET.
Ahora es buen momento, está rezando; voy a hacerlo ya.
[Desenvaina.]
Entonces sube al cielo
y esa es mi venganza. Esto hay que razonarlo.
Un ruin mata a mi padre, y yo,
su único hijo, por ello mando al cielo
a ese ruin.
Ah, esto es paga y recompensa, no venganza.
Mató a mi padre en la impureza, saciado,
en la flor de sus culpas, en plena lozanía.
¿Quién sabe cómo están sus cuentas, salvo el cielo?
Mas, según nuestro saber y modo de pensar,
su caso es grave. ¿Me habré vengado
matándole mientras él purga su alma,
cuando está preparado para el tránsito? No.
Adentro, espada, y conoce sazón más horrorosa.
Cuando duerma borracho o esté ardiente,
o en el lecho del placer incestuoso,
blasfemando en el juego o en un acto
que no tenga señal de salvación,
entonces le derribas; que dé coces al cielo
y su alma sea más negra y más maldita
que el infierno adonde va. Mi madre aguarda.
Tu rezo los días enfermos te alarga.
Sale.
Vuelan mis palabras, queda el pensamiento.
Palabras vacías no suben al cielo.
Entran la REINA y POLONIO.
Viene en seguida. Censuradle a fondo.
Decid que sus excesos ya son insufribles
y que Vuestra Majestad le ha protegido
de las iras. No voy a hablar más.
Os lo ruego, sed clara con él.
HAMLET [dentro]
¡Madre, madre, madre!
Así lo haré. Perded cuidado. Escondeos, que ya viene.
Entra HAMLET.
Y bien, madre, ¿qué ocurre?
Hamlet, has ofendido mucho a tu padre.
Madre, tú has ofendido mucho a mi padre.
Vamos, vamos, replicas con lengua muy suelta.
Venga, venga, preguntas con lengua perversa.
¿Qué es esto, Hamlet?
¿Qué ocurre ahora?
¿Olvidas quién soy?
Por la cruz, nada de eso. Eres la reina,
esposa del hermano de tu esposo
y, ojalá no lo fueras, pero eres mi madre.
Muy bien. Te mandaré a quien sepa hablarte.
Vamos, vamos, siéntate. Tú no te mueves
ni te vas hasta que ponga frente a ti
un espejo que te enseñe tus adentros.
¿Qué vas a hacer? ¿No irás a matarme?
¡Ah, socorro, socorro!
POLONIO [detrás del tapiz]
¡Ah, socorro, socorro, socorro!
¡Cómo! ¿Una rata? ¡Por un ducado la mato!
Mata a POLONIO [atravesando el tapiz].
¡Ah, me han matado!
¡Ay de mí! ¿Qué has hecho?
Pues no sé. ¿Es el rey?
¡Ah, qué locura criminal es esta!
¿Criminal? Casi tanto, buena madre,
como matar a un rey y casarse con su hermano.
¿Matar a un rey?
Sí, señora, eso he dicho. –
Y tú, bobo, imprudente, entrometido, adiós.
Te creí tu superior. Acepta tu suerte.
Pasarse de curioso trae peligro. –
No te retuerzas más las manos. Calma, siéntate;
yo seré quien te retuerza el corazón
si está hecho de materia permeable
y la ruin costumbre no lo ha vuelto tan duro
que no pueda expugnarlo el sentimiento.
¿Qué he hecho yo para que me hables así
con lengua tan ruidosa y ofensiva?
Una acción tal que empaña
el cándido rubor de la decencia,
llama hipocresía a la virtud, quita
la rosa de la frente al amor puro
dejándole un estigma, vuelve los esponsales
tan falsos como juramentos de tahúr.
Ah, tal acción que del sagrado contrato
arranca el alma, cambiando en palabrería
la santa religión. El cielo enrojece
sobre esta sólida esfera y, con triste semblante,
como si aguardara el Día del Juicio,
está angustiado por tu acción.
¡Ay de mí! ¿Qué acción,
que se anuncia tronando y rugiendo?
Mira este retrato, y ahora éste;
imágenes son de dos hermanos.
Ve la gallardía de este rostro,
los rizos de Hiperión, la frente de Júpiter,
los ojos de Marte, que ordenan o amenazan;
el porte de Mercurio el mensajero
posándose en una montaña sublime.
En verdad, una alianza y una forma
en que los dioses dejaron su sello
para ratificar lo que es un hombre.
Él fue tu marido. Mira lo que sigue.
Este es tu marido, espiga podrida
que infecta a su hermano. ¿Tienes ojos?
¿Dejaste de pastar en tan hermoso monte
para cebarte en este páramo? ¿Eh? ¿Tienes ojos?
No lo llames amor, pues a tu edad
el ardor de la sangre está amansado
y se somete al juicio. ¿Y qué juicio
llevaría de éste a éste? ¿Qué demonio
te ha engañado a la gallina ciega?
¡Ah, vergüenza! ¿Y tu rubor? Ardiente infierno,
si te inflamas en cuerpo de matrona,
en la fogosa juventud la castidad
sea como cera y en su fuego se derrita.
No hables de impudicia si se enciende
la indómita pasión cuando el hielo también arde
y la razón sirve al deseo.
¡Ah, Hamlet, no sigas! Me vuelves
los ojos hacia el fondo de mi alma,
y en ella veo manchas negras y profundas
que no pueden borrarse.
No, vivirán
en la náusea y el sudor de una cama pringosa,
cociéndose en el vicio y la inmundicia
entre arrullos y ternezas.
¡No sigas hablando! Cual puñales
tus palabras me traspasan los oídos.
¡Basta, buen Hamlet!
Un asesino, un infame;
un canalla que no llega a los talones
del que fue tu marido; un payaso de rey,
el ratero del reino y el poder,
que robó la corona del estante
para echársela al bolsillo…
¡Basta!
Un rey de parches y pingajos…
Entra el ESPECTRO en ropa de noche
¡Salvadme y envolvedme en vuestras alas,
ángeles del cielo! ¿Qué deseas, noble figura?
¡Ay, está loco!
¿Vienes a reñirle a tu hijo indolente
que, dejando pasar tiempo y fervor,
no pone por obra tu fiero mandato? ¡Habla!
No lo olvides. Esta aparición
sólo quiere aguzar tu embotado propósito.
Pero mira el desconcierto de tu madre.
Interponte entre ella y su alma en lucha.
La imaginación de los más débiles
opera con más fuerza. Háblale, Hamlet.
¿Cómo estás, madre?
¡Ah! ¿Cómo estás tú,
que clavas la mirada en el vacío
y conversas con el aire incorpóreo?
Por tus ojos asoma tu ánimo agitado
y, como guerreros despertados por la alarma,
tu liso cabello se levanta cual si fuera
una excrecencia viviente. ¡Ah, hijo mío!
Rocía el fuego y ardor de tu mal
con la fría quietud. ¿Qué es lo que miras?
¡A él, a él! ¡Mira qué semblante demacrado!
Si predicase a las piedras, su causa
y su figura las ablandaría. – No me mires,
no sea que tu acto compasivo
cambie mi duro propósito. Mi objeto
perdería su color: llanto en vez de sangre.
¿A quién le dices eso?
¿No ves nada ahí?
No, nada; aunque veo todo lo que hay.
¿Ni has oído nada?
No, sólo nuestras voces.
¡Ah, mira! ¡Ve cómo se aleja!
¡Mi padre, vestido como en vida!
¡Mira cómo sale por la puerta!
Sale el ESPECTRO.
No es más que un ensueño de tu mente.
El delirio es muy hábil
en crear apariciones.
¿Delirio?
Mi pulso late acompasado como el tuyo
y da una música tan sana. No es locura
lo que he dicho. Ponme a prueba y yo
repetiré mis palabras, de lo cual
huiría la locura. Madre, por el cielo,
no pongas un bálsamo a tu alma
que muestre mi demencia y no tu culpa.
Será una fina piel sobre la llaga,
mientras, invisible, la inmunda podredumbre
por dentro todo infecta. Confiésate al cielo,
llora el pasado, evita tentaciones;
no quieras abonar la mala hierba
y hacerla más frondosa. Perdona mi virtud,
pero en estos tiempos de molicie y saciedad
la virtud ha de excusarse con el vicio
e implorar que le deje socorrerle.
¡Ah, Hamlet! Me has partido en dos el corazón.
Pues tira la peor parte
y con la otra mitad vive más pura.
Buenas noches. No vayas al lecho de mi tío.
Aparenta virtud, aunque no tengas.
Esta noche abstente;
eso dará mayor facilidad
a la próxima abstinencia. Buenas noches otra vez.
Cuando ruegues la divina bendición,
yo te pediré la tuya. – En cuanto a este caballero,
lo siento de veras. Pero el cielo ha querido,
haciéndome su azote y su verdugo,
castigarme a mí con él y a él conmigo.
Le sacaré de aquí y responderé
de su muerte. Una vez más, buenas noches.
Tengo que ser cruel sólo por afecto.
Lo peor vendrá; esto es el comienzo.
¿Qué puedo hacer?
De ningún modo lo que yo te diga:
dejar que el fláccido rey te atraiga a su lecho,
te pellizque la cara, te llame paloma
y que, por un par de besos inmundos,
o sobándote el cuello con sus dedos malditos,
consiga que le aclares el enigma:
que, en realidad, toda mi locura
es fingimiento. Estaría bien decírselo.
¿Podría una reina gentil, modosa, prudente,
ocultarle cuestiones de tal entidad
a un sapo, un murciélago, un morrongo?
¿Podría? No: a despecho de juicio y reserva,
abre la jaula en el tejado, deja volar
a los pájaros y, como el célebre mono,
haz la prueba metiéndote en la jaula
y estréllate al caer.
Si el habla es aliento, y el aliento, vida,
te aseguro que vida no tendré
para contar lo que has dicho.
He de ir a Inglaterra. ¿Lo sabías?
¡Ah, lo había olvidado! Está decidido.
Éste va a adelantarme el viaje.
Le arrastraré el pellejo a la otra estancia.
Madre, buenas noches ya. Este dignatario,
que en vida fue un torpe y servil palabrero,
ahora es un sepulcro callado y secreto. –
Vamos, señor, acabemos el asunto. –
Buenas noches, madre.
Sale arrastrando a POLONIO.